Julia Escobar

Lo que esperamos de Flannery O’Connor

«He vuelto últimamente a la correspondencia de Flannery O'Connor, esa especie de Dostoievski católica y sudista»

Opinión Actualizado:

Lo que esperamos de Flannery O’Connor
Foto: Charles Cameron Macauley| Wikipedia bajo Creative Commons

He vuelto últimamente a la correspondencia de Flannery O’Connor, esa especie de Dostoievski católica y sudista. Aprovecho y releo algunos de los cuentos a los que alude, ejemplos de lo importante que es tener oídos para oír y ojos para ver y transmitir así lo que se tiene en los «adentros», uno de los términos favoritos de José Jiménez Lozano, que tanto la admiraba. Y como me ocurre muy a menudo, pienso en lo que diría él sobre esta reciente y supuestamente espontánea ola de iconoclastia generalizada que ha llevado a aberraciones que no son más que pretextos esgrimidos a ciegas por sus ejecutores materiales para acabar con lo mejor del pasado y quedarse con lo peor del presente, o con nada, y que le acaba de tocar de lleno a Flannery O’Connor, otrora venerada y ahora proscrita por la Universidad de Loyola de Maryland.

Seguir su correspondencia es seguir su vida, desde que empezó a escribir hasta que dejó de hacerlo por su prematura muerte. Sus opiniones, consolidadas desde muy temprano, se van reafirmando, así como su sentido del humor; en una ocasión escribe a Sally Fitzgerald, otra de sus principales corresponsales y autora de la edición de su Correspondencia*, que para el vaquero de sus fincas todas las vacas son del género masculino: «Hoy él sólo me ha dado siete litros de leche», se quejaba el buen hombre de una de ellas. «Supongo —comenta Flannery— que no le gusta sentirse rodeado de hembras»…

De entre sus numerosos corresponsales elijo a A., que prefirió permanecer en el anonimato, con la que se abre de manera especial. Sus temas preferidos son la «buena gente del campo», la relación entre negros y blancos, pobres y marginados, a quienes la miseria hermana como una seña de identidad común, aunque no consiga unirles; también los fastidios del mundo literario y del mundo académico: («Había observado que cuanta más educación recibían sus hijos, menos cosas sabían hacer», se lee en El escalofrío interminable); la enseñanza: «A los doce años, le dice a esta amiga, yo tenía alma de veterano y opiniones que no hubiera desaprobado un ex combatiente de la guerra de Secesión», y concluye: «Estoy convencida de que el peso de los siglos aplasta los niños». A ella la mantuvieron a flote.

Sobre el feminismo, otro de los pilares actuales de la operación de acoso y derribo, Flannery discute con algunas de sus amigas feministas a ultranza, porque a ella le resultaban indiferentes las señas de identidad de «género»; simplemente dividía a la gente entre los Aburridos y el resto, sin distinción de sexo, y añadía dos categorías más: los Semi Aburridos y los Aburridos a secas.

Flannery, a quien su enfermedad autoinmune e invalidante tenía confinada en su finca, Andalusía, conforme va haciéndose famosa va recibiendo más invitaciones para dar conferencias y visitar otros lugares; en una ocasión, comentando el furor por viajar de la humanidad entera, le dice a A.:

«El único país que he visitado es el de la enfermedad; es una expedición que enriquece más que un largo viaje a Europa. También es un lugar al que nadie te puede acompañar. La enfermedad antes de la muerte me parece extremadamente recomendable».

Sin embargo, ella también viajó, por ejemplo, a Lourdes, en 1958, seis años antes de morir. Era terriblemente contraria a ese acto de devoción multitudinaria, pero cedió al requerimiento de su madre. A pesar de sus temores, el santuario no le pareció tan terrible e incluso se bañó una vez (cosa que había rechazado de plano). «Lo hice -escribió a una corresponsal; por toda una serie de malas razones, como el temor a los remordimientos, en caso de negarme y el deseo de hacer lo que se esperaba de mí…».

Luego está la religión, ante la que tiene una postura ambigua. Aunque su fe es sincera y firme no soporta las sensiblerías y los melindres de los beatos. Sus reflexiones sobre la religión, en particular sobre el catolicismo y el protestantismo, son numerosísimas en su correspondencia:

«Al decir que el deber moral de la poesía es nombrar con la mayor precisión posible todo lo que nos viene de Dios creo decir lo mismo que decía Joseph Conrad al atribuir al artista la tarea de hacer justicia de la mejor manera posible al universo visible»;

«Creo que sólo hay una Realidad. Si la expresión ‘Realismo cristiano’ me conviene es por razones puramente académicas, porque estoy en un mundo en el que cada cual está en su compartimento, te coloca en el tuyo, cierra la puerta y se va».

Flannery está leyendo, por deferencia hacia quien se lo regaló, un libro llamado El católico de nacimiento y le ha sorprendido darse cuenta de que las conversiones dentro del catolicismo de quienes han perdido la fe y la recuperan son más interesantes que las que se producen fuera. Pienso cuán cierto es, por ejemplo, en el caso de Huysmans y otros escritores franceses de su época de quienes cierto cura decía al padre Mugnier (responsable de la reconversión de Huysmans) que eran una lata porque «no dejaban de hacer objeciones».

En cuanto a su agudo sentido crítico, me quedo con su juicio sobre Françoise Sagan. O’Connor cuenta, así como de pasada, que se había precipitado sobre Bonjour tristesse de Françoise Sagan porque Mauriac decía que lo había escrito el diablo: «Mejor se hubiera callado -dice a su corresponsal- porque el diablo escribe mucho mejor que Mlle. Sagan». Bastantes páginas después, al hablar sobre el sentido de la escritura, Flannery explica por qué el diablo escribe mejor que Françoise Sagan: «Porque tiene más sentido de lo dramático».

Ese dramatismo, que ella utiliza con tanta habilidad, resultaba tan escandaloso a sus lectores contemporáneos «bien pensantes» (¡mira que empeñarse en que muchos de sus protagonistas sean negros!) como a los «bien pensantes» de ahora, que la tachan de racista casi por los mismos motivos: por no dejar de plasmar lo que pasaba y exponer en toda su crudeza la maldad del mundo, a la que solo la gracia puede combatir.

Esa gracia, rodeada por la maldad, como decía ella, consciente de que escribía más para los que creían que Dios había muerto que para los que creían que había resucitado, esa gracia la hizo crear una oración muy particular: «Señor, dame la gracia de adorarte con el entusiasmo que tenían los sacerdotes antiguos cuando te sacrificaban un cordero». Como dice Enrique García-Máiquez, comentando su Diario de oración, «uno podría pasarse la cuaresma con esta jaculatoria inagotable».

* El hábito de ser, en la traducción española, aunque en puridad debería titularse La costumbre de vivir.

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