Ernesto Baltar

Manuel Arroyo-Stephens: la norma del buen gusto

«Manuel Arroyo-Stephens encarna la figura del editor culto y elegante, con criterio y buen gusto, que en España no ha tenido predicamento»

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Manuel Arroyo-Stephens: la norma del buen gusto
Foto: Twitter| Editorial Turner

Librero y editor de prestigio, importador del buen gusto cosmopolita y anfitrión de los happy few, bibliófilo empedernido y aficionado a los toros, Manuel Arroyo-Stephens (Bilbao, 1945) murió el domingo 16 de agosto en su casa de El Escorial, a los 75 años, a causa de un cáncer. Su obra como escritor, escasa pero perdurable, destaca por su hondura y su marcada personalidad: Contra los franceses (1980), Por tierra (1992), Imagen de la muerte (2002), Pisando ceniza (2015) y La muerte del espontáneo (2019). Queda pendiente de publicación su libro Mexicana, recientemente concluido y que suponemos dedicado a su pasión por el país azteca.

En 1970 Manuel Arroyo-Stephens abandonó su incipiente carrera profesional de abogado y economista para fundar la mítica librería Turner en la calle Génova de Madrid, que después se llamaría Turner English Bookshop, especializada en libros de distintos idiomas. En el fondo de la librería había una sección de libros prohibidos, la mayoría de ellos editados en Argentina e importados a través de pequeñas distribuidoras familiares, que eran los que mejor se vendían. La ginkana del contrabando requería la superación de tres pruebas sucesivas: el servicio de aduanas, el inspector de policía y el cuerpo de Correos. Eran los últimos coletazos de la censura franquista. Pronto el librero quiso dedicarse también a la edición. Emprendió entonces, asociado a la editorial alemana Topos Verlag, la reedición facsímil de las revistas más importantes de la Segunda República y la guerra civil, como Hora de España, El Mono Azul, la Revista de Occidente o La Gaceta Literaria, que resultaban inencontrables en las librerías de viejo. Publicó un facsímil de la edición de 1802 de la Tauromaquia de Pepe Hillo con la ayuda de un iluminador a la acuarela para los grabados, de una encuadernación en piel de cabra de color rojo sangre y de un dorador para las cabeceras, así como libros ilustrados de la flora del Jardín Botánico. El gusto por la edición artesanal más refinada y la condición exclusiva y limitada de las tiradas le permitían poner precios exorbitados.

Manuel Arroyo-Stephens: la norma del buen gusto 1

Foto: Editorial Turner

Como editor de Turner, su gran éxito fue la publicación de la trilogía La forja de un rebelde de Arturo Barea, editada por primera vez en España.2 Publicó también las últimas obras de su amigo y maestro el poeta José Bergamín y puso en marcha la colección Noema de ensayo, entre otras muchas cosas (se le calcula editor de unos mil títulos por cuenta propia y otros quinientos por cuenta ajena, como algunos de la Biblioteca Castro de autores clásicos españoles). Con Bergamín recorrió las plazas de media España siguiendo a sus admirados Rafael de Paula (de quien fue apoderado), Curro Romero y Antonio Ordóñez, en pos de la música callada del toreo. También a través de Bergamín, que había sido a su vez primoroso editor antes de la guerra (Cruz y Raya), le llegó quizá la savia del magisterio editorial de Juan Ramón Jiménez, germen de la mejor tradición de tipografía y diseño en España. En «Región luciente», quizá el texto más logrado de su mejor libro (Pisando ceniza), Arroyo-Stephens evocaría los últimos días de vida de José Bergamín. Sólo por ese centenar de páginas de emoción contenida, atravesadas por la admiración y el respeto, salpicadas de fulgores de poesía y verdad, su nombre ya debería ocupar un lugar destacado en nuestras letras.

