José María Albert de Paco

La familia Adams

«'No digas nada' es, por encima de todo, la más escalofriante caracterización de todos los otegis que en el mundo han sido, encarnada, aquí, en Gerry Adams»

Opinión

La familia Adams
Foto: Peter Morrison| AP
José María Albert de Paco

José María Albert de Paco

De pequeño, en la playa, solía entretenerme yendo y viniendo de lo hondo con algo que demostrara que había estado allí. Fue aquella mi primera escuela de periodismo.

El barrio de Divis Flats, en Belfast, se hallaba vertebrado en torno al polígono del mismo nombre, un complejo laberíntico levantado a mediados de los sesenta para realojar a miles de familias procedentes de los suburbios, en su mayoría católicas. Retretes comunitarios, ascensores averiados, patios convertidos en estercoleros… Piensen en unas Tres Mil Viviendas fabuladas por un brutalista enloquecido y envueltas en la bruma. Una obra social irreprochable, que cumplía a rajatabla con todas y cada una de las contraindicaciones del bien. En 1972, en uno de los pisos de aquel humedal de hormigón, vivía Jean McConville, una viuda de 38 años con diez hijos a su cargo.

En diciembre de ese mismo año, una cuadrilla de encapuchados de los Provos (IRA Provisional) se presentó en su hogar y la secuestró. Cuadrilla, estimado lector, no es una elección inocente. A punto he estado de escribir que se la llevaron “a punta de pistola” pero ni siquiera hizo falta. Sobre Jean pesaba la acusación de ser una chivata. Al parecer, había socorrido a un soldado británico en uno de los corredores del Divis, y al punto aparecieron las primeras pintadas, lo que abrió la veda al hostigamiento de la familia. [En el film(in) ’71, el Divis aparece como uno de esos enclaves a los que la comandancia de las tropas del Reino Unido prohíbe entrar a sus soldados; un territorio mítico a fuer de real].

Al newyorker Patrick Radden Keefe, 44 años, le llamó la atención la desaparición de McConville, un caso tabú en Irlanda del Norte, donde tabú es el eufemismo que alude a la general resignación ante la evidencia de que nuestros muchachos, ay, la habían tenido que asesinar. ‘Tenido que’, sí; la barbarie y los libros de estilo son irreconciliables. Lo que no previó Keefe es que su investigación, reunida en el antológico No digas nada (Reservoir Books), echaría a rodar una bola que abarcaría la historia de la que es, probablemente, la banda terrorista que más altas cotas ha alcanzado en el escalafón del glamour. A ello contribuyeron las hermanas Dolours y Marian Price, tan sumamente idénticas en su oligofrenia swinging que Margaret Thatcher las tomó por gemelas.

Pero No digas nada es, por encima de todo, la más escalofriante caracterización de todos los otegis que en el mundo han sido, encarnada, aquí, en Gerry Adams. Se trata, de hecho, de una biografía de Adams (¡y familia!), del retrato asombrado del individuo que ordenó la detención de McConville y resolvió desaparecerla. Según declaró Dolours Price, dejar su cadáver en la vía pública no les habría dejado en buen lugar. Más dejando diez huérfanos en tierra de quién.

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