José Antonio Montano

Música de ascensor

«Hoy a esa música se la llama despectivamente música de ascensor y, además de en los ascensores, suena en los centros comerciales y con milagrosa frecuencia sigue haciéndolo en la radio»

Opinión

Música de ascensor
José Antonio Montano

José Antonio Montano

Más escritor que periodista. Desclasado y centrifugador.

Hoy toca felicidad. La editorial Turner ha reeditado, con nueva portada, Bossa Nova de Ruy Castro, que traduje en 2008. Estaba agotadísimo y quiero aprovechar para recomendarlo. Es un libro eminentemente feliz. Uno de los más felices que he leído. Mi propósito como traductor fue ser vehículo de mi propia felicidad lectora.

Esta tuvo lugar en Río de Janeiro, donde compré el original en portugués: Chega de saudade. A história e as histórias da bossa nova (Companhia das Letras). Mi enamoramiento de Río, que ya estaba bastante avanzado, se aceleró hasta su culminación. Ayudaron los mapitas del desplegable interior –que conserva la edición española– con las calles y la ubicación de los locales míticos de Copacabana e Ipanema.

Bossa Nova empieza con unos muchachos brasileños que en 1949 rinden culto al inalcanzable Frank Sinatra y culmina en 1967 cuando Sinatra graba su álbum con Antonio Carlos Jobim. En medio, las composiciones de este con Vinicius de Moraes, las historias de los demás personajes (de los que solo quedan vivos unos cuantos: João Donato, Roberto Menescal, Sérgio Mendes, Carlos Lyra, Marcos Valle, Astrud Gilberto…) y, sobre todo, la historia del personaje principal, el gran catalizador de la bossa nova (y de toda la música brasileña): João Gilberto.

Lo raro que sonaba este al principio, aunque hoy nos suene natural (esta fue su conquista), queda reflejado en dos anécdotas rápidas. La primera vez que escuchó Chega de saudade (1958), un magnate de la industria discográfica brasileña dijo: «¿Por qué graban ahora a cantantes resfriados?»». Antes el mismo padre de João Gilberto, aficionado al ‘bel canto’, había fulminado a su hijo cuando este ensayaba en la casa familiar de Juazeiro: «Eso no es música. Eso es ñem-ñem-ñem».

Hoy a esa música se la llama despectivamente música de ascensor y, además de en los ascensores, suena en los centros comerciales y con milagrosa frecuencia sigue haciéndolo en la radio. Se integra perfectamente en la atmósfera, pero mejorándola: como una suerte de variante aromática del silencio. Tiene razón Caetano Veloso cuando, en una canción que repasa hitos de la música brasileña, concluye: «Melhor do que isso só mesmo o silêncio / melhor do que o silêncio só João».

Pero a mí me gusta, lo he dicho alguna vez, esa denominación de «música de ascensor»: porque es música para ascender. Yo combino esos ascensos o elevaciones con la horizontalidad de mis paseos. Horizontalidad que suele estar acentuada por la horizontalidad del mar, por cuya orilla es por donde ando preferentemente. Sea a pie por los paseos marítimos o en coche por las carreteras de la costa, la música brasileña es mi banda sonora: la que mejor se acopla al azul, a la amplitud y a la brisa; a la belleza, a una cierta nostalgia y a la ligereza. La música que detesto es la que interrumpe o dinamita estos dones: la pomposa, la pretenciosa, la simplona, la fea o la cursi sin compensación.

En Bossa Nova se asiste a la génesis y el desarrollo del milagro sofisticado y sencillo de esa música, con sus creadores (además de los citados, Dolores Duran, Maysa, Nara Leão, Elis Regina, Johnny Alf, Luiz Bonfá, Oscar Castro Neves, Milton Banana, Bossa Três…). Para ir animándoles, he hecho una lista de reproducción en YouTube con treinta grabaciones que sintetizan, aproximadamente, la trayectoria que describe el libro.

Me despediré con una confidencia. La frase que se le atribuye en la contracubierta al autor en realidad es mía. En su momento se traspapeló, pero da igual, porque lo importante es la frase, que sigo suscribiendo (y espero que Ruy Castro también): «La bossa nova es lo más parecido que hay a una ‘sintonía de la felicidad’, y su historia es también la historia de una felicidad».

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