Carlos Mayoral

Libertad cervantina

«Este fin de semana, dentro de la ola de protestas contra el racismo que se está llevando a cabo en Estados Unidos, unos supuestos activistas la han tomado con la estatua de Cervantes en San Francisco»

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Libertad cervantina
Foto: David Zandman| Reuters
Carlos Mayoral

Carlos Mayoral

Un sustantivo: juntaletras; y tres adjetivos: solotildista, machadiano, puntoycomista.

Este fin de semana, dentro de la ola de protestas contra el racismo que se está llevando a cabo en Estados Unidos, unos supuestos activistas la han tomado con la estatua de Cervantes en San Francisco. Para desgracia de una causa tan noble, dichas reivindicaciones se convierten cada día más en un brote de vandalismo irracional, y esta vez le ha tocado al manco de Alcalá, símbolo para esta gente de una cultura, la hispánica, que ha sido señalada estos días como culmen del genocidio colonialista y no sé cuántas patochadas más. El busto con la triste figura cervantina- o supuestamente cervantina, puesto que sus rasgos no son conocidos- amaneció pintado de rojo, y con una palabra escrita a espray que rezaba, amenazante: «bastard».

Lo cierto es que, pese a lo hilarante que resulta la escena, se trata de una metáfora perfecta de nuestro tiempo. No hay que olvidar que, hasta la llegada del Quijote, la literatura basaba su corpus en los mitos, la alegoría, la leyenda, la fantasía… Cervantes desmonta todo aquello, y compone un canto a la razón, con un realismo feroz, ajeno a la mitología previa.

La locura de su caballero andante es una locura analítica, una locura que sólo es la punta de lanza para una crítica mordaz e irónica del mal gobernante, del alto clero, del ocaso de un imperio o de una sociedad pícara y hambrienta, por poner algunos ejemplos. El alcalaíno se refugia en una supuesta irracionalidad que bien analizada no es tal, pues aquel hidalgo portaba lanza en astillero para arremeter contra las grandes injusticias y reivindicar la libertad con un final tan pesimista que se diría que todavía hoy sigue escociendo al Sancho pueblo, que ve agonizar la razón a los pies de la cama.

Arremeter contra la estatua de Cervantes es, por tanto, arremeter contra la cordura. No extraña que basado todo en una ética de medio pelo caigan los símbolos de otras épocas: no adaptan la crítica a la escala de valores del siglo desterrado, ni siquiera al contexto que le tocó vivir entonces al ídolo caído. Tachar a Cervantes de esclavista es desconocer que anduvo esclavizado varios años en Argel, y que además ese cautiverio dio pie a varios pasajes extraordinarios en la novela, en el primer bosquejo de novela de autoficción conocido. E incluso tachar a Cervantes de esclavista es olvidar que, desde el punto de vista ético, se adelantó varios años a sus contemporáneos: hizo volar a la mujer en sus fábulas («Tuya eres», le dice a La Gran Sultana); centró la mirada en el ser humano, como más tarde reivindicaría la Ilustración; renovó el sentido feudal de la justicia, rescatando galeotes en pos de una equidad que entonces no se estilaba; y así amasó tantas libertades, que una sociedad analfabeta y desconcertada no podía por más que derribar su figura. Desconocen, creo, que el hidalgo se levantará, como tantas veces apaleado, como en tantos párrafos orgulloso, desfaciendo entuertos y reclamando justicia.

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