Julia Escobar

La inteligencia de los políticos

«La primera y peor manipulación es la que convierte a las ideas en ideología, trastocando para siempre el valor de las primeras y transformándolo en eficacia»

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La inteligencia de los políticos
Foto: | AP

Las palabras rigen el mundo, no las ideas, hacía decir Galdós a uno de sus personajes, creo que en la novela Gloria. Y así es, si así lo queremos o si lo quieren los políticos.  Azorín, en su fábula sobre el origen de estos últimos contaba que Dios les dio la posibilidad de dejar el don de la inteligencia en casa y ponérsela cuando quisieran, harto de que los hombres le pidieran que se la quitaran. Algunos no se la pusieron nunca y cuando les preguntaban por ella decían: «La tengo muy bien guardada en casa» y les llamaron por ello «políticos» y les confiaron sus negocios y el gobierno de sus naciones.

Pero, aunque nos cebamos en la necedad de los políticos, y les atribuimos una ausencia total de inteligencia, yo creo que realmente a quienes les ocurrió eso fue a sus votantes. «No somos tontos, que sabemos lo que queremos», dijo cierto avezado bolchevique tras el asalto al poder para defender una demencial propuesta leninista, eslogan que, por cierto, ha retomado cierta firma comercial con gran éxito.

A lo que voy, esto de las palabras y su uso y abuso con fines propagandísticos y políticos es algo que se sufre más en épocas de crisis, y ahora estamos en una de ellas. La primera y peor manipulación es la que convierte a las ideas en ideología, trastocando para siempre el valor de las primeras y transformándolo en eficacia.

Y de esta manera nos vemos privados del libre albedrío, concepto que la gente no ha entendido nunca demasiado bien, y que confunde con un algún guarda con superpoderes de ángel que les pone el Estado al nacer para llevarles de la mano. Todo, menos la facultad, supuestamente tan humana, de distinguir, más allá del instinto animal, aquello que nos puede salvar de aquello otro que, por el contrario, nos puede hundir.

Por ejemplo, si quienes salen alegremente a la calle en grupo, o celebran en su casa su cumpleaños con los amigos, haciendo caso omiso de los consejos de llevar mascarilla, se acaban contagiando con el COVID-19, se lamentan y echan la culpa a las autoridades porque consideran que no les han informado lo suficiente y les han abandonado a su suerte.

Estas personas me recuerdan a la historia del hombre que muere ahogado porque se ha negado a abandonar su casa del valle, a pesar de las reiteradas advertencias oficiales de que su pueblo va a ser inundado para construir una presa, pues confía en que, en el último momento, Dios, de algún modo, acabará salvándole. Al llegar al cielo, muy decepcionado porque no ha sido así, Dios le dice: «Vamos a ver, te he mandado personas con altavoces para que te avisaran con tiempo de que salieras de tu casa; como no lo hiciste, te mandé un coche para recogerte antes de la riada y lo rechazaste, luego una lancha motora, para sacarte del agua, a la que no hiciste ningún caso y, finalmente, cuando estabas en el tejado, un helicóptero al que despreciaste,  ¿y dices que no he hecho nada para ayudarte?».

Y esto pasa con todo, por eso es inútil (aunque no haya nunca que dejar de hacerlo) recordar los cambios espectaculares en las respectivas ideologías de los partidos políticos del signo que sean, precisamente porque lo que priman son las palabras y no las ideas. Veamos, en el caso de la izquierda, siempre menos conservadora y aparentemente menos coherente, si cabe, que la derecha, la evolución de esas «ideas», en los casos de «ideología de género» y de homosexualidad que antaño tanto abominaban e incluso perseguían.

Como homenaje al centenario de la Fundación del PCE, me gustaría rememorar una anécdota muy ilustrativa. Estábamos unos amigos de muy diversa ideología, pero similar profesión, discurriendo sobre literatura y sus actuales avatares, cuando uno de ellos se refirió a unas páginas homófobas, de corte ultraderechista que había encontrado en las redes sociales, lo que dio pie para que otros hablaran de la represión contra los homosexuales por parte de la derecha en la historia.

Me faltó tiempo para recordarles lo que sucedió «côté gauche»: Durruti y su tren de la muerte, Castro en Cuba con su «conducta impropia», así como la forma en que trataban en el PCE de Carrillo a los homosexuales, a quienes obligaban a casarse para guardar las formas y, si estaban en la cárcel, eran marginados y humillados como sabemos por algunos testimonios que no vienen al caso.

Otra de los comensales, veterana militante comunista por más señas, que sabía muy bien que yo decía la verdad, abundó en ello y se refirió a la represión soviética al respecto contando una anécdota genial que había leído en algún libro, creía ella que de Malraux, aunque parece sacada de una novela de Platónov.

Al parecer, hace ya tiempo, en un Congreso un escritor soviético le contó a Malraux o a quien fuera, que, en una provincia remota de la URSS, donde tuvo que residir algún tiempo, los ciudadanos recibieron un ukase prohibiendo las relaciones sexuales. Nadie podía comprenderlo y las interpretaciones fueron, unas de índole marxista: «es para que dediquemos todas nuestras energías a la reconstrucción de la patria», y otras de índole contrarrevolucionaria: «es para fastidiarnos». Bueno, pues el que esto contaba, intrigado, y sospechando que había ahí algún tipo de error, fue a Correos a inquirir por el origen de tan peregrina prohibición.

Ahí se encontró con que la funcionaria responsable era una jovencita de apenas dieciocho años, entusiasta revolucionaria, modosa y aplicada que le contestó a todas sus preguntas: sí, lo había recibido ella. No, no conservaba el original, pero recordaba que le llamó la atención una incongruencia que ella se atrevió a corregir. «¿Cuál?», le preguntó el escritor. «Pues que en el texto original se decía que se prohibían las relaciones sexuales entre hombres». Y —añadió la joven— «usted comprenderá que como eso es imposible tuve que ponerlo de manera correcta».

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