José García Domínguez

Necrológica de la izquierda italiana

«Ahora mismo, tanto en Italia como en muchas otras partes de Europa, ocurre que las elecciones se ganan desde los extremos, no en el centro»

Opinión

Necrológica de la izquierda italiana
Foto: Pool| Reuters
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

Hace unos días, el 21 de enero, el difunto Partido Comunista de Italia podría haber celebrando sus primeros cien años de existencia, pero se disolvió hace treinta tras engendrar en sus entrañas otras siglas algo más amorfas y anodinas, las del llamado Partido Democrático, el mismo que acaba de verse orillado del poder, y sin excesiva pena ni gloria, para dar paso al enésimo revival de un Ejecutivo tecnocrático y funcionarial, ahora encabezado por Mario Draghi. Si el PCI fue durante algo más de medio siglo la gran referencia electoral de la clase obrera italiana, su heredero nominal, el PD, también posee como principal seña de identidad política el ser un partido llamado a tener una relación especial con la clase obrera; tan especial que prácticamente ningún obrero italiano les vota. Así, entre todas las grandes fuerzas políticas de Italia, el Partido Democrático se significa por representar, y con diferencia, el que menos simpatías suscita entre el electorado formado por los trabajadores fabriles y manuales en general; en concreto, únicamente el 12% de las personas que se definen como de clase trabajadora declaró haberlos apoyado en las últimas elecciones generales; porcentaje mínimo que entre los parados se redujo hasta un nivel del 8%. Igual que hace un siglo, pues, siguen siendo un partido de clase. La única diferencia es que ahora la clase que les vota de modo preferente es la de los acomodados.

Para comprobarlo, basta con reparar en los resultados últimos, los de 2018, en tres de las principales capitales del país, Milán, Roma y Turín. En Milán, la capital empresarial y financiera de Italia, los antiguos comunistas barrieron en los distritos del centro de la ciudad, la zona donde habita el grueso de las clases medias y altas locales. En los barrios populares y deprimidos de la periferia, los antiguos feudos históricos inexpugnables del PCI, quienes arrasaron fueron, en cambio, los xenófobos de extrema derecha de la Liga. Una asimetría espacial que igual se reprodujo en las otras dos grandes urbes, con el Partido Demócrata imponiéndose en los ensanches acomodados de Roma y Milán, mientras los Cinco Estrellas y la Liga lo hacían a su vez en las periferias metropolitanas empobrecidas. Un dado más que ilustra esa silente mutación asombrosa que está sufriendo la naturaleza profunda de la izquierda clásica en casi toda Europa: apenas un tercio de las personas que todavía votaron al Partido Comunista en 1988, la última cita electoral a la que acudió, se inclinan ahora por su organización sucesora, los otros dos tercios se han marchado a otra parte; y para nunca volver, además. La gran paradoja es que los sofisticados comunistas italianos apostaron siempre por la moderación creciente con el objetivo de alcanzar en algún momento las dos hegemonías soñadas, tanto la política como la cultural; propósito estratégico que, una vez acabada la Guerra Fría y disuelta la Unión Soviética, dejó de constituir una quimera.

Por eso, ya bajo sus nuevas e inofensivas siglas, siguieron con la larga marcha hacia la moderación y el posibilismo emprendida en tiempos de Berlinguer. Gran paradoja, decía, porque, una vez recorrido todo ese camino, el que conducía hacia la tibieza y la respetabilidad, resulta que el escenario ha cambiado de modo radical. Porque ahora mismo, tanto en Italia como en muchas otras partes de Europa, ocurre que las elecciones se ganan desde los extremos, no en el centro. Hoy, la gran bolsa de votos está en la extrema derecha, por un lado, y en el extremo populismo, por el otro. De ahí que los dos grandes partidos de la Italia presente, la Liga y los Cinco Estrellas, resultan ser, cada uno a su muy demagógica manera, dos formaciones antisistema. En el caso particular de los Cinco Estrellas, su electorado es un calco milimétrico de los grupos sociales  y los territorios que durante toda la segunda mitad del siglo XX se alinearon tras la bandera del Partido Comunista; ganan en la totalidad de las regiones pobres, amén de recibir el sufragio de más del 50% de los parados y los votantes jóvenes. La única diferencia es que los Cinco Estrellas no tienen nada que ver con la tradición y los  viejos valores de la izquierda, absolutamente nada que ver. Quién habría dicho que el partido comunista más grande de Occidente iba a acabar así.

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