Junto con unos pocos nombres como Jaume Vallcorba (Acantilado) o Manuel Borrás (Pre-textos), Manuel Arroyo-Stephens encarna la figura genuina del editor culto y elegante, con criterio y buen gusto, que por desgracia en España no ha tenido mucho predicamento, si bien en los últimos años la situación ha mejorado bastante con la profusión de editoriales pequeñas (que, como él mismo decía, tienen más libertad, más cariño por los libros, menos condicionamientos económicos y menos servidumbres de promoción). Quizá una de las mayores reformas educativas y culturales que se podría realizar en nuestro país sería que el sector editorial apostase por esa visión del libro y esa manera de hacer las cosas, y se acabase por fin con la ordinariez institucionalizada de la mercadotecnia, que lo mismo trasiega clásicos inmortales que chorizos de cantimpalo, ocultando los primeros con los últimos en el maremágnum de las librerías. Como le contó a Félix de Azúa en una entrevista: «Un editor como yo se pasa la vida soñando con una biblioteca en medio del bosque. Los pasillos de la Feria de Fráncfort, que para otros son el paraíso, para mí fueron algo apasionante y ajeno. Nunca fui pájaro de feria, gracias a Dios nunca tuve un best seller, no compré números en esa lotería. Tanto como en el bosque, habito en la lectura. De eso se trataba y lo supe desde el principio. Por eso la escapada. Emboscarse pues, ya mucho antes de los tiempos que corren, era el secreto deseo. Leer y leer, sin orden ni concierto. Editar por eso y para eso».

Sólo por ese centenar de páginas de emoción contenida, atravesadas por la admiración y el respeto, salpicadas de fulgores de poesía y verdad, su nombre ya debería ocupar un lugar destacado en nuestras letras.

Manuel Arroyo-Stephens sabía valorar y elogiar las funciones del «éditor» (lo escribía así, con tilde), que acompaña todo el proceso de publicación de un libro y trabaja mano a mano con el autor, ofreciéndole indicaciones y sugerencias, aportando al resultado final mucho más valor añadido que cualquiera de los otros actores de la cadena del libro. Para saber lo que es un editor de verdad basta con leer los agradecimientos de un ensayo inglés, como indicó Arcadi Espada. Su amiga y editora Pilar Álvarez ha destacado la impronta que dejó en la editorial Turner con su «buen gusto por los papeles, por el diseño, el cosido a mano y la encuadernación primorosa». También lo ha definido como «un escritor que se sentía editor, y un hombre bueno y sentimental que se pasó la vida gruñendo». Así se lo imagina uno también leyendo su obra, que se mueve entre los extremos de la compasión y el desahogo, entre la delicadeza de la mirada piadosa y la rotundidad de las verdades del barquero. De la lucidez al sarcasmo, de la rabia a la melancolía, de la exquisitez más fina al asco más visceral, su refinada maledicencia no estaba exenta de cierto capricho gamberro.

En uno de esos arrebatos de provocación, publicó en 1980 –bajo el amparo del anonimato, como en los panfletos antiguos– un divertidísimo libelo Contra los franceses, posteriormente reeditado y ampliado, cuyo subtítulo no deja mucho margen de interpretación: «Sobre la nefasta influencia que la cultura francesa ha ejercido en los países que le son vecinos, y especialmente en España». De tendencias inequívocamente anglófilas y gabachófobas, Arroyo se dejó llevar por la sátira más despiadada y caricaturesca, lo que no deja de ser una injusticia, como después explicaría: «¿No podría leerse ese libelo que me ha hecho pasar tantas vergüenzas como un sarcasmo sobre el complejo de los españoles? Tal vez el fallo estuvo en mí, no supe dar con el tono. De los franceses, casi lo único que no me gusta es su incapacidad o su desdén para pensar sin teoría». En cualquier caso, sobre la tormenta de su furia siempre domina un temple de ironía y autoironía que lo salva. No en vano definía el sentido del humor como «una mezcla de sabiduría y carácter, de entender y vivir la vida con resignación y entereza, de no tomarse en serio a sí mismo, ni mucho menos a los demás».

Ya jubilado y alcanzada la setentena, tras tres décadas de minuciosa reescritura y pulimiento, Manuel Arroyo-Stephens publicó en 2015 uno de los libros más profundos, sobrios y emocionantes que se han publicado en España en los últimos años: el ya mencionado Pisando ceniza. Homenaje a los amigos desaparecidos y celebración de un pasado en el que siempre vence la vida, este libro evocaba distintas épocas y personajes que se cruzaron en la biografía del autor, fusionando la memoria y la imaginación con los resortes de la mejor literatura, pues las cosas sólo suceden a los que saben contarlas: «La memoria es una continua invención, reinventas cuando recuerdas»; «Todo lo que he vivido es una ficción. ¿Qué es uno sino memoria?»; «La escritura tiene ciertas normas que te llevan por sus caminos, frasecita a frasecita. Es la escritura la que manda», explicó en otra entrevista.

