Julia Escobar

Hay que intentar vivir

«Sin duda, es justo y necesario que los jóvenes se dediquen a vivir intensamente y se crean inmunes a la enfermedad y al desgaste físico»

Opinión Actualizado:

Hay que intentar vivir
Foto: Iglesia en Valladolid| Flickr

Ahora que estoy in villegiatura, o sea de vacaciones, después de la larga secuencia de catástrofes que se nos han echado encima en este Año de la Peste, se me llena el alma de melancolía porque, cada año, el traslado a nuestros cuarteles de verano era el preludio a una pronta visita a José Jiménez Lozano a su Petit Port Royal de Alcazarén, visita que este año ¡ay!, es imposible. Y como la vida, ese hábito -como la definía Flannery O’Connor- al que nos aferramos patéticamente, en realidad nos escribe, en mi mesilla de noche me encuentro al llegar con un número de la revista Temblor. Asidero poético  titulada Los blancos de José Jiménez Lozano. Breve antología poética, que dejé ahí la temporada pasada y que es una verdadera celebración de la belleza del mundo. Me consuela pensar que, en cierto modo, este año también nos hemos saludado a través de este encuentro.

Porque hay personas a las que creemos inmortales y transferimos en ellas ese sentimiento de inmortalidad que todos tenemos sobre nosotros mismos y sobre las personas queridas o admiradas de cualquier edad. Puede ser alguien como él, o esos tertulianos jubilados del pueblo que, cada atardecer, sentados en un banco municipal, al otro lado de nuestra tapia y a la fronda de los árboles del jardín, hablan de cosas sencillas, luego universales, mientras contemplan hasta el final el ocaso. Para ellos y para mí, “el tiempo miente”, como decía Quevedo. El tiempo y el sentimiento de inmortalidad…

Y a este respecto, recuerdo aquella vez, hace ya muchos años, estando yo todavía “en plena flor de mis pecados”, en que en la sala de espera de un hospital oí a dos enfermeras ya mayores hablando de una compañera fallecida a cuyo entierro pensaban ir en cuanto acabara la consulta. La recordaban con cariño porque las tres habían sido quienes «montaron» la planta de cardiología hacía ya 50 años. ¿Qué edad tenía? preguntó una de ellas; 77, contestó la otra. ¡Cada vez se muere la gente más joven!, replicó la primera… No creo necesario explicar cuánto me sorprendió oír aquello en una época en la que para mí esa edad todavía era considerada provecta.

Inmediatamente lo relacioné con un libro de William Hazzlit titulado Sobre el sentimiento de inmortalidad de la juventud y decidí buscarlo en cuanto llegara a casa para corroborar si esa impresión primera que tuve, cuando leí el libro, de que la prolongación de dicho sentimiento más allá de la juventud es un fenómeno postmoderno, seguía pareciéndome acertada. Fue inútil, porque una de las características de cualquier biblioteca que se precie es la de no encontrar nunca lo que uno necesita leer en ese momento.

Pienso incluso que ahora, con los años, hemos llegado a un punto en casa en que nos resultaría más apasionante escudriñar nuestra propia biblioteca que visitar la librería de viejo mejor surtida, porque en eso la hemos convertido, guiados por nuestro criterio literario y nuestro propio sentimiento de inmortalidad… No quiero deprimirme haciendo la estadística de cuantos miles de libros no voy a poder leer en lo que me queda de vida que, sentimiento de inmortalidad aparte, no son tantos como yo quisiera, pero me puedo envanecer de que no voy a aburrirme contándolos.

Volviendo a Hazlitt y a su ensayo, que sigo sin encontrar, creo recordar que era tan corto como acertado, pero esa sensación que analiza en los jóvenes de que la muerte no va con ellos (lo que no les impide suicidarse, por cierto) y de que sólo se mueren los viejos y los demás, me temo que se ha hecho extensiva a todas las edades de la época actual. Sin duda, es justo y necesario que los jóvenes se dediquen a vivir intensamente y se crean inmunes a la enfermedad y al desgaste físico. El joven, incluso enfermo, se rebela contra las restricciones que le impone su propia enfermedad como si ésta, pregonera de la muerte, fuera incompatible con la juventud y eso es ciertamente muy peligroso como comprobamos en estos momentos turbios en los que, paradójicamente, los más viejos y enfermos vamos a ser los supervivientes precisamente porque, aunque también nos creamos inmortales, sabemos que no lo somos y no corremos riesgos.

No sé si a todo el mundo le pasa lo mismo, pero algunos no nos hemos dado cuenta de que hemos sido jóvenes hasta que hemos dejado de serlo y es como si la muerte y la enfermedad aprovecharan ese pertinaz sentimiento de inmortalidad para colarse. Tal vez sea esa la causa del malestar que me producen las fotografías antiguas: son un testimonio de lo poco que se aprecia lo que se tiene cuando se tiene y me dan ganas de cantar, con ritmo de ronda «que las fotos no son buenas, que hacen daño, que dan pena, que se acaba por llorar.» El tiempo no se congela en ellas, se subvierte.

José Jiménez Lozano (con él empecé y con él acabo), en una entrevista que le hacen en la antología que he mencionado, afirma que “no se puede pasar por la belleza sin celebrarla”, tampoco por la vida. Como decía Valéry en la última estrofa de su Cementerio marino: “Se ha levantado el viento… ¡hay que intentar vivir!”

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