José Antonio Montano

Irresponsabilidad del Rey

«El rey Juan Carlos, con sus corrupciones, se ejercitaba en el refrán “debajo de mi manto, al rey mato”»

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Irresponsabilidad del Rey
Foto: Victor R. Caivano| AP
José Antonio Montano

José Antonio Montano

Más escritor que periodista. Desclasado y centrifugador.

Lo que hizo el rey don Juan Carlos (ese “don” ya canta) fue obedecer literalmente a la Constitución, adelantándose a nuestra época literalista. Se tomó al pie de la letra el artículo 56, que dice que su persona “no está sujeta a responsabilidad”. Por eso sumió la irresponsabilidad como un imperativo.

Cuando leí la Constitución con quince años (era 1981: el ideal para hacerlo), me quedó claro que esa irresponsabilidad escrita tenía como requisito una suprema responsabilidad real. El comportamiento del Rey debía ser ejemplar, en correspondencia con aquello de lo que se le eximía legalmente.

Si lo entendía yo con quince años, ¿cómo no iba a entenderlo él? Y seguro que lo entendió al principio, pero se le olvidó. Ocurre con frecuencia en las vidas públicas españolas: hay fogonazos de inspiración, pero pronto olvido. La prolongación de uno mismo hace que uno mismo entierre lo bueno que creó. Quizá es que las vidas son demasiado largas. O que, como decía Umbral, la vida suele durar más que la biografía. El rey Juan Carlos (¡el “don” ya no me sale!) cumplió su biografía pero su vida siguió.

Su olvido más grave fue el del significado de la monarquía española tras el pacto constitucional. Nuestra llamada “monarquía republicana” era –como la nación para Renan– “un plebiscito cotidiano”. Los republicanos que aceptamos la monarquía no estábamos dispuestos, naturalmente, a las arbitrariedades (más allá de la genealógica que consentíamos). En cada monarca, y en cada día de cada monarca, se jugaba –se juega– la monarquía entera. El rey Juan Carlos, con sus corrupciones, se ejercitaba en el refrán “debajo de mi manto, al rey mato”. (Es decir, a la monarquía.)

La conclusión ya la sabíamos, aunque hiciésemos ese paréntesis real: en la vida pública no queda otra que la fiscalización, el control, la crítica. Sin excepciones. Ana Romero habló en ‘Final de partida’ del silencio de la prensa durante lustros sobre la conducta del Rey. Sin duda esto alentó su irresponsabilidad literalista.

Lo más divertido es que los republicanos enfáticos de hoy buscan lo mismo: el silencio de la prensa. Tienen mentalidad de reyezuelos. Por ellos (y casi solo por ellos), la alternativa a la monarquía constitucional no está tan clara.

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