Daniel Capó

Los hilos rojos

«Esta es la lección que debemos aprender: la fe democrática en la libertad se defiende calle a calle, tribuna a tribuna, cátedra a cátedra, día tras día»

Opinión

Los hilos rojos
Foto: | Wikimedia Commons
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

En algún lugar de su fragmentaria obra, Walter Benjamin predijo que la luz mesiánica surgiría de alguna grieta entre los escombros de un escenario en ruinas. A pesar de su marxismo heterodoxo, Benjamin sabía que habitaba un mundo en descomposición. Quizá la Historia sea eso: constatar cómo se marchitan las ilusiones y aferrarse a lo que va quedando de esperanza, como el rescoldo de un tiempo que fue –o eso creíamos– mejor. No lo sé. A veces he pensado que Benjamin tenía razón, aunque en un doble sentido, de ida y vuelta. Quiero decir que, para que un país o una sociedad se echen a perder, también el pecado y la destrucción han tenido que penetrar en ellos a través de una fisura, de una pequeña hendija que se dejó a merced del albedrío.

Dante fijó un camino ascendente que iba del Infierno al Paraíso y no parece que sea una buena idea tomar la dirección contraria, por más que los académicos nos hablen de la bondad de los círculos virtuosos. ¿Cómo íbamos a pensar –en los años 70, 80, 90– que la España exitosa de la Transición estuviera incubando el huevo de la serpiente? ¿Cómo íbamos a sospechar entonces que esa España sedienta de europeísmo, icono de una modernidad mediterránea que desplegaba sus primeras multinacionales, ocupaba cargos internacionales y triunfaba en el deporte, se volvería contra sí misma de ese modo? Había, por supuesto, un punto de ingenuidad: tal vez confiábamos en que la primavera duraría eternamente o, ¿quién sabe?, al menos unos cuantos siglos; pero, en realidad, no pensábamos en nada de eso. Y no lo hacíamos porque la estabilidad parecía garantizada y la prosperidad futura también. Sin embargo, ya todo estaba allí: lo bueno y lo malo, la apariencia y sus fracturas, el infierno que asoma en los paraísos terrenales. Fue un aprendizaje rápido que, de repente, nos hizo descubrir que no estábamos vacunados frente a la indignación. Y que, por debajo de la convivencia democrática, latía un extraño rencor alimentado por los demagogos, fácil de confundir con el diálogo, pero que no era diálogo sino uno de los rostros del odio. Y que es suficiente el descuido de muchos para que la frivolidad deje de ser pop y se convierta en el abono necesario para el cinismo. Hoy llamamos democracia a la deconstrucción de una sociedad. Y no creo que exagere.

La Historia –y de ahí la cita de Benjamin– nos habla de la importancia de los hilos rojos. Los hilos, las grietas, las fisuras rompen el monopolio del poder, sea para bien o para mal. Cuando ahora asistimos a la irrupción de decenas de movimientos iliberales que ponen en duda los cimientos ejemplares del parlamentarismo, en cierto modo constatamos que, si esto sucede, ha sido por falta de fidelidad a la tradición constructiva de la libertad. Recuerdo que, en un debate que tuvo lugar hace años entre Miguel Herrero de Miñón y Norberto Bobbio, el jurista español insistió en la necesidad de cuidar nuestro sistema político como lo haría un jardinero con sus rosas. Se trata de una obviedad, pero cuántas obviedades hemos dejado de lado por falta de convicción o por pereza a la hora de custodiarlas. Y esta es la lección que debemos aprender: la fe democrática en la libertad se defiende calle a calle, tribuna a tribuna, cátedra a cátedra, día tras día. Con la mano tendida, aunque sin ceder. Dispuestos a integrar, pero no a que nos excluyan. Dejándonos de jeremiadas y disponiéndonos a construir lugares habitables que pongan las bases de un futuro mejor.

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