Una distopía: Trump, Ceuta y Melilla
¿Qué ocurriría si EEUU se pronunciase a favor de la entrega de las dos ciudades a Marruecos? Este es un relato de ficción sobre una posibilidad no tan descabellada

Ilustración de Alejandra Svriz
La declaración del presidente de Estados Unidos Donald Trump a favor de la «devolución» de Ceuta y Melilla a Marruecos desató una auténtica tormenta política en España cuando faltaban pocas semanas para que se celebrasen elecciones anticipadas. Con su habitual estilo displicente y despreocupado, Trump se refirió a las ciudades autónomas desde el Despacho Oval –que tras un año de mandato ha perdido ya toda solemnidad convirtiéndose en una especie de set de show televisivo- al término de un encuentro con periodistas en el que alabó la decisiva contribución de Arabia Saudí y de Marruecos a la nueva configuración de Oriente Próximo y el inminente reconocimiento de Israel por varios países árabes.
Sus palabras cogieron completamente desprevenido al Gobierno español enzarzado en una nueva negociación con los nacionalistas catalanes sobre la suspensión de los siete pecados capitales en aquella comunidad y no reaccionó hasta varios días después cuando en varias ciudades marroquíes ya se celebraban multitudinarias manifestaciones de júbilo y la noticia era portada en toda la prensa internacional. Fue el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, el primero en dar la cara públicamente si bien lo hizo un tanto titubeante y sin mucha convicción apelando a la historia y españolidad de las dos plazas, solicitando el amparo de la Unión Europea y apostando por un «diálogo constructivo» con un aliado como EEUU. Su intento quedó barrido por la difusión simultánea de una inusual carta del rey Mohamed VI en la que exigía a «su hermano español, Pedro Sánchez» que fijase una fecha a la mayor brevedad posible para proceder a la devolución.
Mientras Europa guardaba silencio y la oposición del PP, con el apoyo mayoritario, según algunos sondeos, de la opinión pública, presionaba a Sánchez para que diese una respuesta contundente e inequívoca a EEUU y Marruecos sobre la españolidad de Ceuta y Melilla, los socios del Gobierno no dejaban pasar ocasión para expresar su desprecio por un problema por el que no se sentían concernidos. Un diputado de ERC declaró ante las cámaras: «Los viejos problemas coloniales del franquismo no son de nuestra incumbencia». Y la líder de Sumar, Yolanda Díaz, tras soltar una catarata de palabras sobre «el derecho de los inmigrantes magrebíes vulnerables a una vida saludable», vino a complicar aún más las cosas cuando afirmó: «A nosotros y nosotras siempre nos van a encontrar en contra del imperialismo, sea yanqui, marroquí o español».
En el otro extremo, los patriotas de Vox, para entonces considerado el partido de los americanos, se dividieron entre unas bases de espíritu legionario que pretendían enviar una fuerza expedicionaria para defender la integridad de España y una dirección que evitaba a toda costa malquistarse con su principal fuente de financiación.
Fueron jornadas febriles en la Moncloa. Sánchez, plenamente consciente de su aislamiento político, despachó a Albares a Washington para entrevistarse con el secretario de Estado, Marco Rubio. Su misión fue un fracaso. No solo no logró ser recibido, sino que un alto funcionario del departamento, que exigió el anonimato, confesó al corresponsal español mejor informado de la Casa Blanca: «No es habitual que Trump dé marcha atrás en sus decisiones. Menos aún en este tema. Baste con decirle que nos ha costado explicarle por qué existe en Europa un país que habla español…». Unas frases que corrieron como la pólvora por las redes sociales henchidas de orgullo nacional herido. El presidente intentó ponerse en contacto con Mohamed VI, pero este se encontraba de vacaciones en Gabón y no atendió su llamada.
«Fotos tomadas por satélite mostraban que Rabat estaba concentrando efectivos militares en las cercanías de las dos ciudades»
Sus gestiones con la UE y la OTAN tampoco dieron fruto. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, le informó de que el Kremlin estaba acumulando tropas en las fronteras de Estonia y Moldavia y que tenía que comprender que esa era ahora la absoluta prioridad y preocupación de los europeos. Mark Rutte insistió en lo mismo con sequedad y aprovechó la ocasión para recordarle que ningún artículo del tratado de atlántico obligaba a esta a defender Ceuta y Melilla y sermonearle por la raquítica contribución militar de España a la Alianza. Tampoco eran halagüeñas las informaciones que le llegaban de la ministra de Defensa, Margarita Robles. Fotos tomadas por satélite mostraban que Rabat estaba concentrando efectivos militares en las cercanías de las dos ciudades y que nutridas columnas humanas marchaban hacia allí desde distintos puntos de Marruecos. Menos positivo aún fue constatar que las Fuerzas Armadas españolas no estaban preparadas y que los planes de contingencia ante una eventual agresión marroquí estaban obsoletos.
