De las urnas al autoritarismo
«Los autócratas llegan al poder con promesas de justicia, patria o regeneración… y una vez elegidos pervierten la legalidad y dinamitan el sistema democrático»

Imagen de la Alemania nazi.
La historia ha demostrado que muchos dictadores no entran en las democracias con tanques. Entran con papeletas.
El proceso es siempre el mismo. Los autócratas llegan con promesas de justicia, patria o regeneración… y consiguen unos escaños. Luego logran gobernar (a veces sin tener mayoría siquiera). Una vez elegidos, ungidos por la aritmética democrática, pervierten la legalidad, dinamitan el sistema y convierten las instituciones en una ratonera sin salida. La demolición avanza a medida que retuercen la Constitución, domestican o asfixian a los medios (por decreto, saturación, chantaje, subvención o cambalaches con la publicidad institucional o la propiedad), someten a la justicia, cooptan las infraestructuras de comunicación y neutralizan -o ignoran- al Parlamento.
Eso sí: los tiranos presentan todo como legal, bajo una apariencia de normalidad.
Un día, discutiendo formalismos… te das cuenta de que en el país ya no hay instituciones. Solo decorado.
Personajes que entraron por la puerta grande y luego volaron sus democracias por la trampilla del sótano ha habido (y hay) unos cuantos.
«Hitler alcanzó el poder por las urnas en 1933. Legal. Limpio. Y letal»
Por ejemplo, Adolf Hitler, que en 1933 alcanzó el poder por las urnas. Legal. Limpio. Y letal. En nada, transformó a los jueces en burócratas del terror, clausuró el Reichstag y dirigió con la propaganda una orquesta de odio. No lo echaron los suyos. Lo echó una guerra. Se pegó un tiro en 1945. Su legado: el mal absoluto.
Ferdinand Marcos fue otro al que los filipinos eligieron con entusiasmo en 1965. En 1972 ya había declarado la ley marcial. Cerró el Parlamento y convirtió la prensa en panfleto. La gente lo echó en 1986. Se fue al exilio. Su hijo manda hoy. Ha pasado a la historia por su corrupción y las colecciones de zapatos de su mujer.
Fujimori, el japoperuano, ganó en 1990 y en 1992 se autogolpeó. Cerró el Congreso, reformó la justicia y compró las televisiones. Gobernó con matemáticas y mano dura.
En 2000 renunció por fax desde Japón. Fue extraditado y condenado. Su legado, según muchos: la corrupción «eficiente» a escala estructural.
«Hugo Chávez reformó el sistema para eternizarse, cerró medios y anuló el Congreso cuando molestaba»
Lukashenko ganó en 1994 y, en 1996, dicen que en Bielorrusia ya no quedaba democracia. Bloqueó a la oposición, controló tribunales y medios. En 2020 la gente se le alzó. Él sacó la porra. Sigue en el poder. Europa premia a sus opositores… y se encoge de hombros. Algunos dicen que se le recordará como el último dictador del viejo continente (añado yo: ¡ja!)
Hugo Chávez alcanzó el poder en 1999 por las urnas, prometiendo redención bolivariana. Reformó el sistema para eternizarse, cerró medios y anuló el Congreso cuando molestaba. Murió en el poder. Fue el maestro de la polarización. Dejó una Venezuela rota y un heredero para su dictadura. Todavía hay quien en este país lo venera. Ha pasado a la historia como un «pajarico».
Daniel Ortega, héroe sandinista con amigos en este Gobierno español, volvió en 2007 y ya no se fue. Desde 2010 gobierna sin oposición. En 2018 la gente se rebeló. Él disparó. Dicen que hoy Nicaragua es su finca y que su legado será convertir una revolución en una herencia.
Viktor Orbán volvió a gobernar en 2010 y convirtió su mayoría en ariete. Reformó la justicia, monopolizó medios…. La UE protesta, pero paga. Pasará a la historia por acuñar la «democracia iliberal» populista.
«El autoritarismo no necesita silenciar las urnas, solo vaciarlas de contenido»
Podría seguir con algunos mandatarios. Algunos están liándola parda en el mundo…
La mayoría de los dictadores se perpetúan y gangrenan el sistema. Y, ojo, casi siempre lo hacen por corrupción, no por convicción… y porque se les deja.
¿Por qué? Porque, durante tiempo, la comunidad internacional no lo ve y no se moviliza, la oposición no espabila ni se organiza y el pueblo no se percata ni se rebela. Se piensa que «no es para tanto». Luego, porque ya no hay tanto. Ni prensa libre. Ni justicia independiente. Ni posibilidad de rechistar. Ni voto que valga. Ni manera de desalojarlos del poder.
Conviene recordar (pero, sobre todo, recordarles a los jóvenes) que votar es requisito sine qua non de la democracia, pero no es la democracia. El autoritarismo no necesita silenciar las urnas, solo vaciarlas de contenido.
«Urge, y mucho, en España garantizar que nuestro sistema de gobierno no está mutando»
Por eso la democracia es frágil. Siempre. En algunos sitios, donde se va erosionando mientras se aplaude, se justifica o se mira hacia otro lado, parece que más que en otros.
Urge, y mucho, en España garantizar que nuestro sistema de gobierno no está mutando (ni mutilando) su esencia subrepticiamente.
Cuando alguien, después de todo el histórico de estos años y con todas las maniobras de esta semana, filtra que no presentará presupuestos y, tras perder una votación en el Congreso, lanza un aviso diciendo que «tiene las mismas ganas que el primer día», su declaración no suena a compromiso: suena a amenaza.
Como se ha visto, la mayoría de los dictadores no necesitan tanques. Entran por la puerta grande con papeletas y luego vuelan sus democracias. Lo verdaderamente impensable y trágico sería que alguno fuera recordado por hacerlo desde un Falcon.