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Manuel Arias Maldonado: «La tarea es recalibrar el proyecto moderno frente a sus enterradores pero también ante sus zelotes»

Arias Maldonado publica 'Desde las ruinas del futuro. Teoría política de la pandemia', un avezado diálogo entre la Ilustración moderna y la peste antigua, entre la confianza puesta en la modernidad y los miedos que suscita la catástrofe provocada por la aparición de un nuevo coronavirus

Daniel Capó Actualizado:

Manuel Arias Maldonado: «La tarea es recalibrar el proyecto moderno frente a sus enterradores pero también ante sus zelotes»
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Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

«No queda más remedio que ponerse a trabajar», con estas palabras cierra su último libro el ensayista malagueño Manuel Arias Maldonado. En efecto, su nuevo título, Desde las ruinas del futuro. Teoría política de la pandemia (Ed. Taurus, 2020), se lee como un avezado diálogo entre la Ilustración moderna y la peste antigua, entre la confianza puesta en la modernidad y los miedos que suscita la catástrofe provocada por la aparición de un nuevo coronavirus. Lo característico de la humanidad es navegar continuamente cerca de los acantilados, sostiene el autor, lo que conlleva redescubrir tanto nuestra fragilidad como el abanico de nuestras posibilidades. Ponerse a trabajar supone, por tanto, recuperar la exigencia propia de la vida adulta frente a la frivolidad pueril de la nueva política o el pesimismo cenizo de los profetas de calamidades. En lugar de vaticinios, Manuel Arias Maldonado nos invita a pensar en una determinada clave, culta e informada, ligeramente melancólica pero siempre esperanzada. En esta larga conversación hablamos de todo ello, sin dejar de lado el papel de la tecnología, la crisis de la democracia liberal y los escenarios posthumanos.

Y el virus llegó cuando el hombre empezaba a soñar con la inmortalidad biológica, observas al inicio del libro. De repente, en lugar del homo deus proclamado por divulgadores como Harari, reaparece el mundo antiguo de la peste. El gran tema de tu ensayo sería, en mi opinión, el diálogo entre la modernidad y la antigüedad más primitiva. El redescubrimiento de la fragilidad humana, ¿nos sitúa frente a nuestros límites o, más bien, frente a nuestras posibilidades?

Sin duda es uno de los temas centrales del libro, que ofrece una recalibración del proyecto moderno frente a sus enterradores pero también ante sus zelotes. Por más que nos empeñemos en vincular la pandemia con patrones y tendencias contemporáneos, los virus zoonóticos son tan antiguos como la humanidad y las epidemias lo son tanto como la vida social de los humanos; otra cosa es que la interconexión global facilite el contagio o que podamos discutir el efecto de la penetración humana en hábitats salvajes en la producción de brotes epidémicos. Por lo demás, la fragilidad humana tiene que ser objeto de redescubrimiento permanente, porque la conciencia aguda de la vulnerabilidad es paralizante y, si bien se piensa, incompatible con cualquier idea de emancipación humana. Claro que somos frágiles y en el último siglo no han faltado virus, guerras ni catástrofes naturales capaces de recordárnoslo. Ocurre que las epidemias no estaban en nuestro punto de mira, a pesar de que el SIDA ha matado a más de 30 millones de personas en los últimos 40 años y no han pasado 20 desde que el SARS afectó seriamente a los países asiáticos. Y el contraste con el optimismo tecnológico es, como señalas, chocante: ¿cómo es que desaparecen más de un millón de individuos de la faz de la tierra por efecto de un virus? A cambio, todo indica que habremos desarrollado vacunas eficaces, y con una nueva técnica inmunitaria, en un tiempo récord. De ahí que no debamos inclinarnos hacia el pesimismo, sino hacia el realismo: la humanidad es capaz de redibujar sus aparentes límites y la historia es prueba de ello, pero no carece de ellos ni es infalible cuando se los encuentra.

Es muy interesante la relectura que planteas del mito de la caverna, desde el pensamiento de Hans Blumenberg: la cueva, más que el hogar de las sombras, sería la geografía del pensamiento, el lugar protegido desde donde empezar a pensar. Y dices, literalmente que «el espacio para la reflexión es la antesala de la acción». Tradicionalmente, en la democracia liberal, esta tierra fértil correspondería al parlamento, la academia y los medios de comunicación. Por un motivo u otro los tres se encuentran en crisis. ¿Dónde localizar estas cavernas liberales en nuestro tiempo? ¿Cómo recuperar y preservar esos espacios necesarios de reflexión?

