Nicolás Sesma

Los Estados Unidos de Biden y la España plural

«Si la pluralidad del país deja de entenderse como un problema y pasa por fin a convertirse en un activo, España podría convertirse en una referencia institucional»

Opinión

Los Estados Unidos de Biden y la España plural
Foto: Jonathan Ernst| Reuters
Nicolás Sesma

Nicolás Sesma

Doctor en Historia y profesor titular de Civilización española en la Universidad Grenoble-Alpes.

Ahora que los condicionales sobre la formación del Gobierno de Joe Biden están dando por fin paso a las certidumbres, gracias al alejamiento del Capitolio y de la Casa Blanca de Trump y de sus incondicionales, parece un buen momento para preguntarse qué se puede esperar en España de la nueva administración norteamericana.

La nominación de Antony J. Blinken como secretario de Estado, ratificada el pasado mes de enero por el Senado, supone una magnífica oportunidad para relanzar la presencia internacional española, por su pertenencia a la Unión Europea, pero también, y esa es la novedad más interesante, como portadora de un proyecto propio, basado en su modelo de gestión de la diversidad territorial.

Persona de la máxima confianza de Biden, al que ya sirvió como consejero de seguridad nacional durante su etapa como vicepresidente, de Antony Blinken se ha destacado una doble faceta. Por un lado, su decidida apuesta por el multilateralismo, derivada de su cosmopolita formación y su declarada francofilia, al haber cursado una parte de sus estudios en París. Por otro lado, su preferencia por un modelo diplomático más profesional, con lo que los recientes impulsos personalistas darán paso, con seguridad, a un proceso de toma de decisiones apoyado en toda una serie de organismos gubernamentales, agencias y think tanks especializados en política internacional.

Uno de estos think tanks, el más antiguo dedicado en América al estudio del viejo continente es el Instituto Europeo, integrado dentro de la Escuela de Asuntos Internacionales (SIPA) de la Universidad de Columbia. La familia Blinken, no solo el actual secretario de Estado, ha mantenido una relación particularmente estrecha con el Instituto, por lo que es de esperar que tenga un cierto peso intelectual a la hora de buscar asesoramiento y elaborar informes sobre cualquier temática de ámbito europeo. Actualmente patronos de los Open Society Archives, Vera y Donald Blinken, su padre y antiguo embajador norteamericano en Hungría —sí, antes de que Santiago Abascal y Taburete lo denuncien en un dueto, digamos abiertamente que Blinken es una persona cercana a los círculos de George Soros—, otorgaron en octubre de 2011 una generosa donación al centro, que fue rebautizado durante unos años como Blinken European Institute. El encargado de rubricar el acuerdo fue precisamente Antony Blinken, y lo hizo con una brillante intervención en la que expuso su visión de «Por qué Europa importa». («Why Europe Matters»). Una conferencia muy reveladora de su visión de las relaciones transatlánticas, y a la que tuve la fortuna de poder asistir, pues me encontraba trabajando como investigador posdoctoral junto a la directora del Instituto, la profesora Victoria de Grazia.

En un momento en el que la abrumadora mayoría del alumnado del SIPA, de las investigaciones y de la propia financiación se orientaban claramente hacia el área Asia-pacífico, la intervención de Blinken resultaba diferente, casi rompedora. A su juicio, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, cada década había conocido una crisis que había puesto en cuestión el entendimiento entre los Estados Unidos y Europa, a la que muchos tendían a considerar un actor cada vez más ineficaz e irrelevante. Un esquema, sin duda, en el que lo sucedido durante la administración Trump podría integrarse perfectamente. Sin embargo, utilizaba el ejemplo de la primavera árabe para demostrar los límites del unilateralismo, así como la necesidad de interdependencia con una Europa capaz de presentar un modelo de integración política exitoso.

A partir de esta concepción general sobre el continente, ¿cuál es la percepción que se tiene de España y qué papel podría jugar en la actualidad? Desprovistos de la admiración que provoca todo lo que tenga que ver con Francia, así como de los lazos sentimentales que despierta Italia, la política española suele pasar bastante desapercibida en los Estados Unidos. Incluso personas cultas y bien informadas no suelen ir mucho más allá de las generalidades, ancladas además muchas veces en el periodo de la transición. Lógicamente, en su momento el procés acaparó el foco y despertó el interés de la opinión pública, pero incluso entonces sorprendía el desconocimiento del sistema autonómico y del carácter descentralizado del país. Sin embargo, este no es el caso del Instituto Europeo. De hecho, tanto la Universidad de Columbia como el Instituto son posiblemente los centros educativos mejor informados de la realidad plural de España, por tradición, pero también por vocación.

En el origen de este interés está la Junta para Ampliación de Estudios (JAE). Comisionado por la JAE, Federico de Onís fundó en la Universidad de Columbia la Casa Hispánica, todavía en activo y en la que Federico García Lorca pasó gran parte de su estancia en Nueva York, como atestiguan sus «Poemas de la Soledad en Columbia University». En plena Segunda Guerra Mundial, y en preparación de la arquitectura política de posguerra, en la que sería necesario facilitar las transiciones desde gobiernos autoritarios, la Universidad de Columbia fichó a numerosas figuras democratacristianas, entre las que se contaba el primer lehendakari, José Antonio Aguirre. En el año 2010, dentro de los actos del cincuenta aniversario de su muerte, el Instituto Europeo le tributó un precioso homenaje, que incluyó la celebración de una jornada sobre movimientos nacionalistas en Europa. En ella, el profesor Xosé Manoel Núñez Seixas, reciente Premio Nacional de Ensayo por su obra Suspiros de España. El nacionalismo español 1808-2018, dio toda una lección sobre las problemáticas identitarias, la integración de los inmigrantes y los desafíos que debía afrontar España en los años venideros. Un último ejemplo, en abril de 2015, en el marco de sus esfuerzos de internacionalización, el president Artur Mas pronunció en el Instituto Europeo su conferencia «Catalonia at the Crossroads». Acoger el acto, indudablemente, no significaba que se respaldaran las tesis independentistas, pero tampoco se trató de un evento sin importancia, como argumentaron quienes pretenden solucionar un conflicto con la simple negación de su existencia. En el Instituto se estaba sencillamente cumpliendo con la labor de permanecer informado de la actualidad. Apenas tres meses más tarde, Antony Blinken, entonces subsecretario de Estado, afirmaba sin atisbo de ambigüedad en una entrevista con el diario El País (27/07/2015) que las reivindicaciones independentistas eran «una cuestión interna sobre la que tienen que decidir los españoles».

Si la pluralidad del país deja de entenderse como un problema y pasa por fin a convertirse en un activo, España podría convertirse en una referencia institucional y en un modelo de resolución de las tensiones territoriales, que amenazan con proliferar en el mundo del cambio climático y la reconstrucción pospandemia. En este sentido, la nueva Estrategia de Acción Exterior, recientemente presentada por el Ministerio de Asuntos Exteriores ante el Congreso y el Senado, que sitúa en primer plano la diversidad del país y pretende que pase a formar parte de su política internacional, no podría llegar en mejor momento. Una profundización en el sistema autonómico o un proyecto de corte federalista serían mejor entendidos que nunca al otro lado del Atlántico.

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