Luis Sánchez-Merlo

Las élites inertes

«Las élites inertes, por su condescendencia sistémica con el nacionalismo, tienen una responsabilidad directa con lo que está pasando, al aceptar sin rechistar la concesión de los indultos»

Opinión

Las élites inertes
Foto: Toni Albir| EFE

La apoteosis del acontecimiento, como forma ampulosa y reiterada de teatralización, que causa furor en el espacio político, es el título de un artículo que publiqué en un periódico catalán, en 2018.

Desde entonces, el fenómeno ha ido en aumento y, en vísperas de la inminente concesión de medidas de gracia a los líderes del proceso, que fueron condenados por el Tribunal Supremo, por delitos de sedición y malversación de recursos públicos, los prolegómenos cobran una dimensión extraordinaria.

El escenario escogido para desarrollar el guion pautado y así visualizar el intento del Gobierno de serenar el conflicto, normalizar la relación con Cataluña y transmitir, urbi et orbi, la buena nueva, ha sido Barcelona.

Las reuniones del Círculo de Economía -uno de los géiseres del ilustrado tercerismo nacionalista- han sido el escaparate elegido por las élites empresariales para exhibir una respuesta coral a los indultos y darles una velocidad de crucero: «Mejor sacarlos, en la cárcel son mártires».

Como asienta el escritor Iñaki Ellakuría, fino analista del patio barceloní: «La máxima del nacionalismo en su relación con el poder madrileño, la esencia del ‘problema catalán’, es: si quieres tener la fiesta en paz, sin más sobresaltos ni asonadas, la pagamos con tu dinero». O sea: «Ingrese puntual la transferencia, firme el indulto y déjenos mangonear sin interferencias nuestra nación».

Al unánime consenso local, incluida la bendición de la élite eclesial, se sumó el jefe de la patronal. Condecorado por el Gobierno, 24 horas antes, con la Gran Cruz del Mérito Militar, sucumbió a la tentación de meterse en política: «Bienvenidos sean los indultos si las cosas se normalizan», trampa en la que cayeron otros antes, como aquel que reclamó el derecho de ser consultado por el Gobierno, antes de nombrar el ministro de economía.

A las élites que no cuentan de antemano con los cofrades que pagan cuota, no les queda otra que sacar la pata y rectificar con presteza. Cada cual tiene una opinión sobre estos temas y este no es menor. Las élites inertes, por su condescendencia sistémica con el nacionalismo, tienen una responsabilidad directa con lo que está pasando, al aceptar sin rechistar la concesión de los indultos, sin contrapartida conocida y por la exclusiva voluntad del Ejecutivo y sus apoyos parlamentarios.

Con los informes contrarios de la Fiscalía y el Supremo, sin consulta a la oposición parlamentaria y sin consenso en la sociedad.

Quien no sucumbió al mainstream ambiental fue el líder de la oposición, desacomplejado en la defensa de convicciones. Y eso que el vicepresidente del Círculo, al darle la bienvenida, defendió que los posibles indultos a los dirigentes secesionistas no deben ser vistos como «concesiones inaceptables ni vergonzosas», sino como el inicio del diálogo.

La réplica al que fue presidente de la Caixa, no se hizo esperar: «No se puede aceptar un golpe a la legalidad», aclarando de paso que Cataluña no tiene un problema de democracia sino de cumplimiento de la ley.

El siguiente hito para la presentación en sociedad de las medidas de gracia, es un acto en el Liceo de Barcelona, con 300 invitados de la sociedad civil, bajo el título Reencuentro: un proyecto de futuro para toda España. El objetivo, anunciar que en el Consejo de Ministros de mañana se aprobarán los indultos.

En su ensayo, Quand l’Europe improvise, un filósofo político holandés, Luuk van Middelaar, se plantea la cuestión ¿qué es una crisis?, a lo que responde: «Algo que sucede y que se consideraba impensable». Los indultos, bendecidos por las élites inmóviles, ante la cabalgada de quien necesita un trampantojo para sobrevivir.

Según van Middelaar: «La legibilidad de la acción política es vital, porque la incomprensión abre la puerta a la sospecha, y la sospecha a la indiferencia, el desaliento o la rebelión».

Resulta, pues, perentorio aportar claridad a lo que está pasando, algo que no siempre acaban de entender quienes más obligados están en practicar este sano ejercicio. Y al no hacerlo, faltan a ese respeto elemental, en nombre de intereses políticos superiores.

El Congreso, sede de la soberanía popular, que suma una mayoría favorable a las medidas de gracia, será el ultimo recurso a utilizar, para ventear las gracias ya concedidas.

De nuevo, la supremacía del pragmatismo sobre los valores. Desde que predomina la apoteosis del acontecimiento sobre el fondo de lo que sucede, las decisiones ya no siempre reposan en las leyes y las reglas, sino en la búsqueda de respuestas comunes a necesidades del momento, que comprometan a los jefes y cautiven al público.

El hecho de que las crisis demanden decisiones explica esa sociedad, más práctica y guiada por un instinto de supervivencia colectiva, que se va haciendo sitio y donde las reglas ya no tienen la última palabra.

El spleen al que lleva este último acontecimiento nos devuelve de nuevo a Balzac.

Le Père Goriot (1834) es una de las 87 novelas completas que dejó escritas antes de su muerte, dentro del ingente proyecto editorial que el escritor francés abordó con el título de La Comedia Humana. Conviene aclarar que tamaña producción se explica por la constante necesidad de dinero que lo acuciaba.

En esta obra, considerada una de las más importantes de Balzac, sorprende la lucidez y la capacidad de anticipación del autor, que pone en boca de Vautrin, un enigmático personaje secundario de la novela: «No hay principios, sólo acontecimientos; no hay leyes, solo hay circunstancias: el hombre superior articula los acontecimientos y las circunstancias para conducirlos».

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