Daniel Capó

Las dos banderas

«En clave ilustrada, la Navidad constituye también la historia de la ciudadanía, del hombre soberano que es reivindicado y elevado desde su debilidad, no para dominar al prójimo sino para servirle en sus necesidades. ¿A quién puede escandalizar un relato así? ¿A quién puede molestar? La respuesta, si miramos las dos banderas, me parece evidente»

Opinión

Las dos banderas
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

En su libro de Ejercicios espirituales, san Ignacio de Loyola se refirió a las “dos banderas” que se enfrentan en nuestras vidas, del combate entre dos ejércitos, de la obediencia debida a uno de sus dos reyes. Se trata de una lógica dual que no debería resultarnos extraña, porque el drama de la condición humana estriba precisamente en esta disyuntiva: saber elegir entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo justo y lo injusto. De algún modo las dos banderas reflejan la historia de la Navidad, que no son “las fiestas del afecto” –como dice Pedro Sánchez– ni la feria del consumismo compulsivo teñido de sentimentalismo que quiere la publicidad, sino el relato mítico –o no– de dos reyes que se enfrentaron en un pequeña aldea de la Palestina romana.

Dos reyes que preconizan dos mundos antagónicos y que exigen dos tipos distintos de obediencia. Uno, Herodes, es una especie de sátrapa oriental henchido de soberbia que codicia la riqueza y el poder. El otro es un niño que nace en un establo, acunado por un buey y una mula, y al que los pastores y tres sabios de Persia adorarán como a un Dios. Uno representa el mundo con sus servidumbres y oropeles, y el otro nos ofrece el asombroso escándalo de una divinidad que se despoja de su poder y se hace carne y se hace niño para que el hombre pueda ver su rostro y aprenda a amarlo. San Pablo, en sus cartas, acuñará el concepto de luz kenótica para referirse a este vaciamiento de la majestad de un Dios que conduce –de una noche a otra– hasta la cruz de la Pasión, donde todo el poder fue entregado a la lógica perversa del mal.

La Navidad, por tanto, nos habla de un amor muy especial: el amor de un rey que arriesga su vida frente a otro rey y que nos muestra con su ejemplo que ni la riqueza ni el poder ni la soberbia definen lo que es verdaderamente alto y noble en la humanidad, puesto que la verdad reside en un mandato ético de mansedumbre, servicio y entrega a los demás. La Navidad representa la memoria de ese monarca que se hizo el último entre los hombres y que no exigió pleitesía sino amistad. El escándalo de su vida es el escándalo de cualquier vida que decide no someterse, sino permanecer libre y fiel a la bandera del inocente: libre y fiel a los olvidados y humillados; libre y fiel a los que, frente a las imposiciones de un poder que quiere conquistar hasta el último rincón del alma dejándola yerma y baldía, escucha en primer lugar la voz de su propia conciencia, sin acallarla, respetándola y cultivándola. En clave ilustrada, la Navidad constituye también la historia de la ciudadanía, del hombre soberano que es reivindicado y elevado desde su debilidad, no para dominar al prójimo sino para servirle en sus necesidades. ¿A quién puede escandalizar un relato así? ¿A quién puede molestar? La respuesta, si miramos las dos banderas, me parece evidente.

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