Pablo de Lora

Liberté, Egalité, Rawlsité

«La desigualdad condicionada que Rawls justifica no atiende sólo a razones de eficiencia sino que también, quizá principalmente, al ideal de la libertad personal»

Opinión

Liberté, Egalité, Rawlsité
Foto: Alec Rawls| Dominio público
Pablo de Lora

Pablo de Lora

Profesor titular (acreditado a Catedrático) de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado recientemente 'Lo sexual es político (y jurídico)' en Alianza, Madrid, 2019.

¿Ética de la razón pura? Tal vez lo recuerden. 27 de noviembre de 2015. Universidad Carlos III de Madrid. Se enfrentan Pablo Iglesias y Albert Rivera —jóvenes figuras emergentes entonces de la política nacional— en un debate electoral frente a un nutrido auditorio de expectantes estudiantes. Modera el periodista Carlos Alsina. Un estudiante solicita recomendaciones de filósofos influyentes. El uno —profesor de Ciencia Política— tira por elevación, pero equivoca el título de una de las obras más conocidas e influyentes de Kant; el otro asiente y titubea al confirmar la importancia del filósofo de Königsberg aunque él no puede mencionar ningún título porque, confiesa, no ha leído nada de él, y añade que el filósofo John Rawls es muy importante para el «liberalismo social».

Mañana 21 de febrero hará 100 años del nacimiento de John Rawls; este año se cumplirán 50 de la publicación de su obra cumbre, A Theory of Justice (Una teoría de la Justicia). Me van a permitir una pequeña petulancia. En octubre de 1995, encontrándome en Berkeley en una estancia de investigación predoctoral, tuve la inmensa fortuna de poder asistir a un congreso en la Universidad de Santa Clara donde un conjunto de profesores analizaría dicho libro y su repercusión a propósito de los 25 años de su publicación. Bernard Williams, Jürgen Habermas, Michael Sandel, Thomas Nagel, Amy Guttman y Ronald Dworkin fueron los ponentes y el propio John Rawls, que entonces contaba 75 años, cerró el encuentro respondiendo a las críticas y observaciones de sus colegas y, con una generosidad infinita, a todas y cada una de las preguntas —por inoportunas o disparatadas que fueran— de quienes asistimos como público. Ha sido probablemente la mejor experiencia académica de mi vida y creo que no tendré ya ocasión de disfrutar de un festín intelectual semejante.

En el que es a mi juicio el mejor repaso de la colosal aportación de Rawls a la filosofía política —el de Thomas Pogge: John Rawls. His Life and Theory of Justice— Pogge narra un hecho trágico que marcó su infancia y que, con la luz retrospectiva, ayuda a comprender las motivaciones que anidaron y animaron la articulación de su teoría: Rawls enfermó de difteria cuando tenía siete años y uno de sus hermanos resultó contagiado y falleció. Al año siguiente Rawls contrajo una neumonía y otro de sus hermanos también falleció tras contagiarse por su contacto.

Bajo la premisa de que la justicia debe entenderse como «equidad», como la primera virtud de las instituciones sociales (el «orden de la ciudad» en términos aristotélicos) y conjugando los mimbres de la clásica doctrina del contrato social con las sofisticadas aportaciones de la teoría de la acción racional, Rawls propuso una persuasiva forma de justificar cuáles deberían ser los principios básicos que habrían de regir en una sociedad bien ordenada, sus cimientos normativos más profundos: el derecho de todos a disfrutar del más amplio régimen de libertades compatible con la igual libertad de todos y la posibilidad de que existan desigualdades económicas o sociales siempre que estén vinculadas a ocupaciones y puestos abiertos a todos en igualdad de condiciones (principio de igualdad de oportunidades) y contribuyan al mayor beneficio de los socialmente más desaventajados (principio de diferencia).

Junto a la impugnación general y de principio al utilitarismo entonces predominante en la filosofía práctica anglosajona, dos cosas importaron fundamentalmente a Rawls al postular esos principios de justicia. En primer lugar que la estructura básica de la sociedad —sus instituciones más importantes— no den pábulo a la mala suerte no elegida que aqueja a los individuos: tanto la lotería social —la familia y contexto en el que uno nace— cuanto la lotería natural —infortunios como los que sufrieron sus hermanos—, son productos arbitrarios, no merecidos. Como acostumbra a sintetizar Félix Ovejero: ninguna desigualdad sin responsabilidad.

En segundo lugar, que esos principios de justicia expresan el ideal de justicia como equidad entendida políticamente, es decir, deberán poder ser aceptables por cualquier individuo o colectivo, teniendo en cuenta que en nuestras sociedades cohabitamos ciudadanos con propósitos, cosmovisiones y sensibilidades diversas. Dada esa pluralidad religiosa, ideológica y filosófica, el poder público no debe encarnar ni imponer una particular concepción acerca de la vida buena y las controversias morales profundas que nos ocupan deben poder saldarse esgrimiendo razones y argumentos que no dependan de tales visiones particulares. De otro modo, la convivencia —necesaria por lo demás para nuestro florecimiento como seres humanos— se torna inviable.

En un panfleto reciente (Contra la igualdad de oportunidades, 2020) celebrado frívolamente por el presidente Sánchez en uno de esos eventos en los que anuncia una estrategia o agenda con la factura escénica de una convención de productos de maquillaje de Mary Kay, César Rendueles lamenta la suerte de «rendición» que supone la concepción rawlsiana de la justicia, una traición a la igualdad rectamente entendida. Y es que, señala Rendueles en la estela de otro de los grandes de la filosofía política contemporánea (Gerald Cohen), los beneficios sociales producto de la desigualdad devendrían en una especie de chantaje inevitable que hemos de pagar en la forma de privilegios y mayores recursos sólo para algunos. Rendueles atribuye ese efecto a la claudicación de Rawls y liberales-igualitaristas de parecido jaez frente al ethos capitalista. Ni en la acampada entre amigos ni en las sociedades arcaicas se funciona con la perversa lógica de incentivos que tan elocuentemente presentara Adam Smith en La riqueza de las naciones. Ya saben: no cenamos por la benevolencia del carnicero, el obrador, o el cervecero sino por la preocupación que ellos tienen hacia sus propios intereses.

Que esa «tecnología social y económica» siga siendo o no necesaria para hacer viables y más prósperas sociedades tan complejas como las nuestras es asunto de larguísimo alcance. Sí me animo a constatar la miopía de Rendueles a la hora de valorar lo que a mi juicio es de crucial importancia en el planeamiento de Rawls. Y es que la desigualdad condicionada que Rawls justifica no atiende sólo a razones de eficiencia, sino también, quizá principalmente, al ideal de la libertad personal, a poder desarrollar nuestra autonomía y planes de vida, haciéndonos cargo —para lo bueno y también para lo malo— de sus consecuencias, siempre que el contexto de elección sea genuino por suficientemente rico.

50 años después sigue valiendo la pena reivindicar el legado de Rawls, el delicado e inteligente empeño en conciliar ideales tan caros como la libertad y la igualdad en sociedades plurales como la nuestra bajo esa fórmula a la que torpemente apelaba Albert Rivera en su día, y que, por los apremios del tacticismo político, abandonó como horizonte teórico para el partido que lideraba, ese que tantas esperanzas hizo germinar en tantos. Que no se ganen elecciones apoyando nuestras razones con citas de la Teoría de la justicia, o recordando escolios de la Crítica de la razón pura, no implica que nos abandonemos a la sinrazón en la política ni a la política de la sinrazón.

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