THE OBJECTIVE
Koldo Salazar López

Narcoyihadismo parte II: cocaína y África

En África, la situación política ha hecho que los grupos islamistas hayan optado por convertir el Sáhara-Sahel en una autopista de la cocaína que une Sudamérica con Europa, lo cual ha regado de millones las arcas yihadistas del norte de África

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Narcoyihadismo parte II: cocaína y África

En África, la situación de la droga es diferente, ya que ahí las zonas de producción no están en manos de los yihadistas africanos, sino que estos se dedican al cuidado y transporte del material. Para empezar, por el Sahel y el Sahara pasan la heroína proveniente de Karachi, la cocaína proveniente de América Latina y parte del hachís de Marruecos.

La heroína entra por la fachada oriental de África, principalmente por Kenia, Somalia y Tanzania. De ahí es movida por yihadistas de Al Sahab en colaboración con mafias de narcotráfico, milicias tribales y tribus nómadas subcontratadas hasta saltar a Europa.

El hachís normalmente entra por el sur de España, principalmente las costas de Cádiz-Málaga. Sin embargo, una gran parte se mueve hacia el Sahel y de nuevo es impulsada hacia el Magreb, particularmente la desestructurada Libia, y de ahí a Italia.

La droga proveniente de América es la más compleja, ya que requiere de dos rutas de transporte, la marítima y la aérea. Es mucho más fácil mover la droga desde América Latina hasta África debido a las deficientes medidas de seguridad, también porque cada vez más el Sahel es el corredor que suministra cocaína a Oriente Medio, particularmente a Israel, Líbano, Jordania, Arabia y los Emiratos Árabes. 

Hay que tener en cuenta que la demanda de cocaína en esta región va in crescendo, lo cual significa que estos estados están notando una mejora de su economía. Curiosamente, el tipo de droga consumida por la sociedad de un estado es un indicador económico. La heroína y hachís/marihuana/kat es un indicador de estados en desarrollo, mientras que las drogas estimulantes como las pastillas, el speed, la cocaína o el cristal (entre otros) es un indicador de desarrollo estatal que nos deja ver una sociedad con una gran clase media estable.

Parte de la droga que viene de Sudamérica entra por los estados de la fachada de África Occidental donde grupos de narcotraficantes latinoamericanos e incluso las FARC tuvieron contactos. Estos contactos no son exclusivamente con redes criminales, sino con estados. El nivel de parasitismo entre estos grupos en Guinea Bissau, Guinea, Senegal, Gambia o Nigeria, donde además se han detectado laboratorios para el tratamiento de drogas, particularmente anfetaminas, es una realidad. De hecho, el primer estado en ser denominado como Narcoestado fue Guinea-Bissau. En los años 2011 y 2012 se detectaron y asaltaron dos laboratorios de anfetaminas en Nigeria y en el año 2013 se incautó una producción a gran escala.

De este comercio se lucra Boko Haram, un grupo yihadista leal a Estado Islámico, que tiene su centro de operaciones en el norte de Nigeria y actúa por Camerún, Chad, Malí, Níger etc. La producción les genera grandes beneficios, pero también el transporte por los territorios que controlan. En este caso reciben la droga que ha sido trasladada de forma marítima o aérea y después la desplazan usando personas, motocicletas, coches y convoyes hacia territorio seguro.

Otro actor, el primero de todos, fue AQMI (Al Qaeda del Magreb Islámico). Allí, Mojtar Belmojtar, uno de los líderes de este grupo terrorista yihadista, era llamado míster Marlboro por su lucrativo comercio de tabaco, y para financiar su milicia se reconvirtió de contrabandista de tabaco a traficante de drogas por los beneficios que obtenía de los mismos. La MUYAO, Ansar Dine y otros grupos islamistas se financian de este comercio asegurando las rutas de tránsito desde el lugar de origen hasta el lugar de consumo (Europa). Este comercio les genera pingües beneficios para mantener su estructura, pagar a los milicianos y comprar armamento, así como realizar «labores sociales» en las regiones controladas por ellos.

