Ignacio Vidal-Folch

Igor el Ruso, en los campos de Teruel

«Vemos la cara banal del asesino, y en ese rostro de hechuras duras de un ser que dispara por la espalda a dos guardias civiles, y cuando éstos caen, se acerca a rematarlos, vemos un mal desinteresado y frío que parece negarse a cualquier idea. Esto, ¿no coloca a Igor no ya al margen de la sociedad sino de la humanidad?»

Opinión

Igor el Ruso, en los campos de Teruel
Ignacio Vidal-Folch

Ignacio Vidal-Folch

Nacido en Barcelona en 1956, escribe artículos para la prensa y ficciones. Su último libro publicado es la novela 'Pronto seremos felices'.

1.—Casi seguro que a usted le habrá pasado como a mí: que miré la portada (digital) de mi periódico preferido y entre las distintas noticias inciertas, complejas y por consiguiente difíciles de atender, los ojos se me fueron hacia el caso de Igor el Ruso, que estos días está siendo juzgado y pronto quedará visto para sentencia.

¿Qué tiene de especial o de valioso ese terrible pero vulgar suceso de un criminal en descampado, asesinando a cualquiera que le salga al camino como en una película americana, que se cobra cinco víctimas, tres de ellas mortales, es perseguido y cuando finalmente es atrapado confiesa los hechos? Aquí no hay ambigüedades ni más misterio de causalidad que en la formación del universo. Entonces, ¿qué hay en este caso y en su atractivo –indiscutible, ya que salta a las portadas–, qué hay que diga algo sobre nosotros? O por lo menos, sobre mí…

Me parece que lo tiene todo. Está la sugestión de un Este geográfico –Igor el ruso en realidad es serbio y se llama Norbert Feher: se puede decir que es ruso y balcánico— primitivo e implacable como las hordas mongoles; está la muerte presentándose sin avisar; el absurdo; la desproporción tremenda entre hechos causales y consecuencias; está la arbitrariedad e imprevisibilidad de un destino casual; y en fin, está el mal puro, desenvuelto, desnudo e imperdonable. En casos como este, todas estas fuerzas se precipitan y revelan de una manera evidente, casi diría «luminosa», porque, si bien es cierto que  los hechos sucedieron de noche –en la fría noche rural de la provincia de Teruel—quedaron resueltos y potentemente iluminados por las linternas de la pareja de la guardia civil que despertaron a Igor  cuando éste, después de sufrir un accidente en el coche que había robado a sus víctimas, y de tomarse un par de cervezas, se había tumbado a dormir al pie de un olivo, con la pistola como almohada.

Todo eso es muy nuestro, y al mismo tiempo ajeno, como si sucediera en un mundo raro. Creemos estar viviendo y sujetados a la lógica, sujetados por la lógica; tratando, como sociedad, y como individuos, de mantener la proporcionalidad (por ejemplo proporción entre delitos y penas, o entre valor y beneficio, entre esfuerzo y recompensa), de restaurarla cuando no se da, y de lamentar su ausencia.

Vemos la cara banal del asesino, y en ese rostro de hechuras duras de un ser que dispara por la espalda a dos guardias civiles, y cuando éstos caen, se acerca a rematarlos, vemos un mal desinteresado y frío que parece negarse a cualquier idea. Esto, ¿no coloca a Igor no ya al margen de la sociedad sino de la humanidad? ¿Puede aspirar todavía a ser considerado un caso humano complejo, un ser humano complejo, y por consiguiente una noticia compleja, capaz de competir en verdadero interés con las demás de la portada, el cambio climático, los dimes y diretes sobre las vacunas del Covid, la deuda, etc?

Robert Musil, que en la época de entreguerras estaba considerado como la mayor inteligencia especulativa de Viena, se lanzó a la disección de la decadencia y destrucción del imperio austrohúngaro, o sea al colapso de su mundo, en su novela río «El hombre sin atributos», a partir del caso de Moosbrugger, un psicópata de aspecto pánfilo, asesino de prostitutas, directamente inspirado en un caso real, que le dio pie a una catarata de teorías y discursos. A partir de ahí la novela se desarrolla de forma arborescente en otros mil conflictos y mil personajes. Ese fue el meollo de la gran obra de su vida a la que dedicó más de dos décadas de trabajo y que quedó inacabada.

Hasta a la matanza en la Maratón de Boston en abril del 2013, realizada por los hermanos Tamerlán y Dzhokhar Tsarnaev supo encontrarle Masha Gessen las raíces de la derrota, el desarraigo, la humillación, la obsesión patriótica y religiosa, una trama que implica al mundo entero, hasta resolverse en el hecho catastrófico, en The Brothers (los hermanos).

El problema del caso de Igor el Ruso, del atractivo del caso, es que no es complejo ni verdaderamente interesante. Esto es lo más preocupante. En este sentido lo veo relacionado con otra noticia que también atrapa mi atención irresistiblemente: el helicóptero «Ingenuity» desplazándose a medio metro de altura sobre los desiertos rojizos de Marte. Un prodigio de la técnica, un ingenio mecánico sin alma, pero con ojos, paseando sobre la nada, para nada.

2.—Es hasta cierto punto interesante que parientes o personas cercanas a las víctimas hayan volcado su curiosidad inquisitiva, y su necesidad, tan humana, de un relato coherente, y su desconfianza, en la actitud de las fuerzas policiales tras el primer tiroteo (que se saldó con dos heridos graves) y una serie de robos en varias fincas que delataban la presencia en esa zona de la España Vacía de un hombre clandestino, armado y peligroso: «No se mandaron a analizar los restos biológicos hallados en el lugar del primer tiroteo ni se movilizaron equipos policiales de otras partes de España». Un portavoz de la Asociación Unificada de Guardias Civiles lamenta que “en esos días se hizo un rastreo un solo día, con perros, y otro día salió el helicóptero. Cuando se pierde un valenciano buscando rebollones [supongo que quiere decir «rovellons», níscalos en catalán] montan un operativo mayor».

Hasta en la queja por la supuesta desidia en la respuesta policial, hasta en la demanda de explicaciones, más allá de si están justificadas, o de si insinúan un abandono de la zona, o acaso alguna venalidad policial, vemos una busca de lógica en los acontecimientos.

Pero también en el mismo hecho de que se formulen esas mismas exigencias hay una confirmación de la eficacia del aparato policial (eficacia, si se quiere , relativa. Pero ¿qué no lo es?) en España.

Ante la incertidumbre general de la vida tenemos –por lo menos, de momento–, una policía eficaz. Ése es, desde luego, uno de los mayores logros para un país: que los ciudadanos puedan dar por descontado que en el caso de que sus derechos sean criminalmente lesionados, la policía perseguirá y tratará de detener al culpable. No son tantos los países en el mundo donde esto sucede.

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