José María Albert de Paco

No había espejos

«Peluqueros deben hacerlo para que las mujeres que entren crean que van a recibir un corte de pelo, tomar una ducha, y después saldrán»

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No había espejos
Foto: Claude Lanzmann| AFP
José María Albert de Paco

José María Albert de Paco

De pequeño, en la playa, solía entretenerme yendo y viniendo de lo hondo con algo que demostrara que había estado allí. Fue aquella mi primera escuela de periodismo.

Abe Bomba, judío de Częstochowa, llevaba cuatro semanas en Treblinka cuando las autoridades seleccionaron entre los internos a una brigada de peluqueros que él mismo, que había desempeñado el oficio durante años en su ciudad natal, fue llamado a liderar. El cometido para el que fueron reclutados fue el de cortar el pelo a las mujeres que ingresaban en el campo. Se trataba de que las recién llegadas creyeran estar recibiendo un trato decoroso, lo suficiente como para que la muerte resultara una incongruencia.

La mañana en que empezaron a trabajar, un grupo de soldados les condujo, a través de un sendero circundado por una maraña de alambres (designado por los nazis con el nombre de «el camino al cielo») hacia la estancia que haría las veces de peluquería: la cámara de gas. «Habían puesto bancos», rememora ante Claude Lanzmann en la monumental Shoah, «para que las mujeres pudieran sentarse y no sospecharan que ésa era su última etapa, su último suspiro. Para que no sospecharan nada. Un kapo nos lo transmitió con estas palabras: «Peluqueros, deben hacerlo de tal manera que todas las mujeres que entren aquí crean que sólo van a recibir un corte de pelo, tomar una ducha, y que después saldrán de aquí».

«Descríbalo con precisión», le ruega Lanzmann.

«Esperábamos dentro de la cámara de gas y llegaba el transporte, mujeres con sus hijos. Los peluqueros empezábamos a cortarles el pelo y yo creo que algunas de ellas, si no todas, sabían ya lo que les iba a suceder. Llegaban desnudas, tanto ellas como los niños. Tratábamos de hacerlo lo mejor posible, como lo hubiese hecho un peluquero que hace un corte normal, pero que debe, al mismo tiempo, quitar el máximo de pelo, pues los nazis lo enviaban a Alemania, sus razones tendrían. No las rapábamos. Era, insisto, un corte normal, con peine y tijeras; la idea era que pareciera bonito, pero nosotros éramos 16 y ellas eran unas 70 por tanda, así que apenas podíamos dedicar 2 minutos a cada corte, porque fuera ya había otro grupo esperando. No había tiempo que perder. Cuando estaban todas peladas, nos mandaban salir y las gaseaban. Un comando sacaba los cadáveres y limpiaba el suelo para que entrara el siguiente grupo».

-¿Y usted qué sentía?

-Le voy a contar una cosa: uno de los días en que estuve cortando el pelo en la cámara de gas, llegaron unas mujeres de mi ciudad, Częstochowa. Otro peluquero, también de Częstochowa, amigo mío, vio que entre esas mujeres estaban su mujer y su hermana.

En ese instante, Abe se quiebra. La entrevista se desarrolla en la peluquería que, cuando Lanzmann puso en pie el proyecto, él regentaba en Jolón, Israel. Mientras Lanzmann le interroga, Abe arregla a un cliente. La evocación de su amigo, enfrentado a la tarea de cortar el pelo a su mujer y su hermana, le impide seguir hablando, mas no proseguir con el trabajo.

«Continúe, Abe, es necesario y usted lo sabe», le pide Lanzmann.

Este es un artículo de actualidad.

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