The Objective
Pablo de Lora

Anatomía de un fragmento

«Los buenos propósitos de entendimiento entre españoles seguirán frustrados si se persiste en el relato de víctimas de primera y de segunda en la guerra civil»  

Opinión
Anatomía de un fragmento

Trabajos de exhumación y reconocimiento de los asesinados en Paracuellos.

Esta semana, tras haber cumplido con las más perentorias obligaciones patrias —ver la magnífica Los domingos de Alauda Ruiz de Azúa, escuchar Lux de Rosalía y el podcast de Juan Carlos Ortega sobre ese disco, que es más obligatorio si cabe— tocaba afrontar el último de esos deberes nacionales que incumben al buen español en el postrero 2025: ver la serie Anatomía de un instante

Uno recordaba que en su día disfrutó a rabiar del libro y temía que, como es frecuente, la adaptación desmereciera. El respingo se produjo en el segundo episodio, el momento en el que se evoca el pasado de Santiago Carrillo para proporcionar el contexto en el que se recobra el odio a su persona en muchos militares y españoles del año 1981, y el más que razonable temor que debía albergar Carrillo a que le fusilaran aquella misma tarde del 23 de febrero en el Congreso de los Diputados. 

Ese momento es el de la responsabilidad de Carrillo en los fusilamientos de Paracuellos del Jarama, que arrancaron un 7 de noviembre de 1936 y se prolongaron hasta el 4 de diciembre, y que causaron al menos 2.000 víctimas de acuerdo con las estimaciones hechas por el historiador Julius Ruiz, quien con más y mejor empeño ha investigado sobre esa matanza. Entre esas 2.000 víctimas se encuentra mi abuelo paterno, fusilado un 28 de noviembre y sobre cuya peripecia, amén de otros asuntos vinculados a la llamada «memoria», modestamente también he escrito.  

A la Cercas, he rebobinado el episodio hasta el momento en el que se ve cómo un grupo de hombres bajan a punta de fusil de un camión militar mientras otros caen en la noche atravesados por las balas, instante en el que una voz en off dice: «Durante dos semanas más de 5.000 fascistas y militares rebeldes fueron sacados de las cárceles madrileñas y ejecutados sin juicio». ¿Fascistas?

Han pasado 16 años desde que se publicó Anatomía de un instante y cuando lo leí, recién aparecido en las librerías, apenas sabía del episodio de Paracuellos. Ahora sí y de ahí mi respingo, y de ahí que me abalanzara sobre el ejemplar con la esperanza, a medida que leía diagonalmente cada una de sus páginas, de que se tratara de una ocurrencia de los guionistas de la serie, añadida a la de los camiones militares (los que engrosaron las sacas fueron trasladados en autobuses, los célebres «londinenses» como exhaustivamente ha documentado Pedro Corral).  

«Muchísimos otros estaban encarcelados por el mero hecho de su notoria fe católica, o por sus posiciones ideológicas conservadoras»

Es peor: «Aquella misma madrugada comenzaron los fusilamientos en Paracuellos del Jarama, a poco más de treinta kilómetros de la capital, y durante las tres semanas siguientes más de dos mil presos franquistas fueron ejecutados sin fórmula de juicio», leo en la página 216. ¿Franquistas?

Sí, hubo muchos militares trasladados desde las cárceles de San Antón, Porlier, Ventas y Modelo hasta Paracuellos para ser fusilados que hubieran podido sumarse a las tropas rebeldes —seguramente mi abuelo, aunque militar retirado, era uno de ellos—, pero muchísimos otros estaban encarcelados, por supuesto sin haber mediado juicio alguno, por el mero hecho de su notoria fe católica, o por sus posiciones ideológicas de derechas o conservadoras, o por ser los hijos, menores en muchos casos, de los que fueron sacados a la fuerza de sus casas, encarcelados y luego asesinados.

Si uno tuviera que elegir un hilo identitario que vinculara a la práctica totalidad de las víctimas sería efectivamente esa fe cristiana, muy acusada en el caso de mi abuelo como testimonian sus últimas cartas escritas en la cárcel. Pero imaginen si viendo la serie se escuchara: «Durante dos semanas más de cinco mil cristianos fueron sacados de las cárceles madrileñas y ejecutados sin juicio»; o si Cercas hubiera escrito: «Durante las tres semanas siguientes más de dos mil presos católicos fueron ejecutados sin fórmula de juicio». 

