Jorge San Miguel

Lo que hay que tener

«Me pregunto si las civilizaciones pueden sobrevivir a sus mitos de progreso, a la voluntad de conquista y a la idea de que no sólo se alzan sobre abstracciones sino sobre personas que tienen lo que hay que tener»

Opinión

Lo que hay que tener
Foto: Rotten Tomatoes

En diciembre murió Chuck Yeager, el piloto perfecto. Unas semanas antes me había tragado casi del tirón la serie de Disney sobre los astronautas del programa Mercury, y aproveché también para volver a ver la peli de Kaufmann, que sigue siendo tan superior en todos los sentidos. Ambas se inspiran en el libro de Tom Wolfe, The Right Sutff, que se tradujo en papel con acierto como Lo que hay que tener pero llegó a los cines españoles –y ahora a las pantallas caseras– con el punto kitsch de Elegidos para la gloria.

Emilio Salgari negó alguna vez la comparación con Verne de esta forma: «A mí me gustan los aventureros y a él los ingenieros». Wolfe coincide con Salgari y por eso su libro sobre el proyecto Mercury está en el fondo dedicado a Yeager, que nunca voló en un vehículo espacial. Kaufman lo sigue de cerca y le da el papel a Sam Shepard, que descuella entre un reparto de más o menos jóvenes (Ed Harris, Scott Glenn, Dennis Quaid) que serían estrellas. De la serie Yeager ha desaparecido, entiendo que por economía y por centrar una narración convencional, cuya ausencia hace aún más convencional. Pero a Wolfe y a Kaufman les interesa el material del que están hechos los pilotos, más que el de las naves. De qué están hechos, qué quieren, por qué son pilotos, quiénes son sus mujeres; y qué es, en definitiva, lo que hay que tener para «sentarse en lo alto de una enorme bengala como el cohete Redstone, el Atlas, el Titan o el Saturn, y esperar a que alguien prenda la mecha». Y por eso se fijan en Yeager, que sin salir jamás al espacio fue el piloto quintaesencial.

Por eso Wolfe y Kaufman se detienen en el episodio del palo de escoba: dos noches antes del vuelo que debía romper por primera vez la barrera del sonido, Yeager se rompe otra cosa, dos costillas, en una carrera nocturna a caballo por el desierto con su mujer, Glennis. Necesitará un palo de escoba, que le proporciona en secreto su amigo Jack Ridley, para cerrar la trampilla del X-1. El elemento humano y una muy humana ansia de velocidad -el único placer auténticamente moderno, según Huxley-, en la tierra o en el cielo. La bebida y la velocidad y las máquinas: cohetes, coches deportivos. «Murieron más pilotos en coches que en aviones».

Por eso Wolfe se recrea enumerando accidentes y restos calcinados en el primer capítulo del libro. Porque tiene que haber una explicación. Una generación de jóvenes que había empezado a volar en las postrimerías de la guerra mundial, que había volado en Corea, y que se enfrentaba a finales de la década de los 50 al siguiente horizonte de la conquista humana. La decisión de enviar al espacio pilotos de pruebas no era ni mucho menos obvia, empezando por el hecho de que no se esperaba de ellos que pilotasen sus naves espaciales -hasta que Alan Shepard insistió en hacerlo. El material de los pilotos de pruebas era demasiado inflamable, pensaban.

A mí me interesan los pilotos y también los ingenieros; y por eso reconozco que hay una línea, quizás no obvia pero inconfundible al fin, entre Verne y Wolfe, y no solo el Verne de De la Tierra a la Luna, sino muy especialmente el de La isla misteriosa, donde unos aeronautas acaban por accidente en una isla que deberán transformar en otro mundo civilizado. El optimismo trágico de Verne nunca dejó de reconocer que todas las máquinas necesitaban no sólo sabios e ingenieros sino hombres, fueran los mismos o no, dispuestos a pilotarlas. Los astronautas del Mercury y el Gemini dieron paso los del Apollo; más jóvenes, sin experiencia de la guerra mundial, capitaneados por el cerebral Armstrong. A partir del tercer o cuarto alunizaje, los telespectadores comenzaron a perder interés. La épica se esfumaba entre la costumbre y los desengaños mundanos de una generación que empezaba a preguntarse con insistencia si valía la pena ir allí arriba, y si el verdadero precio de ir allí arriba eran cosas como Vietnam.

Ha muerto Chuck Yeager casi cincuenta años después del fin de la alta era espacial -el último alunizaje del Apollo precedió en menos de un año a la Crisis del petróleo. Hoy, tras el fin de la Guerra fría y el archivo del programa Shuttle, la idea de «conquista del espacio» parece quedar para el escapismo cinematográfico o para comedias como la reciente Space Force -el chiste original es del saliente Trump, que elevó el arma espacial estadounidense a la Junta de Jefes de Estado Mayor, suponemos que con gran alivio de la Guardia Costera. Me pregunto si las civilizaciones pueden sobrevivir a sus mitos de progreso, a la voluntad de conquista y a la idea de que no sólo se alzan sobre abstracciones sino sobre personas que tienen lo que hay que tener.

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