Pablo Mediavilla Costa

Los amigos cubanos

Fantasmas queridos se me aparecen por una grieta del día; un respiro a lo que hay que hacer sin saber muy bien para qué en este Madrid tedioso donde nadie mueve un pelo. Me he acordado de ellos y de una época en la que las cosas eran de otra manera; así las recuerdo, un giro inesperado tras cada una.

Opinión

Los amigos cubanos
Foto: Ramon Espinosa

Fantasmas queridos se me aparecen por una grieta del día; un respiro a lo que hay que hacer sin saber muy bien para qué en este Madrid tedioso donde nadie mueve un pelo. Me he acordado de ellos y de una época en la que las cosas eran de otra manera; así las recuerdo, un giro inesperado tras cada una.

Toledo en su cuartito haciendo café, junto a los libros, la sonrisa de la actriz con la que andaba aquellos días. Sus dientes blancos irresistibles. El olor dulce y cálido de las sábanas deshechas. Acababa de llegar a La Habana y me presenté en su casa a medianoche con una botella de ron bajo el brazo.

Aprendí rápido de Toledo, me dejé llevar como él hacía y por las tardes salía a pasear por la ciudad hasta el Malecón donde pasaba el rato sin ninguna culpa. Era la primera etapa de un plan maestro que yo imaginaba lento, trabajoso y ascendente para convertirme en el periodista que soñaba ser. Viajar solo era parte del entrenamiento, así como pasar hambre o tirarme noches enteras en autobuses. Una visión ascética del oficio. No sabía lo que se venía encima, claro.

Tenía algunos encargos de Barcelona y debía cumplir con ellos. Cartas, medicinas, algo de ropa. Ubaldo me había pedido que le hiciera unas fotografías a su familia. Había estado encarcelado en Holguín -le quedaron marcas y mirada de maltratado- y vivía en un pisito en el Eixample con su mujer de entonces. No podía volver y quería verles las caras después de muchos años.

Ubaldo tenía en su estantería los clásicos de Gredos, Faulkner, Vargas Llosa, y su novela, «La vigilia del cazador», muy faulkneriana, de un territorio violento que yo iba a conocer. Tenía serias esperanzas de prosperar en la literatura, pero era insobornable en sus opiniones y yo intuía que eso sería un problema.

Viajé a Guantánamo y hasta Baracoa. Me subí a una furgoneta al amanecer y al mediodía paré en un pueblito a cambiar de autobús. Una señora me dejó echar la siesta en su salón mientras esperaba. Al atardecer estaba en Mayarí. Una familia de campesinos, la piel cuarteada, los ojos enrojecidos, sonrisas y timidez.

Sus abuelos, la madre, hermanos y primos que Ubaldo había apenas conocido. Se hacía de noche y tenía que hacer las fotos. Los dispuse en fila sobre su tierra arada y luego oscureció y escuchamos un partido de béisbol en la radio. Nunca vi tantas estrellas en el cielo. Al volver a Barcelona le di las fotografías a Ubaldo. Sé que fue emocionante, pero no consigo recordarlo. La última vez que nos vimos me dijo que sus abuelos habían muerto.

Reviso el correo. Escribí a Toledo en 2013 y en 2015. Sin respuesta. Su exmujer me da otro correo -¿por qué no lo hice antes?- y me contesta al día siguiente: «Yo acá en La Habana, todo un poco más destruido pero más atractivo para el morbo de los turistas por las ruinas».

Si pudiera cogería un avión esta misma noche. Busco a Ubaldo. En Twitter hay una foto suya sentado en una calle de La Habana. Es del pasado 17 de noviembre: «Ubaldo R. Olivero Guzmán, del Partido Democrático 30 de Noviembre ‘Frank País’, detenido e incriminado por estar en un parque leyendo una revista y debatiendo con varias personas». Esa mirada tozuda y esquiva. Pensé que nunca volvería. Le pido más información a la persona que ha publicado el tuit, pero no contesta.

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