En su despacho semanal con el rey, Sánchez le informó de la situación, pero concluyeron que Felipe VI no intervendría hasta que el Gobierno no tuviera una estrategia clara sobre el conflicto diplomático. El rey también se abstendría de mover sus contactos internacionales, una posibilidad expresamente vetada por Sánchez. «España no puede hablar por dos bocas», dicen que dijo el presidente, sin que hasta ahora se haya podido comprobar su veracidad, pero sus palabras trascendieron y fueron recibidas con decepción por unos e indignación por otros, convencidos de que Sánchez frustraba una posibilidad de solución por puros celos hacia el monarca.
Sánchez estaba furioso. Decenas de asesores le trataban de explicar a diario quién fue Pedro de Estopiñán, cómo se había desarrollado la Marcha Verde, que decía la Constitución sobre Ceuta y Melilla y qué interpretaciones cabía hacer, incluso hubo quien le recomendó utilizar de mediador a Santiago Abascal… a él todo aquello le traía sin cuidado. Su única preocupación era que las elecciones estaban encima y había que evitar por todos los medios que la derecha lo presentase como un traidor a España. Necesitaba una estrategia de salida y aquel hatajo de mantenidos no servía para nada. ¡Cómo echaba de menos a Miguel Barroso! Para más inri, en un gesto inédito de reflejos políticos, Alberto Núñez Feijóo se presentó por sorpresa en Melilla para celebrar un mitin que reunió a más de la mitad de la población cristiana de la ciudad. Entre cartelones de «Melilla es española antes que Navarra» y «Sánchez, traidor», el líder del PP, remedando a De Gaulle en Argelia, gritó: «Melillenses, yo os entiendo».
Manifestaciones semejantes se producían en otras capitales españolas, sobre todo en Andalucía y Madrid, al tiempo que proliferaban en los medios los expertos en el Magreb, el mundo árabe, la defensa nacional, la historia de España, las relaciones con Estados Unidos… el impasse político erosionaba cada día que pasaba las posibilidades electorales de Sánchez, pero cuando ya se hundía en la desesperación, una tribuna publicada en El País le puso en la pista de la solución. «El verdadero problema en el desarrollo histórico de España», argumentaba el politólogo, «ha sido y continúa siendo el nacionalismo español». «Ceuta y Melilla son vestigios del malhadado Protectorado de Marruecos, cuna de fascistas y causa de la tragedia española. La entrega de las dos ciudades sin duda sería un sacrificio para sus poblaciones, pero era también una oportunidad de soltar un lastre para un futuro progresista y debilitar a los reaccionarios». «En el siglo XXI» –concluía- «no caben actitudes carpetovetónicas ni quijotescas».
«En dos semanas Moncloa pasó de garantizar la españolidad de las dos ciudades a defender la ventaja de deshacerse de los ‘enclaves'»
Moncloa elaboró el mensaje e inmediatamente media docena de ministros y todos los medios afines al Gobierno se lanzaron a difundirlo. La cesión de la soberanía de los enclaves, como se llamaba ahora a las dos plazas, era un mero caso de realpolitik y oponerse a ella era un puro resabio franquista de la derecha, siempre dispuesta a verter sangre ajena en guerras inútiles. El argumento fue comprado enseguida por los nacionalistas catalanes –a los que les faltó tiempo para recordar la Semana Trágica- y los vascos, así como por Sumar y Podemos, que, una vez más, con la máscara del pacifismo disfrazaron su incoherencia de apoyar a Putin y condenar a Trump.
La opinión pública asistió perpleja e impotente ante el nuevo «cambio de posición» del Gobierno, que en menos de dos semanas había pasado de garantizar la españolidad de Ceuta y Melilla y la integridad nacional a defender la ventaja de deshacerse de unos «enclaves» que eran una rémora, sin que en ningún momento Sánchez explicase ni en el Congreso ni en los medios un giro diplomático de semejante trascendencia.
Faltaban 72 horas para que los españoles acudieran a las urnas en la mayor de las incertidumbres. Nadie se arriesgaba a dar un pronóstico sobre el resultado. Solo una cosa estaba clara: la sombra de África volvía a cernirse sobre su destino.
*Este es un artículo de ficción política.