Carlos Mayoral

José Carlos Llop: una conversación en la memoria

«La gran literatura siempre tuvo esta cualidad: transforma el pasado del lector con su capacidad intrínseca para moldear esa realidad que algunos creen inamovible»

Opinión

José Carlos Llop: una conversación en la memoria
Foto: Elba Editorial
Carlos Mayoral

Carlos Mayoral

Un sustantivo: juntaletras; y tres adjetivos: solotildista, machadiano, puntoycomista.

El libro había sido un regalo del filósofo y amigo Jorge Freire, en una de esas tardes pandémicas donde para degustar un gin-tonic ya tenías que apechugar con la sensación térmica: terraza otoñal con menos grados de los que hubiéramos soportado en otro tiempo, cuando el hedonismo se valoraba menos, y las mascarillas eran un exotismo asiático. Él había pedido no sé qué ginebra y yo lo mismo, entonces apareció el ejemplar: José Carlos Llop: una conversación. Dicha conversación es dirigida inteligentemente por Daniel Capó y Nadal Suau, más tarde editada con robustez por la editorial Elba. Descansó en una balda de la estantería hasta que pude hacerme con él en algún momento de 2021. Hay un placer oculto que hoy desvelo: antes de comenzar una lectura, hojeo su interior fijándome en palabras al azar. Recuerdo bien con cuál me topé al jugar con este: memoria. No recuerdo, paradójicamente, qué otros términos retuve.

Me encontré pronto con la primera referencia a esta disyuntiva entre la memoria y la literatura: en la primera pregunta, Llop ya alude a un recuerdo. Su madre retira la nieve de su casa balear con una pala de zinc, y el autor recuerda milimétricamente la escena pese a que aún no había nacido. En ese momento, tanto el entrevistado como el lector nos desterramos a la memoria, que diría Unamuno. A esas alturas ya había certificado dos cosas: que la literatura es remembranza, por lo que tiene de mímesis con la realidad que uno ha concebido; y que el libro era, tal y como me había asegurado Freire, una delicia. Lo que viene después es una conexión constante entre su melancolía y la de dicho lector, entre su literatura y la que guarda quien sujete las páginas. Cuando ese lector ha sido el que aquí escribe, y pese a las distintas literaturas que, por la mayor edad y capacidad del entrevistado, concebimos ambos, lo cierto es que no he podido dejar de pensar en lo mucho que ensalza la palabra escrita un poeta que ha conquistado con sus conocimientos literarios cualquier juicio que yo pudiera emitir.

Así que reivindica este libro la inclusión de cierta literatura en el contexto de la propia memoria, la capacidad de modificar las estructuras ajenas del pasado. Con esto quiero decir que José Carlos Llop y sus entrevistadores logran que mi Proust vaya a tener ya siempre algo del Proust del autor mallorquín. Ídem con algunos otros santos de mi santoral: la Generación del 50, la cultura americana, las Habanas de Lezama Lima y Cabrera Infante, o la música de Garcilaso y Fray Luis. En sus referencias biográficas también logra invadir la memoria: cuando, por ejemplo, habla de un Madrid a medio camino entre La Colmena e Hijos de la Ira, vuelve a transformar para mí el recuerdo, en este caso el de aquella capital tardofranquista que no viví. La gran literatura siempre tuvo esta cualidad: transforma el pasado del lector con su capacidad intrínseca para moldear esa realidad que algunos creen inamovible. Lo define bien nuestro protagonista en una de sus reflexiones: «Es en esa fractura entre lo real y lo irreal donde nace la literatura». No quito una coma. No se pierdan este libro.

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