Cristina Casabón

Feminismo y talibanes

«Basta leer un poco sobre las prohibiciones que puede llegar a sufrir una mujer bajo los preceptos de una ley islámica de corte extremista para ver que estos monos con metralleta tratan a las mujeres peor que a sus animales»

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Feminismo y talibanes
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Cristina Casabón

Cristina Casabón

Madrid, 1988. Columnista en The Objective, Vozpópuli y El Español

Una acaba de ver el último videoclip de Tangana y quiere escribir sobre por qué esa mujer con un culo que es un perfecto posavasos es mucho más lista y dueña de sus decisiones de lo que algunas feministas creen, pero es más relevante lo que pasará con las mujeres en Afganistán. Estas no son dueñas de sus cuerpos ni de sus decisiones. Basta leer un poco sobre las prohibiciones que puede llegar a sufrir una mujer bajo los preceptos de una ley islámica de corte extremista para ver que estos monos con metralleta tratan a las mujeres peor que a sus animales.

Entre tanto las amables gilipollas del partido Adelante Andalucía han aprovechado el tirón mediático para decir que el odio a la mujer es universal. Este tipo de frivolidades y de falta de lucidez por desgracia son peligrosas, algunas feministas han llegado al extremo de sostener que el hijab empodera y el culto a la belleza femenina en Occidente esclaviza a la mujer. Me recuerda a un libro de la escritora marroquí Fatema Mernissi en el que explica que el harén de las mujeres occidentales es la talla 38, limite de la gordura socialmente aceptable en la mujer occidental. La diferencia básica entre musulmanas y cristianas, viene a decir la autora, consiste en que el velo de las segundas es invisible, vivimos bajo la tiranía de la talla 38.

Europa, cuna de la civilización y de los derechos humanos, tiene un dilema moral por culpa del relativismo cultural. Incluso tenemos que ver cómo algunas defienden el uso del burka y sucedáneos mientras critican la tiranía de los cánones de belleza en Occidente. Hay algo que tienen en común los talibanes y estas feministas radicales: son anticapitalistas y denigran la cultura occidental así como el culto a la belleza, el ojo occidental. El poder del ojo en la cultura occidental nunca ha sido completamente analizado. Los chicos sacan el cuerpo por la ventanilla del coche, tocan la bocina y gritan espasmódicamente a las chicas que pasan. Y esas chicas que pasan a menudo les hacen la peineta, pero también puede que les lancen un beso. Las mujeres también miramos y sonreímos. Ahora quieren disuadirnos de que pensemos que la mujer occidental es libre, y nos dicen que esa mujer que lanza un beso al aire es un tipo de mujer desviada, fallida. Quieren que dejemos de creer que la civilización occidental es superior en algunos puntos; de repente todo se disuelve en el cinismo propio del relativismo.

Con este panorama, los resultados son desoladores. Occidente ya no cree en su escala de valores ni quiere cambiar el mundo, se ha convertido en una reliquia de museo. En palabras de Houellebeq: «No pienso que Occidente tenga de verdad ganas de vivir. El cambio es lo que ahora nos ocurre a los occidentales, somos el culpable casi perfecto de todos los males. Para varios discursos, el neofeminista, el antirracista, el decolonial y hasta el de los talibanes, el culpable es el hombre occidental. El buen pensamiento único, la ideología de la identidad, va a reiniciar la batalla sobre nuevas bases que reorienten a las mujeres desviadas, víctimas del capitalismo y del patriarcado. Se ha producido la transformación de una serie de teorías críticas en ideologías y posteriormente en una religión sin dios, como ocurrió con el socialismo o el marxismo, o como sucede en la escuela de los talibanes, que viene a decirnos que los occidentales han conseguido transformar el mundo en un gigantesco montón de mierda. América, que vino a salvar a Europa en 1944 y luego encarnó la alianza de la modernidad, la libertad y la prosperidad, esa América está muerta, carcomida por la ideología identitaria. Se presenta ante el mundo no como una solución de exportador de libertades, sino como un fracaso que no debe repetirse. Este año capitula ante Afganistán, ha abandonado el liderazgo mundial y se lo ha cedido a China, no ha logrado imponer la paz dondequiera que haya intervenido.

Y la batalla se centra ahora en lo cultural, en la ideología identitaria. Ya dijo Goethe que «las ideas generales y los grandes conceptos siempre están destinados a provocarnos grandes infortunios», y el siglo XX nos mostró lo que debía la enormidad del crimen a las ideologías. Pero en lugar de poner el foco e ir saltando en cada una de las ideologías radicales que circulan hoy, entre ellas el extremismo de género, quizás sea más relevante pensar como todas afectan a la cultura y a la civilización occidental en su conjunto. Lo que comenzó como una revisión crítica de todas las grandes teorías del significado, la posmodernidad, es ahora un lento pero imparable proyecto para subvertir los fundamentos de la cultura occidental. Reconciliarse con el amor universal entre hombres y mujeres, el progreso y los derechos humanos parece un camino cada vez más pedregoso.

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