Sí, lo que señala Blumenberg es que el mito platónico es una interpretación errónea de la función que cumple la caverna en la humanidad primitiva; a su juicio, es allí donde las hordas primitivas pueden guarecerse y dormir con calma tras pasar su tiempo en la sabana; y allí es donde puede representarse el mundo exterior o desarrollarse la técnica. En sentido propio, nuestros hogares cumplieron esa función durante el severo confinamiento de la primavera, si bien en sentido figurado la tarea reflexiva se llevó a cabo en los espacio compartidos de la comunicación, que en esta ocasión han incluido -a diferencia de lo sucedido en epidemias previas- Internet y las redes sociales. Pero tu observación es más amplia y se refiere a aquellas arenas que han vehiculado la reflexión y la deliberación en el marco de la democracia liberal: el parlamento, la academia y los medios de comunicación. Todos ellos, como dices, discutidos o en crisis.

Tal vez la universidad sea la institución que sale mejor parada de esta crisis, pues la ciencia ha sido capaz de producir conocimiento sobre el virus a un ritmo notable a pesar de los pesares e incluso la Universidad de Oxford está detrás de una de las vacunas anunciadas; la digitalización de las revistas académicas ha demostrado, en este sentido, su utilidad. Más problemática es, naturalmente, la figura del académico que se convierte en activista de partido y las redes sociales hacen aún más evidente ese fenómeno, que quizá en España sea todavía más prominente por el desmedido peso que los partidos tienen en la vida civil y por lo mal pagada que está la academia…

En cuanto a los parlamentos, es lógico que pasen a un segundo plano en situaciones de excepción; otra cosa es que renuncien a una labor elemental de vigilancia, como ha sucedido en España con el último estado de alarma. Pero hay que resistir la tentación de leer el entero Occidente a la luz de lo que sucede en nuestro país, donde la presencia de un partido populista en el gobierno y la influencia de los partidos nacionalistas en la política nacional han confluido de una manera preocupante. Aunque me estoy desviando de la pregunta: los espacios de reflexión existen, a pesar de que la política de partidos sea cada vez menos deliberativa y la digitalización de la conversación pública otorgue mayor prominencia a los contenidos emocionales o sensacionalistas. Esa misma digitalización permite crear espacios para la discusión significativa, igual que nos facilita el acceso a toda clase de materiales útiles para la comprensión de la realidad. Son espacios minoritarios, pero eso es inevitable. Asunto distinto es la influencia que los contenidos de razón puedan tener sobre quienes toman las decisiones y aquí, de nuevo, habría que diferenciar entre distintas culturas políticas y calidades democráticas.

Desde las ruinas del futuro pretende comprender la pandemia «desde la perspectiva  política y social». Bruno Maçaes sostenía hace unos días que si bien Occidente se ha construido sobre las instituciones, el gran tema de nuestro tiempo es la tecnología y su relación con la política. ¿Crees que el futuro de la política en el siglo XXI dependerá básicamente de quién cuente con el control de las tecnologías clave? Y, en todo caso, ¿cómo crees que van influir las tecnologías del futuro sobre la democracia?

No estoy tan seguro de que Occidente haya sido construido sobre las instituciones; más bien ha ido cobrando forma a través de un complejo proceso de interacción entre las instituciones, la sociedad civil, los mercados y las tecnologías. La imprenta dio paso a la prensa y esta última jugó un papel decisivo en la conformación de la opinión pública democrática, lo que a su vez se apoyó en instituciones jurídicas destinadas a garantizar el ejercicio del periodismo. También podemos ver el desarrollo de las políticas «bienestaristas», desde finales del siglo XIX, como una respuesta al impacto de la revolución industrial. Dicho esto, las rupturas tecnológicas no son ni pueden ser objeto de deliberación democrática, porque entonces la innovación jamás tendría lugar. Y hay tecnologías con una fuerte potencia desestabilizadora, como ha demostrado Internet en relación con las redes sociales. Pero esa misma tecnología permite a los campesinos de los países en desarrollo conocer los precios de sus mercancías e incluso pagar con el móvil.

