Daniel Capó

El final del verano

«La recuperación en V será estadística y significativa seguramente, pero la ruina moral, ideológica y social resulta mucho más difícil de cuantificar. Y el empobrecimiento a microescala también».

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El final del verano
Foto: Cabalar| EFE
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

Este año, el final del verano llega precipitadamente. En Mallorca, las cadenas hoteleras anuncian cierres para esta semana o la próxima, finales de mes como muy tarde. Se diría que los números –con caídas en julio por encima del cincuenta por ciento y aún peores en agosto– son los que son. Y tampoco nuestro país da para mucho más ahora mismo. Son tiempos revueltos en los que rige un virus desconocido de comportamiento ciclotímico.

Tras la primera ola, llega una segunda antes de lo previsto. No ha habido efecto estacional o, al menos, de un modo significativo. Ni aquí ni en el resto del mundo. Sí una gestión pública más acertada en unos lugares que en otros, equipamientos y políticas que han funcionado mejor o peor, estructuras sociales más resistentes y otras menos. El final del verano se acelera con perspectivas sombrías, aunque seguramente no volvamos a la situación de abril. Esa peculiar mezcla de soberbia –“contamos con el mejor sistema sanitario del mundo”–, de improvisación y sorpresa ya no será excusa: ahora sí sabemos a lo que nos enfrentemos y, por tanto, ahora sí se sabe cómo reaccionar. No, abril no volverá, aunque haya puntas de angustia, confinamientos selectivos y paros forzados hasta la vacunación masiva del país. En todo caso, el parte de daños es enorme, por mucho que los economistas nos repitan que la estructura productiva sigue en pie. La recuperación en V será estadística y significativa seguramente, pero la ruina moral, ideológica y social resulta mucho más difícil de cuantificar. Y el empobrecimiento a microescala también.

El final del verano se acelera ante nuestros ojos: terrazas vacías, ciudades desiertas, negocios renqueantes. En las zonas turísticas, contemplamos un panorama de tintes apocalípticos. Hablo de una estética, de una sucesión de imágenes icónicas: bulevares y paseos marítimos con la mitad de los negocios en hibernación, unos pocos turistas paseando entre tiendas cerradas, playas a medio gas con amplios claros en los arenales, cruceros cancelados… De los cuatro millones de viajeros que suelen pasar por el aeropuerto de Palma en un mes de julio, este año ha llegado una cuarta parte. ¿Qué viabilidad pueden tener tantos y tantos pequeños negocios? ¿Cuántos hoteles, desligados de las grandes cadenas, resistirán? ¿Cuántos centros comerciales? ¿Y los alquileres? ¿Y las inmobiliarias? ¿Y la banca cuando se inicie el repunte de la mora? Bill Gates, en una entrevista reciente, ha declarado que el impacto económico de la pandemia será similar al de una guerra mundial. No sé si tiene razón, pero en España este impacto se suma a la crisis anterior y a los desafíos que plantea la nueva revolución industrial para la que no estamos especialmente bien preparados. Un país con un treinta o un cuarenta por ciento menos de turismo –así de entrada– nos habla de un escenario inimaginable. Como en 2008, las consecuencias del shock irán desvelándose con el tiempo. El verano termina antes de hora y se acerca un otoño que será menos la estación de los proyectos –la metáfora es de Patrick Modiano– que el preludio de un largo invierno, a pesar del dinero europeo. Incluso con el dinero europeo.

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