Juan Claudio de Ramón

Familiar y extraño: el mundo tras el contagio

"No sobra un poco de escepticismo ante la facundia con la que estos días se pregonan inminentes procesos de palingénesis económica y social"

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Familiar y extraño: el mundo tras el contagio
Foto: Andy Miah
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

Desde casa se escuchan cosas. Una de las cosas que más enfáticamente se escuchan es que al salir de casa, la pandemia habrá traído un mundo nuevo, distinto al conocido, que yacerá caducado como un yogur en la nevera. Citemos cuatro de estos pronósticos. El famoso dialéctico Slavoj Zizek aventura la defunción del capitalismo y el renacer del comunismo. El veterano consultor político Henry Kissinger prevé un nuevo orden mundial. El filósofo político John Gray dice que el liberalismo globalizador está kaputt: el comunitarismo nacional prepara su retorno. El gurú Yuval Noah Harari también echa su cuarto a espadas: terroríficos sistemas de biovigilancia nos esperan tras la cuarentena. 

Ahora bien: admitamos que Zizek lleva vendiendo la burra novocomunista una década; que a su edad provecta, Kissinger ha vivido y teorizado más de un nuevo orden mundial; que Gray acostumbra a recordarnos cada tanto lo poco que le convence el liberalismo de su juventud; y que los superventas de Harari ya traían un calendario preciso sobre el advenimiento de la singularidad tecnológica. Se deduce un patrón: al preguntar a un intelectual por cómo un suceso inesperado cambia la realidad, la respuesta tiene que ver con sus obsesiones previas. Bajo la máscara de la profecía, late la instigación. 

Por lo demás, no hay que negar interés a estos ejercicios de necromancia (en este caso, literal: bajo la advocación de los muertos, se desvela el futuro). Pero cumple recordar que la crisis financiera de 2008 iba a refundar el capitalismo y que de las filtraciones de WikiLeaks en 2010 se dijo que partirían las aguas del periodismo. Podemos convenir que ambos augurios eran exagerados. Quizá por ello no sobra un poco de escepticismo ante la facundia con la que estos días se pregonan inminentes procesos de palingénesis económica y social. Un amable tuitero me recordaba hace poco esta cita de Ferlosio: «Los días, los meses, los años, los siglos, son al fin cantidades de una misma cuenta, pero las Nuevas Eras son inconmensurables golpes de decrepitud”.

Tampoco es cosa de ponerse parmenídeo y declarar que nada nuevo hay bajo el sol. Las cosas cambian, claro. Pero nunca todas de golpe. La vida-nunca-será-igual es frase poco comprometedora: vivimos rodeados de anacronismos, pero no es fácil decir cuales: las cabinas de teléfono desaparecieron; los libros de papel, no. Pensar históricamente se parece menos al oficio del profeta que al clásico pasatiempo infantil: delante de dos viñetas muy parecidas comparar y encontrar las diferencias. Porque tan interesante es barruntar lo que cambiará tras la pandemia como lo que permanecerá. De hecho, se diría que el coronavirus, más que un reactivo capaz de cambiar la estructura de la realidad, puede terminar siendo una capa de barniz que fije unos colores que en el gran lienzo del mundo se estaban ya secando a la vista de todos. 

Por ejemplo: la cuarentena que aísla en casa a un cuarto de la humanidad exacerba una tendencia visible antes de la crisis: la conectividad y la tecnodependencia como rasgos de la sociedad moderna. La globalización puede sufrir una contracción, pero no detenerse duraderamente, porque se basa en avances técnicos sin vuelta de hoja. Los países harán abasto estratégico de material sanitario sin por ello volver a la autarquía. La cooperación internacional será intensa y la vacuna que un país descifre se universalizará. Pero es ingenuo creer que una emergencia global sirve para encender sin más el interruptor de la humanidad solidaria. El rescate social se organizará de modo preferente en esas comunidades políticas largamente acrisoladas que la época llama naciones. La Unión Europea, por cierto, sigue siendo, hoy por hoy, una unión de estados, no una comunidad nacional: de ella cabe esperar asistencia en grados muy significativos, pero aún no el tipo de solidaridad orgánica que permite mutualizar las deudas. No tengamos prisa; como está, ya es un gran invento: conviene no frustrarse con las instituciones comunitarias por encima de nuestras posibilidades. En el apartado geopolítico, el prestigio de Asia, que aparenta gestionar con más eficacia la crisis, seguirá creciendo: será un polo de atracción para nuestros hijos como para nosotros lo fue Estados Unidos, pero eso no significa que el poder de seducción americano vaya a desvanecerse. En la parte occidental del mundo, el despliegue del big data con finalidad sanitaria modulará nuestra desconfianza ante el manejo de datos personales por terceros: seguiremos poniendo límites al poder, pero aceptaremos que no siempre se vigila para castigar, como quería Foucault. Bienes y servicios en Europa se seguirán distribuyendo según fórmulas que combinen lo público y lo privado. Como ha escrito Dani Rodrik, quienes defienden bienes públicos más robustos verán en la crisis sobrados motivos para una expansión presupuestaria en sanidad; pero también los partidarios de la iniciativa privada podrán señalar en su apoyo ineficiencias en la gestión de la crisis por las burocracias estatales e internacionales. En suma: nación o humanidad, público o privado, libertad o seguridad: ningún debate será nuevo tras la crisis, ninguno habrá quedado zanjado. Durante una temporada nos resignaremos a usar mascarillas: nos protegerán de los virus, pero no de los prejuicios con los que seguir alimentando viejas divisiones ideológicas. Familiar y extraño, así será el mundo después del gran contagio: cambiamos, pero no tanto.

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