En la mayoría de las ocasiones, las tecnologías producen efectos ambiguos, que nos emancipan al tiempo que crean nuevas sujeciones. Yo creo que hay un vasto terreno por explorar ahí, que es el relativo al refinamiento de las herramientas del Estado para la gestión del cuerpo social en aquello que le compete. Por ejemplo, la racionalización del gasto público para evitar dispendios absurdos, la evaluación de las políticas o el ajuste entre ayudas públicas y renta se ve facilitado por las tecnologías de la información… si un Estado se empeña en hacer las reformas necesarias. El problema, entonces, pasa a ser político. Más que el control de las tecnologías clave, que difícilmente pueden ser monopolizadas por un Estado en solitario, la diferencia del futuro la marcará la capacidad -y la voluntad- de cada democracia para sacar el mejor partido a las tecnologías existentes. Otra cosa es que nos preguntemos de qué modo conseguirá operar la democracia representativa ahora que la conversación pública se desarrolla principalmente a través de las redes sociales y los partidos políticos son los primeros que hacen uso de estas últimas con propósitos más persuasivos que deliberativos; aunque también aquí debe aclararse que no todas las opiniones públicas ni todos los partidos son iguales: sigue habiendo sociedades más racionales y serenas que otras.

«A la modernidad no le caben dudas de su propia superioridad», señalas a la luz de Thomas Mann, y más adelante te preguntas si la pandemia puede convertirse en un acelerador de una conciencia global frente a los sentimientos nacionalistas. Sé que el tuyo no es un libro de vaticinios, pero ¿crees que la lógica misma de la modernidad conduce irrevocablemente al cosmopolitismo? ¿Cómo conjugar ese movimiento de la historia con la proliferación identitaria?

La lógica de la modernidad conduce, sin duda, a un aumento del cosmopolitismo; no necesariamente al triunfo del cosmopolitismo y mucho menos a un avance vertiginoso del mismo. Y, como han señalado los críticos de la razón moderna, el cosmopolitismo ha ido germinando a lo largo de una historia que también contiene los negros trazos del imperialismo y del colonialismo; que podamos situar estos fenómenos en su contexto e incluso distinguir entre mejores o peores civilizaciones no debe impedirnos reconocer lo que una razón ensoberbecida puede llegar a hacer. Bien es verdad que esta misma razón es crítica consigo misma, desde la Escuela de Salamanca a Joseph Conrad, y a esa capacidad autorreflexiva debemos aferrarnos. En todo caso, la modernidad inaugura un tiempo consciente de sí mismo y empeñado en construirse mediante el ejercicio de la razón, si bien eso no quiere decir que los primeros ilustrados fuesen unos ingenuos: bien sabían que el camino era largo y sujeto a regresiones. Es el siglo XIX el que, en consonancia con una acelerada transformación material y política, abre la puerta a un desmedido optimismo racionalista. Lo que yo planteo en el libro es que una vulnerabilidad redescubierta en términos universales, como la fragilidad de la especie ante las agresiones ambientales, hace posible alcanzar un acuerdo de mínimos en torno al concepto de humanidad entendido como especie biológica. No espero mucho de ese posible acuerdo; nada parecido al gobierno mundial. Pero sí podría servir de base para acuerdos elementales que asegurasen la hospitalidad del planeta; a ser posible, rebajando la cualidad inhóspita que ha adquirido de nuestra mano para muchas otras especies animales.

Volviendo al asunto del cosmopolitismo: la humanidad está condenada a entenderse y a percibirse como unidad a la vista de su cohabitación planetaria. Ocurre que es un proceso lento, desesperante para los que van con prisas, porque los impulsos tribales y las necesidades identitarias entorpecen de continuo ese camino. Por eso creo que se equivocan los críticos de la globalización, entendida en sentido amplio, amplísimo; por más que hayamos de corregir sus inevitables defectos e impactos negativos, solo ella permitirá añadir una capa de cosmopolitismo a las distintas capas de pertenencia que todos acumulamos en el curso de nuestra vida.

Es muy hermosa la etimología que utilizas de la palabra riesgo, como «un término que invoca los peligros de navegar demasiado cerca de las rocas. Eso es lo que ha hecho la humanidad desde tiempo inmemorial: navegar cerca de las rocas». En esa línea, crees que con los avances de la técnica, ¿hemos entrado también en un tiempo escatológico, al menos como posibilidad? Al navegar cerca de las rocas, ¿no puede la modernidad -y el hombre- terminar en naufragio?

