Ferran Caballero

La hoguera de las vanidades

«Es espectacular, es verdaderamente asombroso, lo mucho que le quiere todo el mundo. De no creerlo, de verdad»

Opinión

La hoguera de las vanidades
Foto: TV3
Ferran Caballero

Ferran Caballero

Profesor de filosofía y autor del libro "Maquiavelo para el s.XXI". "Tot ve que cau"

De Junqueras se decía que era el que mejor estaba en la cárcel. Que había encontrado un cierto confort místico en ella. En el lenguaje nietzscheano de aquellos a los que a-buenas-horas-mangas-verdes llaman hiperventilados, Junqueras representa la moral del esclavo que se entregó orgulloso al martirio de la justicia española mientras sus más valientes compañeros seguían de lucha por Europa. El junquerismo es amor, se decía, a sí mismo. Y lo volvió a decir en la entrevista, esperpéntica, verdaderamente vergonzosa, que concedió a TV3. Cuando Sanchis le preguntó si eso no era un poco de risa –aquí estuvo bien– respondió que del amor y de Shakespeare y de Dante y de Petrarca no se reía nadie en su presencia. Cuando Sanchis trató de advertirle de que no se reían del amor ni del bardo sino de él ya era tarde. El hinchado flotaba entre los grandes de la literatura y no volvió a aterrizar en toda la noche. Al terminar, a nadie le quedaban ganas de reírse. Porque este hombre está llamado, por su ego, su dios, su pueblo, sus líderes de opinión y sus compañeros de módulo a ser el líder que Cataluña necesita. Y él parece más que dispuesto a escuchar la llamada. Esto no es serio, pero tampoco es para reírse.

Junqueras fue a la tele a recordarnos lo bueno y amoroso que es. Lo mucho que quiere él a los suyos y lo mucho que los suyos, que somos todos los hombres buenos y rigurosos, le queremos a él. Pero Junqueras sabe que de bueno a veces puedes parecer tonto y que en política no se vive sólo de bueno y de tonto. Así que quiso demostrar que, cuando es necesario, también es capaz de ser malo. Explicó una anécdota sin explicarla, que eso se hace mucho por aquí, para dejar claro que el respeto y el amor, la auténtica devoción que se le tenía en la cárcel, también tuvo que ganársela. Que había un tipo que estaba acostumbrado a mandar y que ya no mandó más. Que ese tipo no era Puigdemont no lo dijo, pero no hizo falta porque ya sabemos todos que Puigdemont no estaba en la cárcel porque es un cobarde y un gallina. Junqueras quiso dejar claro también que él siempre se sintió muy fuerte y muy entero y muy sereno. Y que si había que jugar a fútbol él jugaba a fútbol y que si había que jugar a basket pues jugaba a basket y que si hay que jugar duro, él juega duro, porque está entrenado en Sant Vicenç dels Horts.

Eso no quita que Junqueras siga siendo amor y siga siendo muy querido por todo el mundo, absolutamente todo el mundo. En su casa y en la cárcel y en su pueblo y en todos lados y entre todas las gentes. Es espectacular, es verdaderamente asombroso, lo mucho que le quiere todo el mundo. De no creerlo, de verdad. Pero ahora, además, Junqueras ha incorporado la dureza del trullo a la dureza del terruño. Incluso se le escaparon unas cuantas hostias, seguramente demasiadas para un católico. Pero no cabe duda de que ha salido de la cárcel siendo un hombre mejor. Un hombre más fuerte, más sabio, más querido. No un hombre nuevo, sino un hombre mejor. Más él. Más Junqueras. Por si no teníamos suficiente.

El tono con el que repetía, machaconamente, lo claras clarísimas que eran sus explicaciones, y lo inteligente y honrado y noble y buena persona que es, es lo más parecido que hemos visto a Trump por estos lares. Le faltó proclamar que podía salir a pegarle cuatro tiros al primer convergente que encontrase y que no perdería ni un solo devoto, pero Junqueras no se puede permitir ser tan explícito. Respondió con disquisiciones y evasivas incluso a las preguntas más tontas, como si escapase astutamente pero sin moverse, engañar ni confundir a nadie. Porque de lo que se trata es de recordarnos que aquí todo el discurso político se basa en sobreentendidos y que así será mientras de él y de los suyos dependa. Porque sólo con esto y con el chantaje moral del mártir que sale de la cárcel para liberar a su pueblo puede conseguir que su pueblo, ese que le quiere tanto que le mandó a la cárcel, se atreva a pedirle explicaciones sobre lo que hizo, lo que hace y lo que piensa hacer.

Y mientras nadie pueda pedirle explicaciones, Junqueras se irá presentando como ese hombre que hay en Cataluña que lo hace todo; que lo es todo. Que se reúne con todo el mundo y escribe montones de libros y muy buenos. Que sigue preso pero está libre, que es profesor e intelectual y hombre de acción, y católico y místico y gobierno y oposición y muy buena gente y un quinqui en la prisión. Muy querido por los suyos y muy temido por los demás, que dice que no le aguantarían ni la mirada. Es el auténtico hombre del renacimiento de Cataluña que, como pedía aquél otro, florentino, pretende aunar y aúna la fuerza del lobo con la astucia del zorro. Pero ni tan zorro, y menos lobos.

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