Víctor de la Serna

La era china

«Los sistemas cada día más sofisticados de control digital y de vigilancia por cámaras con reconocimiento facial nos tendrán dominados»

Opinión

La era china
Foto: Edgar Su| Reuters
Víctor de la Serna

Víctor de la Serna

Periodista generalista a la antigua usanza, ha acabado especializándose en comunicación, cocina, vinos, baloncesto y las calles de Madrid.

Sin entrar en el debate sobre la intencionalidad o la casualidad en la salida del coronavirus desde Wuhan –parece casual, pero la discusión no está zanjada del todo-, no tenemos más remedio que constatar que China, la China más comunista desde tiempos de Mao que a la vez cultiva su forma de capitalismo, se ha convertido en la primera potencia mundial o al menos la única que mantiene una política de poder e influencia en todos los continentes desde que Estados Unidos renunció a ese papel.

La cuestión no es celebrarlo o lamentarlo –que muchos lamentan lo que va a suponer en términos de libertad y democracia-, sino hacerse a la idea de que, en una era en que todo el mundo sabe qué es, y posee, un Huawei pero ni sabe ya qué es un Ford, nuestras vidas van a estar mediatizadas como nunca en Europa desde 1945 –o 1975, o 1989-, pero de una forma diferente: las viejas dictaduras fascistas y comunistas reprimían con pistolas, porras y mazmorras. En cambio, los sistemas cada día más sofisticados de control digital y de vigilancia por cámaras con reconocimiento facial nos tendrán dominados. Al final suele haber una mazmorra o un pelotón de ejecución, pero se ahorra gran parte de la parafernalia violenta intermedia.

En el caso de Europa y España, China va a disponer de partidos amigos en todas partes, cuyo ascenso hacia el poder facilitará con esos nuevos medios de intervención y manipulación que, curiosamente, nacieron en el Silicon Valley californiano antes de dar el gran salto al otro lado del Pacífico.

El declive de Estados Unidos es más sencillo de seguir que el de la Europa que quería unirse: aparte del triunfal ascenso de los innovadores tecnológicos y sus ingresos a través de buscadores y redes sociales, la economía productiva de Estados Unidos lleva medio siglo en paulatino declive: la ruleta millonaria de Wall Street se ha impuesto con una economía financiera que ha enriquecido desmesuradamente a sus artífices a la vez que el conjunto de la población se estancaba, entre los oficios que se quedan viejos y la ausencia de nuevas actividades en una economía fabril modernizada.

En Europa hay un procesito diferente en cada país, con problemas de unidad en algunos como España o Gran Bretaña, y en general con el mismo declive industrial que en Estados Unidos. La pérdida de oportunidades profesionales para los jóvenes es patente, y en ese descontento por un porvenir más duro que lo que sus padres conocieron está la raíz de los 15-M, Podemos y movimientos similares en otros países.

La situación, además, nos ha permitido descubrir –por la prensa y por las sucesivas filtraciones de unos partidos contra otros- que nuestras democracias tenían mucho de plutocracias y cleptocracias, y que aquella frase atribuida a un político levantino de la Transición, «yo estoy en esto para forrarme» se la han aplicado a derecha e izquierda.

Desprestigio político, debilidad ante una pandemia que será más duradera de lo que se dice, desánimo de las nuevas generaciones, y el Gran Hermano chino que se acerca mientras aquí nos contentamos –qué remedio- con la política-ficción que nos cuenta un Gobierno mal avenido, mal preparado y sin más programa que mantenerse en el machito.

Han pasado 75 años desde el final de la II Guerra Mundial. En el mundo desarrollado estamos viviendo los tiempos más peligrosos y amenazantes desde entonces.

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