Esa posibilidad no puede descartarse. Ya sabes que somos una anécdota planetaria: en el calendario del tiempo de la Tierra, que traduce el tiempo geológico del planeta a la duración de un año, aparecemos apenas unos minutos antes de la Nochevieja. Los biólogos saben que la especie no será eterna, salvo que los transhumanistas terminen teniendo razón y la tecnología permita un mejoramiento corporal que nos catapulte, si no a la inmortalidad, a una cierta invulnerabilidad. De momento, nos toca asegurar no ya la habitabilidad del planeta a largo plazo, sino unas condiciones benignas para el desarrollo de la vida humana; si no lo logramos, nos adentraremos en el territorio de la ciencia-ficción distópica. Naturalmente, dar un paso atrás que nos permita contemplarnos desde el exterior del hormiguero humano produce vértigo; hacerlo, sin embargo, aunque sea solo un momento antes de regresar a nuestras preocupaciones cotidianas y al horizonte modesto de la existencia individual, puede hacernos comprender que las declaraciones de optimismo carecen de fundamento: no somos, realmente, nadie. Y quizá esa constatación, más que conducirnos a la histeria, pudiera ayudarnos a tomar en serio la necesidad de gobernar de manera sostenible el Antropoceno sin por ello abandonar los postulados elementales de la modernidad.

En el libro defiendes que el uso de una Ilustración pesimista frente a cierto infantilismo de la razón. Se trataría básicamente de un modo de pensar la realidad, más que de un deber ser. El concepto me ha hecho pensar en el «ironista melancólico» que introdujiste en otro de tus libros más conocido, La democracia sentimental. ¿En qué se distinguen uno y otro? Y, en todo caso, ¿cómo crees que la ilustración pesimista dialoga con tecnologías como la Inteligencia Artificial o la biología sintética que empiezan a situarse en escenarios posthumanos?

Hablar de una Ilustración pesimista es, de alguna manera, volver al sentido original de la propuesta de Kant, que subrayó que una época de ilustración no es lo mismo que una época ilustrada y que estaba, como sus coetáneos, familiarizados con todo tipo de catástrofes. Se trata de asumir que el despliegue histórico de la razón topará con accidentes, no pocos de ellos causados sin querer por ella misma; es una Ilustración que se hace cargo de sus desengaños en lugar de refugiarse en la lúcida ironía de la posmodernidad. Idealmente, claro, el ironista melancólico abraza esta concepción pesimista de la Ilustración y, por completar el repaso de mis últimos títulos, no incurre en la nostalgia del soberano porque conoce las limitaciones de la política. El posthumanismo no tiene por qué representar un optimismo desmedido; también por ese camino podemos adentrarnos con cautela, aunque supongo que hace falta una considerable fe en las posibilidades tecnológicas para trabajar en ese sector. Pero igual que existe un rechazo visceral de esas posibilidades, es posible abordarlas con una mirada crítica que no las rechace de plano y asuma que difícilmente conocerán un desarrollo inmaculado.

Por último, se acaba de aprobar la ley Celaá. Como profesor universitario, ¿qué opinión te merece la evolución educativa de nuestro país en estas últimas décadas? ¿Hacia dónde crees que debería dirigirse una ley educativa de calidad?

Me merece una opinión negativa, por dos razones: la insólita confirmación de que el castellano apenas se emplea en las aulas catalanas, siendo este último un ejemplo que va camino de seguirse en otras regiones; y la ratificación de que preferimos la satisfacción emocional del alumno y de sus familias antes que elevar el grado de exigencia para que los alumnos adquieran una formación más completa. Una ley educativa de calidad instruye a los alumnos en el conocimiento disponible y les enseña a utilizarlo: no hay más. Eso se puede hacer bien, mal, o puede no hacerse. Y mi impresión es que en España cada vez creemos menos en eso, lo que va a situarnos en inevitable desventaja competitiva con aquellas sociedades que se preocupan por dar un significado real a los distintos títulos que expiden sus autoridades educativas. En última instancia, debilitar la educación pública es injusto para quienes no pueden permitirse la educación concertada o privada. Y la solución no es acabar con esta última, sino elevar la primera a la altura de las otras dos.

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