Las seis narraciones que componían el libro estaban unidas por un mismo hilo enigmático y alusivo: la sombra de la muerte. Pero no se trataba de una muerte trágica ni exasperada o formulada a gritos, sino de una muerte normal y corriente, cotidiana, natural, la que forma parte indisoluble de la vida, velada por la serena pátina del estoicismo. Sirviéndose de los prodigios de la escritura más medida y meditada, el autor insuflaba vida al paisaje desolado de un bosque quemado, el pasado, que había sido pasto de las llamas del tiempo. La descripción exacta de los detalles, de los caracteres, de personas, lugares y momentos; la invención de una memoria fragmentada, que se deja nutrir por el pulso de la escritura (que todo lo ilumina con una luz vaga, como en penumbra); la omnipresente ironía, en fin, que impide darse importancia o tomarse demasiado en serio a uno mismo, conforman el secreto de una alquimia pocas veces lograda. La sobriedad del conjunto proviene del tono y del estilo con que el autor teje los hilos de sus historias, vertidas con la fluidez del lenguaje oral y «con la voz apagada», como dijo Andrés Trapiello.

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Foto: Jan Kahánek | Unsplash

Si buscamos un denominador común a las variopintas peripecias de Manuel Arroyo-Stephens, lo encontramos quizá en el buen gusto, que demostró con creces en sus labores editoriales y como escritor. El problema del buen gusto es que no se puede definir ni tiene reglas: si intentamos analizarlo y articularlo desde un punto de vista racional, caemos inevitablemente en la circularidad y la petición de principio. El que lo tiene lo tiene, de forma espontánea, natural, sin saberse muy bien por qué, e irá dejando sus huellas allá por donde pase, no para marcar terrirorio sino simplemente haciendo más habitable el mundo, como el que desbroza un camino en la jungla, y los que vamos detrás nos aprovechamos de ello y debemos estarle agradecidos.

El buen gusto sería como un criterio selectivo personalísimo e infalible que, sin caer en el regodeo o la autocomplacencia (pues dejaría de serlo), responde de manera inconsciente a una visión de la realidad, a una forma de moverse en el mundo, a un saber estar, guardando fidelidad a unos valores estéticos y quizá morales que resulta imposible inventariar. Entre sus muchas derivadas, el buen gusto incluye el aprecio por el trabajo bien hecho, el saber elegir y escoger (después de todo, eso es la inteligencia, intelligere, y de ahí vendría también su conexión con la elegancia bien entendida), la finura en las apreciaciones, el saber deleitarse en lo bueno, en aquello que lo merece. Todo aliñado por la intransferible personalidad de una especie de mónada leibniziana: un punto de vista único sobre el universo.

El catálogo de un editor o un conjunto de relatos memorialísticos, como los que nos dejó Manuel Arroyo-Stephens, pueden ser una buena muestra de ello.


 1 En un artículo reciente, J. J. Armas Marcelo ha corregido la versión ofrecida hasta ahora por los medios y ha querido destacar el papel realizado por José Esteban, que convirtió la trastienda de la librería en un lugar de encuentro de escritores, profesores y políticos, “un sitio para tramar conspiraciones, intercambiar información y hacer amistades peligrosas”.

2 También en este punto Armas Marcelo matiza la ‘versión oficial’: “En cuanto a la editorial, a Esteban se le ocurrió la colección de la novela social; trajo La forja de un rebelde, de Arturo Barea, trajo a Bergamín, trajo a Giménez Caballero; a la trastienda llegaba de vez en cuando Juan Antonio Gaya Nuño, Blas de Otero, Celaya (a quien Esteban editó y publicó en Turner), un arrepentido Dionisio Ridruejo; llegaba la gente del 50 que se acercaba a Madrid, desde Carlos Barral a José María Castellet; llegaba Caballero Bonald, García Hortelano, Juan Benet, y todos los demás, viejos y jóvenes”.

3 En inglés se distingue entre el editor y el publisher, pero en español utilizamos la misma palabra (“editor”) para ambas funciones, quizá porque no se valora lo suficiente la labor del primero o porque ni siquiera se realiza en ocasiones.

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