Carlos Mayoral

Marsé, noche triste de julio

«Me interesa poco su militancia política: me atrae más el Marsé que rechazaba -por desconocimiento del tema- conferencias sobre la conciencia de clase que aquel que entró en el PCE arrastrado por la marea. Las grandes causas -y su obra persiguió unas cuantas- suelen distinguirse mejor sin el humo de las siglas»

Opinión

Marsé, noche triste de julio
Foto: Toni Albir| EFE
Carlos Mayoral

Carlos Mayoral

Un sustantivo: juntaletras; y tres adjetivos: solotildista, machadiano, puntoycomista.

Todas las generaciones cuentan con un novelista que tiene como misión golpear narrativamente los cimientos que sujetan al grupo. Por aquella Barcelona, una ciudad en la que el franquismo empezaba a atenuarse ligeramente, pero a la que la posguerra le había calado suficiente como para mantener latente el recuerdo de la miseria, se paseaban los viejos burgueses todavía más aburguesados, las clases bajas más arrastradas que nunca, los poetas de pulso francés con la pluma alerta, los editores colonizando la literatura a ambos lados del océano. El viejo país de cabreros intentaba quitarse el gris de las botas. Escondido, agazapado, un hombre menudo, de rostro fruncido más allá del ceño, observaba todo aquello en silencio. Pronto se descubriría que las encargadas de hablar serían sus novelas. Sobre todo con la llegada de Últimas tardes con Teresa, ganadora del Biblioteca Breve, que puso de vuelta y media el panorama novelístico de la ciudad, marcando el camino de tantos escritores que vendrían más tarde.


Pero decía que todas las generaciones andan a la caza de su novelista. Ortega comentaba que su generación buscó de manera romántica a un narrador que diese buena cuenta de lo que estaba ocurriendo en las calles regeracionistas previas a la guerra. Creyó encontrarlo en Baroja, aunque más tarde se desencantaría. Con el mismo romanticismo encontró la Generación del 50, por fin, a un hombre que era capaz de tomarle el pulso a esa Barcelona decadente, donde los plebeyos se colaban en las piscinas, y los hidalgos jugaban a ser valientes. Y lo hizo con línea clara, sin el sonajero que se percibía en la prosa reinante, ávido del fondo reivindicativo que toda su generación dejó macerar. Me interesa poco su militancia política: me atrae más el Marsé que rechazaba -por desconocimiento del tema- conferencias sobre la conciencia de clase que aquel que entró en el PCE arrastrado por la marea. Las grandes causas -y su obra persiguió unas cuantas- suelen distinguirse mejor sin el humo de las siglas.

Sus grandes amigos, Gil de Biedma y Barral, pasan por ser los culpables de que el arte de la novela no perdiese por el camino a uno de sus maestros, y así de paso encontrar al narrador en la generación de la que eran próceres. El propio Jaime le dedicó un poema a Marsé titulado: Noche triste de octubre. En él puede verse el tono que aquella generación buscó para referirse al ambiente asfixiante del momento. Subrayo las siguientes palabras dentro del poema: invierno, lluvia, subsidio, despido, aislado, silencio, rumores, escalofrío, fatiga, ansiedad, crueldad, ennegrecido, abandonado. Sensaciones para las que el poeta supo encontrar la palabra, y para las que el novelista, su íntimo Juan, supo encontrar el argumento. De ese encuentro surgió el Pijoaparte en su malditismo obrero, surgieron los chicos de la trapería en el hedor de la posguerra, la muchacha de las bragas de oro en el tedio, el honrado maquis elevado por el embrujo, Juan Marsé en su aspiración amatoria, Valentín y Milena bajo las luces del Lolita´s Club. Un lujo para la prosa. Descansa en paz, maestro.

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