Cristina Casabón

La insumisión al lenguaje inclusivo

«La cultura woke va desacreditando la creación de arte, la literatura, el humor o el lenguaje que no se adecua a los limitados estándares de los nuevos diletantes»

Opinión

La insumisión al lenguaje inclusivo
Foto: Wikimedia Commons
Cristina Casabón

Cristina Casabón

Madrid, 1988. Profesora en la Universidad Carlos III. Articulista. El mundo como sustrato potencial de la ficción.

La sumisión a las modas identitarias amenazan el lenguaje culto, o el correcto uso de la lengua, que siempre ha sido una manifestación de buena educación y de buen gusto. Pretenden purgar a la lengua del sexismo añadiendo un punto y la terminación de la palabra en femenino, en el caso del francés, produciendo discursos inteligibles. ¿Qué sentido tiene problematizar el lenguaje? Por un lado, es parte del imperativo ético que persiguen las modas identitarias de deconstruir, desafiar y problematizar cualquier resquicio del pasado que quede en pie y al mismo tiempo señalizar al interlocutor que no emplea el lenguaje políticamente correcto según las normas de la doctrina woke. Aquel que no se pliega a la nueva gramática es señalizado y marcado con la letra ‘R’ de reaccionario. Algunos periódicos y editoriales de libros tienen tanto miedo de no gustar a los nuevos arquitectos del lenguaje que van adoptando progresivamente todas estas ocurrencias.

Por otro lado, se busca modificar la realidad a través del lenguaje. Foucault estaba especialmente interesado en el lenguaje o más específicamente, el discurso, la producción del conocimiento y el poder y la interrelación entre estos tres elementos. La influencia de Foucault en la política identitaria se percibe en liderazgos de izquierdas que pretenden que las palabras modifiquen la forma en la cual percibimos la realidad y, en última instancia, la realidad misma. Estas teorías esotéricas han ido invadiendo espacios como la educación o las instituciones con una política de gestos que no se traduce en sociedades más inclusivas, sino más fragmentadas en torno a las identidades, y obsesionadas con el lenguaje, el conocimiento y el poder.

En estas estábamos cuando Francia ha dado un nuevo portazo a las modas del lenguaje identitario. Ya en 2017 se prohibió el uso administrativo del lenguaje inclusivo y ahora en una circular publicada en el Boletín Oficial, el ministro Jean-Michel Blanquer sostiene que «nuestra lengua es un precioso tesoro que tenemos la vocación de compartir con todos nuestros alumnos, en su belleza y fluidez, sin rencillas y sin instrumentalizaciones». Queda así a buen recaudo la educación nacional de la contaminación del lenguaje.

Un conocido miembro de la Academia Francesa, Alain Finkielkraut, comentaba en su último ensayo, En primera persona, como ha ido evolucionando este debate en Francia: «A pesar de nuestros esfuerzos de redención, los humoristas del servicio público como la vanguardia de lo.a.s profesore.a.s de filosofía seguirían encontrando risible que nosotros hagamos tan poco, tan tarde. En vez de interiorizar esta hilaridad y dar pruebas de honestidad de una manera febril, tenemos el deber de salir en socorro de la lengua que las correctoras y los correctores de la palabra ponen en peligro (¿se me permitirá esta licencia?) porque ya no son capaces de o irla y se han olvidado de amarla».

«Una lengua procede de una combinación centenaria de historia y práctica, que Lévi-Strauss y Dumézil definieron como ‘un equilibrio sutil nacido del uso’. Al abogar por una reforma inmediata y global de la ortografía, los promotores de la escritura inclusiva violan los ritmos del desarrollo del lenguaje según un mandato brutal, arbitrario y descoordinado, que ignora la ecología del verbo», publicaban Hélène Carrère d’Encausse, secretaria perpetua de la Academia Francesa y Marc Lambron, actual director de la Academia Francesa en el Boletín Oficial.

Que Francia, cuna de la Ilustración, se oponga a que mangoneen la lengua de Marcel Proust no deja de ser un acto de justicia poética. ¡Menudos son los franceses! Nos llevan ventaja a los españoles en eso de amar y defender su cultura, y se animan a decir en voz alta lo que cada vez más ciudadanos pensamos, que la política identitaria se dedica a deconstruir, desafiar, problematizar, detectar y exagerar todos los usos y costumbres sociales, todo el legado cultural humanista. Todo esto rellena tiempo y espacio en los medios de comunicación, crea una polémica nueva cada día. Vemos personas con una conciencia social hiperdesarrollada a la hora de detectar pequeños agravios identitarios, dejando de lado un esfuerzo más serio para entender y apelar al conjunto de nuestras sociedades. El lenguaje inclusivo es un intento de inspeccionar la lengua de arriba a abajo que responde a una línea militante, no a una evolución natural del lenguaje. Llegados a este punto, el ciudadano común siente que ya no puede expresarse sin cometer una injusticia. Se oprime la libertad de expresión que, como decía Ortega, «ha significado siempre en Europa autenticidad y franqueza para ser auténticamente quienes somos».

Lo que comenzó como una revisión crítica de todas las grandes teorías del significado, la posmodernidad, es ahora un lento pero imparable proyecto para subvertir los fundamentos de nuestra cultura. La cultura woke va desacreditando la creación de arte, la literatura, el humor o el lenguaje que no se adecua a los limitados estándares de los nuevos diletantes. La cultura se va asociando con una militancia, un adoctrinamiento sutil, una forma de falso progresismo. Nada es más dañino para el espíritu de la cultura que su sometimiento a una causa, su administración, control y dirección.

El mito, la ideologización y la irracionalidad se han incorporado a la política, a las columnas de opinión, los movimientos sociales, las aulas y las instituciones. Todo se ha contaminado de un cierto aire de militancia identitaria. Pero también ocurre que se manifiesta una brecha cada vez más visible entre la opinión publicada que es fiel a todas las modas de la policía cultural y la opinión pública que es fiel a la cultura. De momento, en Francia y ante la inminente llegada de unas elecciones generales, algunos empiezan a considerar salvar el lenguaje.

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