Jorge San Miguel

La nueva normalidad

«La nueva normalidad es ante todo un régimen de opinión y un listado de cosas toleradas o censuradas, que pueden ir cambiando sobre la marcha»

Opinión

La nueva normalidad
Foto: Casa Real

En los días más duros del confinamiento adquirí el hábito de cantar «la nueva normalidad» a la música de La mauvaise réputation de Brassens. Me levantaba, hacía café, conectaba la reunión de zoom o teams que tocase y, de repente, sin apenas reparar en ello, ahí estaba la tonadilla. Se me perdonará la frivolidad, pero entiéndase que se nos había decretado el buen rollito en los balcones de España. Un día abrí los ventanales y puse un disco de Vera Lynn, que ha tenido el mal gusto de morirse últimamente; pero, aparte de eso, toda mi contribución a la banda sonora de la pandemia fueron esos canturreos íntimos, furtivos.

Pienso ahora que debía de haber un deje freudiano en emparejar el odioso sintagma con la canción de Brassens precisamente. Los regímenes de opinión -las «normalidades»- generan reputaciones, y las cosas pasan de estar mal vistas a ser toleradas u obligatorias en poco tiempo. Véanse las mascarillas. La nueva normalidad es ante todo un régimen de opinión y un listado de cosas toleradas o censuradas, que pueden ir cambiando sobre la marcha. En España se viene cociendo una nueva normalidad hace años, mucho antes de la pandemia, antes incluso de la moción de censura de Sánchez; pero a medida que el 78 se muere, metafórica y literalmente, se va viendo con claridad lo que tenemos en la punta del tenedor, por decirlo a la manera de William Burroughs.

Un régimen de opinión es un régimen de memoria, y de desmemoria. El 78 tenía su memoria y sus zonas de olvido -ninguna de ellas proclamada con particular vehemencia, por cierto. No estaba en el espíritu de los tiempos ni, probablemente, en el rango de posibilidades del experimento. La nueva normalidad, en cambio, es ante todo una militancia. Es militancia, memoria y relato antes que estructura, aunque la estructura acabará llegando, como un ladrón en la noche. Quizás sean esas «nuevas élites» económicas de las que hablaba Pablo Iglesias, que tienen un aire familiar. Las élites son élites porque navegan bien entre normalidades, y una clase política hipnotizada por el «giro lingüístico» tiene pinta de aguantarle a una élite que merezca tal nombre menos que un azucarillo en café caliente. Veremos.

La semana pasada el ministro de Justicia anunció que el gobierno comenzaría a tramitar los indultos de los condenados por el golpe catalán del 17. Unos pocos días antes había muerto la jueza Ginsburg, y las redes españolas se poblaron de memes y homenajes sentidos. El mismo día que el ministro anunciaba el trámite, la eurodiputada Pagaza publicó en Twitter una cita de Tomás y Valiente sobre los indultos y el arrepentimiento. Yo entiendo que Tomás y Valiente no le cambió la vida a tantos españoles como Ruth Bader Ginsburg, pero murió más cerca, en la misma facultad donde yo estudié ciencias políticas, aunque ahora sea de mal tono acordarse de él. (Lo mataron, por cierto, los mismos que mataron a Carmen Tagle unos pocos años antes, si la cosa va de role models). En esa facultad hoy hay profesores que proclaman candorosamente que Bildu es un partido normal mientras que la derecha está fuera de la ley, o camino de ello. Esa es la nueva normalidad, que da y quita (malas) reputaciones. Se veía venir hace tiempo, y lo sabe cualquiera que haya hablado con militantes de izquierdas de menos de cincuenta años. Tan es así que estos días hemos visto a un joven cuadro del PSOE vasco criticar el compadreo con Bildu y la consecuente regañina de sus mayores, y ya no sabemos cuál de las dos cosas es la normal. Miento, claro que lo sabemos.

El previsible triunfo de la nueva normalidad aconseja desinvertir emocionalmente en el país y, desde luego, en el 78. Hace un año era noticia que un partido político no pudiera celebrar actos en ciertos sitios; hoy es el jefe del Estado el que no puede ir, y no pasa nada. Tras la caída de la URSS se decía en Rusia que el régimen se había disuelto pacíficamente porque a los últimos comunistas los había matado Stalin cincuenta años antes. Aquí ya no hace falta matar a nadie más, basta el hartazgo y la fatiga de materiales. Desinvertir emocionalmente y cultivar un jardín; el que lo tenga y mientras se pueda salir a la calle.

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