Diego S. Garrocho

La valla del colegio

«Hay pocas formas tan rotundas de ajustar cuentas no tanto con lo que fuimos sino con aquello en lo que prometimos convertirnos»

Opinión

La valla del colegio
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Diego S. Garrocho

Diego S. Garrocho

Diego S. Garrocho es profesor de Ética en la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de 'Sobre la nostalgia' y de 'Aristóteles. Una ética de las pasiones' es, también, el presidente del comité académico del think tank Ethosfera.

Si tienen la suerte de vivir en la ciudad en la que crecieron, no dejen de pasar de vez en cuando por su antiguo colegio. Hay pocas formas tan rotundas de ajustar cuentas no tanto con lo que fuimos sino con aquello en lo que prometimos convertirnos. Las promesas, alguien debería revertir la fórmula, tienen el mal gusto de ir siempre desde entonces hasta ahora. Y en aquel entonces vivíamos, y a veces hasta creíamos morir, en el patio de un colegio.

Las escuelas son un síntoma de los ideales socialmente compartidos. Las hay históricas y solemnes, como las del centro de París o de Palermo; patriótico-deportivas, como las de EE.UU.; o austeras y funcionales, como las alemanas. Los colegios son el acuerdo material de mínimos, el consenso tácito y precipitado en el que pactamos cómo queremos que sean nuestros pequeños, que es tanto como decir cómo querremos ser en el futuro. Educar es siempre intentar cambiar hacia mejor y en ese comparativo, mejor, se acomodan los valores comunes en los que aspiramos a reconocernos. De alguna manera los colegios son el superyó de las instituciones públicas, la prolongación civil del vientre materno.


De un tiempo a esta parte —que es una fórmula indulgente para decir desde que dejamos de ser los que fuimos— cualquiera podrá comprobar las hondas transformaciones también arquitectónicas que han sufrido los centros educativos. En mi caso puedo confirmar que los antiguos y severos campos de asfalto, sobre cuyas grietas jugábamos con los G.I. Joe, se han convertido en perfectas y coloridas canchas de fútbol. Aquel gigantesco frontón que se erguía en mitad del patio, y detrás del cual los malotes fumaban sus primeros cigarros, ha sido demolido. Y el suelo de casi toda la superficie de recreo ha sido cubierto por un caucho reciclado que amortiguará, a buen seguro, las caídas de los niños.  Los que siempre tuvieron vocación de caer sobre blando están hoy de enhorabuena.

Entre tanto confort civilizado hay algo que me resulta singularmente inquietante. Cada poco, cuando cumplo con el exorcismo de la visita ritual, descubro que mi colegio ha crecido en altura. Sobre los antiguos barrotes de la valla han soldado nuevas bayonetas y entre los escasos resquicios desde los que podíamos asomarnos al mundo exterior han dispuesto una malla metálica que administra, como una membrana carcelaria, el acceso al nuevo perímetro protegido. La valla del colegio no es ya una cerca cándida y estabular para no extraviarnos, sino que han querido convertirla en una frontera, en un hiato material entre dos mundos casi quirúrgicamente separados.

Estoy seguro de que habrá sesudos estudios cooperativos y ecosostenibles en Liechtenstein, Finlandia o Delaware que recomiendan estos nuevos usos, y estoy convencido, también, de que la asociación de madres y padres custodiará un histórico de crímenes atroces que aconsejan el refuerzo de la linde. No cuestiono, por tanto, que se hayan ganado algunas cosas, pero es probable, y alguna vez merecerá la pena recordarlo, que hayamos perdido también algunas experiencias valiosas.

Cuando la valla era asequible el colegio era nuestro incluso cuando lo cerraban. Así, en aquellos días trepábamos la tapia para seguir jugando al fútbol durante los domingos. No eran suficientes los recreos en los que con una hormona incipiente sudábamos la camiseta de Pantic o Mijatovic. Al llegar el fin de semana nos encaramábamos a la verja y cuando nos sorprendían los municipales, sabios e indulgentes, siempre supieron mirar hacia otra parte. Pasaron los años y durante la adolescencia la verja se mantuvo franqueablemente solícita para buscar un rincón de intimidad en el que debutar, torpemente, en la incipiente intimidad amatoria. Y alguna vez, lo confieso, abordamos la antigua escuela con un par de latas de cerveza. Todo aquello, ahora más que nunca estoy convencido de ello, era bueno y era bello.

La materia, al menos así lo vivirá cualquier idealista, es siempre el signo de otra cosa y en las nuevas fortificaciones escolares no dejo de intuir el higienismo protectivo de una sociedad cada vez más desquiciada. Un suelo duro, las porterías sin red o la autonomía con la que dispusimos del espacio público, más allá del rapto nostálgico, eran elementos útiles en nuestra educación para instruirnos en experiencias fundamentales. Algunas eran tan sencillas como el dolor tras la caída o la conciencia veraz e incuestionable de que al otro lado del muro metálico existían adultos cuyas intenciones podrían no ser siempre benevolentes.

En aquellos años los colegios eran lugares mucho más inseguros, hostiles e incluso amenazantes de lo que son hoy, pero aquellas instituciones cumplían con una virtud inequívoca: guardaban una verosímil semejanza con lo que había afuera. Esa similitud entre el mundo y la escuela, entre la ley de la gravedad que rige en el planeta y las caídas sin protección sobre el asfalto, fueron algo más que un paisaje romántico de infancia. Fueron, y en algún sentido seguirán siéndolo, el signo de una serenidad social en la que se asumía con cierta naturalidad el riesgo, el peligro y el dolor.

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