Si bien parte de la droga se queda por el camino, hay que dejar claro que en África no es por las incautaciones, sino por los acuerdos. Los grupos que van moviendo la droga normalmente se quedan un porcentaje a fin de satisfacer la demanda doméstica y obtener beneficios de este comercio. Por lo tanto, el transportista a nivel internacional también juega el papel de traficante a nivel interno, todo ello con el apoyo de los narcoestados africanos.

Por otro lado, estas rutas son muy fáciles de controlar debido a la propia naturaleza del terreno que, si bien es bastante duro ya que está atravesando el desierto más grande y peligroso del mundo, el Sáhara, y por el no menos peligroso anillo del Sahel, sí que tenemos que tener en cuenta que la relación entre la droga y sus actores con los estados es la de parasitismo debido a la pobreza endémica en estas latitudes, lo cual favorece la corrupción. Los clientelismos tribales, las porosas fronteras casi sin vigilancia, la inestabilidad de la región, sólo segura para estos criminales, y los movimientos secesionistas como los touareg que casi destruyen Malí son factores a tener en cuenta a la hora de estudiar el poder corruptor pero también beneficioso a nivel económico de los grupos sociales que forman parte de la cadena de la droga.

De hecho, para combatir a los islamistas Francia desplegó a sus soldados con la «Operación Barkhane» en Malí. Sin embargo, se ha hecho imposible contener el flujo de capitales, armas, combatientes y yihadistas en esta región de África, considerada por Bruselas como de vital importancia por el concepto de frontera avanzada. Para ello, Francia ha programado el G5 del Sahel para luchar contra los retos de la región, que son tres: el yihadismo, el tráfico de drogas y la inseguridad fronteriza. Sin embargo, Argelia se ha negado a participar en esta entente de países africanos bajo patrocinio del gobierno de París.

En este caso, las actuaciones internacionales están siendo igual de inútiles que los esfuerzos de Estados Unidos en Afganistán. El descrédito de los gobiernos africanos, así como su debilidad social y económica, chocan frontalmente con el idealismo islamista regado de dinero para todas aquellas personas que quieran colaborar con ellos. A los islamistas se les paga un sueldo por su labor yihadista, pero también a los espías y colaboradores en materia guerrillera y en el contrabando, sin contar con los activistas sociales y políticos en torno a las mezquitas y los bazares.

Para muestra, la guerra de Azawad entre los islamistas de Ansar Dine con apoyo de AQMI y MUYAO y la imposibilidad del Gobierno y del ejército de Malí en contener estos ataques. En pocas semanas, el gobierno de Bamako había perdido tres cuartas partes de su territorio, lo cual demuestra que la solidez y poder de los islamistas era más fuerte que la del Estado y eso sólo se logra con cohesión de grupo, apoyo civil y milicianos entrenados con material militar aceptable, y la única manera de financiar eso en este contexto es con la droga. Seguir pensando que esos islamistas sostienen su poder mediante el pago del zakat de gente que está en la miseria, donaciones multimillonarias saudíes o envío de dinero desde Europa es de una gran simpleza. Estos grupos tienen negocios, invierten y aprovechan su fuerza para hacer dinero, que es el comercio de droga, aunque también armas, personas, etc.

Asimismo, existen informes ofrecidos por The Sunday Times que aseguran que tanto Hamás como Hezbollah no han sido capaces de soportar la tentación y ambos grupos forman parte de la cadena de la droga en África. Hezbollah, a través de los expatriados libaneses en África Occidental, cuya función es lavar el dinero de la droga y entregarlo a Hezbollah, mientras que Hamás hace lo mismo.

De hecho, se ha acusado a Hezbollah de estar estrechamente vinculada al tráfico de drogas en la triple frontera Brasil-Argentina-Paraguay y en el movimiento de drogas en Venezuela: sería el grupo narcoyihadista mejor preparado y conectado de este panorama, ya que podría mover droga en origen por Sudamérica y llevarla hasta África, donde colonias de libaneses vinculados a Hezbollah podrían moverla por los países costeros de África Occidental como Senegal o Nigeria. Y, en paralelo a los negocios de tráfico de droga de los grupos arriba mencionados, mover esa droga por esos territorios para diversificar sus fuentes de financiación, lavar el dinero para que pueda entrar en el Líbano y entregar parte de ese dinero negro para actividades secretas de la milicia libanesa.

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