José García Domínguez

O pensiones decentes o cañas baratas

«El genuino problema de las pensiones tiene mucho más que ver con la productividad de los trabajadores activos que con el peso demográfico de las clases pasivas»

Opinión

O pensiones decentes o cañas baratas
Foto: Fernando Alvarado| EFE
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

El ministro de lo de las pensiones, Escrivá, que al modo de su colombroño y santo aragonés también es varón de formas suaves y fondo duro, ha venido a decir hace un rato algo así como que la única manera de evitar que quebrara el sistema pasaría porque los boomers no nos jubilásemos nunca. Los malos economistas, es sabido, piensan como los contables, son los que creen que las relaciones sociales derivadas de la producción y la distribución remiten a una columna del debe y otra del haber. A Escrivá, qué le vamos a hacer, solo le faltan los manguitos. Porque el sistema, tal como prevén todos los cálculos actuariales serios, sí parece abocado a la bancarrota cierta a corto plazo, hacia 2030 en concreto. Pero eso, salvo que uno piense como un contable, no nos debería hacer perder de vista lo fundamental. Y lo fundamental resulta que no es la demografía. Así, los boomers, pese a ser tantos, formamos parte de lo secundario del problema, no de su almendra crítica y central. Porque, e igual en un modelo de reparto que en uno de capitalización, lo fundamental, el núcleo del problema, remite a que la cuantía de las pensiones de los jubilados depende de los ingresos salariales que tuvieron esas personas en el pasado, cuando aún eran activas. Pero los recursos que permiten financiarlas resulta que proceden de modo invariable del valor del trabajo presente que realizan los jóvenes. Es algo tan obvio que por norma lo perdemos de vista. 

Y es que, con sólo reparar en esa evidencia palmaria durante un minuto, cualquiera puede caer en la cuenta que el genuino problema de las pensiones tiene mucho más que ver con la productividad de los trabajadores activos que con el peso demográfico de las clases pasivas. Resulta casi de Perogrullo, si los jóvenes en edad de trabajar producen poco, los viejos en edad de cobrar una pensión recibirán poco. Recibirán poco en un sistema de reparto, ya que si las cotizaciones son bajas, también serán escasos los recursos llamados a ser distribuidos. Y también recibirán poco en un sistema de capitalización, pues si los beneficios de las empresas donde se invirtió su ahorro son raquíticos, igualmente raquíticos resultarán sus dividendos. En un caso y en el otro, todo depende en última instancia de la productividad de la economía en su conjunto. Pero yo nunca he visto al contable vocacional Escrivá hablando de productividad; ni yo ni nadie. Bien al contrario, Escrivá, otro adicto al pensamiento demográfico mágico, predica que todo se resolverá importando muchos más inmigrantes. El eterno mito falaz de que los inmigrantes van a pagar nuestras pensiones. Pero resulta que no las van a pagar. Y no las van a pagar por la muy clamorosa razón de que ganan demasiado poco como para poder pagar la pensión de nadie, incluidas las suyas, con sus mínimas cotizaciones a la Seguridad Social.

Una vez llegados a este preciso instante argumental es cuando suele salir a escena la cuestión de la hipertrofia de la hostelería en nuestra estructura productiva, así como la manifiesta inflación de camareros y asimilados en el conjunto de la población laboral española. Otro lugar común recurrente que también nos hace perder de vista lo fundamental. Porque lo fundamental no es que en España haya muchos o pocos camareros. Lo en verdad fundamental, por el contrario, es saber cuánto ganan a fin de mes todos esos camareros. En España, el ir de cañas entre semana, igual que el cenar o comer fuera de casa con despreocupada regularidad,  constituyen tradiciones seculares. Tan integradas las tenemos en nuestra normalidad cotidiana que no reparamos en la admirada  extrañeza que esos hábitos tan nuestros suscitan en el resto de los europeos. Porque, salvo en España y acaso Portugal, lo de comer o cenar fuera constituye un lujo que nuestros vecinos europeos practican con mucho más espaciados intervalos. Y es un lujo porque, como sabe cualquiera que cruce nuestras fronteras, resulta mucho más caro que aquí. Y la razón de que resulte mucho más caro se antoja simple, a saber: un camarero francés, suizo, alemán o sueco, tanto da, gana mucho más que sus colegas españoles trabajando lo mismo. Gana más y, claro, también cotiza más. Porque el problema no somos los boomers sino el precio de las cañas en los bares. O pensiones decentes o cañas baratas. Hay que elegir.

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