¿Se puede afirmar que, por poner varios entre cientos de ejemplos posibles, el dramaturgo Pedro Muñoz Seca, el fotógrafo Walken, el futbolista Monchín Triana, Arturo Soria Hernández, hijo del legendario urbanista, o el bisabuelo de Alberto Garzón, fueron «fascistas» como se dice en el episodio? Parece descabellado. ¿Y «franquistas» como describe Cercas? También.

«’Franquista’ o ‘franquismo’ lleva años sirviendo conceptual y políticamente para un roto y para un descosido»

Sabemos que «franquista» o «franquismo» lleva años sirviendo conceptual y políticamente para un roto y para un descosido, pero es muy extraño que hubiera «franquistas», en el sentido más adecuado en el que ese término se usó propiamente durante la pervivencia del régimen, tan prematuramente como en los primeros días de noviembre del 36; y más aún si uno llevaba preso, como fue el caso de muchas de las víctimas, desde finales de agosto, si no antes. 

Recordemos los hechos básicos: Franco es designado Generalísimo en el aeródromo de San Fernando en Salamanca el 21 de septiembre de 1936, posteriormente, el 28 de septiembre, jefe de Gobierno, y finalmente jefe del Estado y Caudillo de España el 1 de octubre. Es improbable que aquellos días se hiciera llegar desde Burgos y se repartiera en las cárceles de Madrid el número 32 del Boletín Oficial de la Junta de Defensa Nacional de España correspondiente al 30 de septiembre de 1936 en el que aparece el Decreto 138 de la Presidencia de la Junta de Defensa Nacional mediante el que el General de División D. Francisco Franco Bahamonde asume todos los poderes del nuevo Estado.  

Cierto: pudo haber franquistas de la primera hora, admiradores de las hazañas africanas de Franco o de su papel en el octubre asturiano de 1934 cuando el PSOE y otras fuerzas intentaron acabar con la República por la vía revolucionaria. Pero, de nuevo, serían los menos y lo menos distintivo de aquellas miles de víctimas

La Guerra Civil propició incontables masacres y horrores más allá del estricto campo de batalla. ¿De qué otra manera podríamos describir la matanza de Badajoz o el bombardeo de Guernica o los sufrimientos padecidos por la población civil ovetense durante el sitio de tres meses al que fue sometida la ciudad con asedios constantes de la aviación republicana, corte en el suministro de agua, epidemia de tifus, etc.? Con respecto a la primera, cuyo ejecutor fue el general Yagüe, no será fácil hallar hoy una descripción de quienes fueron vilmente asesinados como «rojos» o «comunistas».

«A veces la descripción del pasado sí la terminan consolidando los derrotados a base de mejor propaganda»

Antes bien, la matanza de Badajoz, como el bombardeo de Guernica, es, en estos tiempos, frecuentemente tildada de «crimen contra la humanidad», o más asépticamente, como una matanza de «inocentes» o «personas»; o, si acaso, de republicanos leales tras el avance de las tropas de Yagüe. Oviedo no tiene un Guernica. A veces la descripción del pasado sí la terminan consolidando los derrotados a base de mejor propaganda, como han evidenciado las investigaciones de Andrés Trapiello.

«Nos gustaría que esta serie logre contribuir desde el conocimiento de nuestra historia reciente a un mejor entendimiento entre todos los españoles», afirmaba Daniel Domenjó, CEO de Movistar+, en la presentación de la serie en el Congreso de los Diputados. «Este libro» —añadía por su parte Cercas refiriéndose a Anatomía de un instante— «yo lo escribí contra la mentira. Por eso es una novela sin ficción. Y esta serie es una serie contra la mentira». 

Esos buenos propósitos seguirán siendo frustrados tan pronto asome el instante en el que quienes ansían asumir el legado de los derrotados por puro cálculo de rentabilidad política; o sus rapsodas de ocasión; o los simplemente despistados o ignorantes; o los temerosos de no ser tenidos como gentes paradigmáticamente de izquierdas, persistan en el afán de la victoria póstuma en el relato al precio de inventariar víctimas de primera y de segunda.    

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