¡Elecciones ya!
«Sánchez no está capacitado políticamente para seguir en la Moncloa. Es la hora de dejar a la sociedad española que emita su voto, que oigamos su voz»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Estos días hemos conocido el fallo del Tribunal Supremo sobre el ex fiscal general del Estado Álvaro García Ortiz, que ha provocado las reacciones previstas. Belarra, digna seguidora de ensoñaciones totalitarias del siglo XX, habla de «asesinato civil» del fiscal general y de «justicia franquista». Los de Compromís, de «golpe de Estado». Pensé que los francotiradores dejarían las declaraciones del Gobierno cortas y moderadas. Siempre he esperado más de quienes nos gobiernan de lo que han dado después. Pero con Yolanda Díaz, Urtasun y los ministros forofos me he vuelto a engañar, han sacado los pies del tiesto, embistiendo a diestro y siniestro; y si esperaba muy poco de ellos, he visto, con su falta de rigor y contención, que aun así mis expectativas eran demasiado altas.
También se han sumado en manifestaciones no muy numerosas e inverosímiles ante el Tribunal Supremo personas de lo que llamamos sociedad civil: jueces condenados y expulsados de la carrera judicial, sus parejas con carreras paralelas en el sector público, periodistas investidos de una misión ideológica, veteranas que hacen la revolución tomando el té y veteranos que vuelven a sus orígenes juveniles después de toda una vida de autocontrol y disfraz para medrar en sus carreras. Es decir, la mejor representación del socialismo de las clases sociales pudientes, totalmente despreocupadas por llegar a final de mes, de encontrar o poder pagar su piso o de la falta de esperanza de una juventud que empieza a coquetear con un nihilismo político preocupante.
Y todo esto cuando conocemos el fallo, pero no conocemos la sentencia. Acción de los magistrados, dirigida con buen criterio a evitar filtraciones, y siguiendo, por otro lado, una conducta que tiene diferentes precedentes. La amplia y duradera reacción de la oficialidad indica que no estamos ante una reacción histérica y descontrolada. No nos engañemos: estamos ante una reacción estratégica y premeditada de naturaleza política, como lo fue la posición ante el conflicto bélico provocado por la reacción militar de Israel ante el atentado terrorista de Hamás, cuando el Gobierno confundió voluntariamente la sociedad israelí con el Gobierno de Netanyahu, y así llegar a justificar y aplaudir la interrupción violenta de la Vuelta a España. En fin, es evidente, Sánchez necesita altísimos grados de tensión política, social e institucional, tanto por motivos estrictamente electorales como para diluir en la intrascendencia los escándalos que van saliendo como cerezas enredadas todos los días y a todas horas.
Sánchez necesita disminuir los efectos de las causas judiciales que le rodean hasta la asfixia. Hemos conocido, y conoceremos más sin duda, las reuniones con Otegi, de las que se desprende con la presencia del socio empresarial de Cerdán una duda insoportable para los que consideran la política un trabajo noble: ¿fueron los negocios una cuestión previa y determinante para la acción política? Porque si fuera al revés podrían explicar, aunque yo esté radicalmente en contra, la vergonzosa cesión del Ayuntamiento de Pamplona o la mano que suavemente mece los intereses personales de los presos de ETA o que dieran la manija del Gobierno de España a Bildu a cambio de seguir sobreviviendo en la Moncloa. Pero entonces, ¿qué hacía allí el empresario? Porque en esos momentos las relaciones del PSOE con el mundo de HB ya estaban normalizadas y entre algunos de sus dirigentes había una relación de cordialidad y confianza.
Además de este desagradable fangal, vemos cómo el Gobierno no pudo sacar adelante en el Congreso los objetivos de estabilidad presupuestaria (antesala de la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado). El Gobierno repudiado por parte de sus socios malvive de espaldas al Legislativo, a la espera de alguna propuesta legislativa, de naturaleza taumatúrgica, que concite el apoyo inevitable de todos los grupos parlamentarios. Pero esa posición perturba el normal desenvolvimiento de las relaciones del Legislativo con el Gobierno: en una democracia sana el Gobierno no se mantiene hasta que la oposición tenga fuerza parlamentaria para proponer una moción de censura sino hasta cuando queda en minoría, situación en la que se encuentra.
«Debemos prepararnos para lo peor porque Sánchez está en una carrera que ya no tiene vuelta atrás»
Sabemos que después de las palabras vendrán las acciones y debemos prepararnos para lo peor porque Sánchez está en una carrera que ya no tiene vuelta atrás. Como decía Shakespeare en Macbeth: «He ido tan lejos en el lago de sangre que, si no avanzara más, retroceder sería tan difícil como el ganar la otra orilla».
No hay más que lo que hay. Sánchez no nos deja más opción que defender con todas nuestras fuerzas y energías las instituciones. Decía Tito Livio: «Vosotros pensáis que lo que se trata es si se hace o no la guerra; y no es así. Lo que se trata es si esperáis al enemigo en Italia o si iréis a combatirlo en Macedonia, porque Filipo no os permite escoger la paz». Sánchez, igual que el macedonio, no nos deja elegir entre opciones melifluas o nostálgicas, no permite la duda o el refugio en la indiferencia. Nos impide acogernos a un pasado bello y valioso que hoy no necesita bellas elegías autorreferenciales, sino una defensa serena, desapasionada, moderada y radical a la vez. Su posición empecinada e iliberal nos lleva o bien a callar mansamente o bien a defender con energía los principios democráticos que pasan inexcusablemente por respetar la separación de poderes, la dignidad de los órganos representativos, la separación nítida entre lo público y privado y el rechazo total y contundente a considerar al adversario como enemigo.
Son días, bien lo sabemos, de zozobra, y los extremos vociferantes de un lado y otro sacan provecho. Unos esperan superar el sistema del 78 para lograr la independencia o una república a su gusto ideológico, amordazando a una gran parte de la sociedad. Los otros suspiran por una España que nunca existió, cautivos de nostalgias que solo satisfacen mientras son exclusivamente un deseo. Pero queda la mayoría. Solo es necesario percatarse de lo que está ocurriendo y unir las fuerzas para impedir que repitamos los errores cometidos en nuestra Historia y para lograr salir de este laberinto necesitamos las fuerzas e ilusión de hace 50 años.
En estas circunstancias solo hay un camino. Por eso, porque la mayoría mira con estupor lo que está sucediendo, porque nos desesperan las noticias que aparecen cada minuto, tenemos que reclamar allá donde podamos clara y rotundamente: ¡Elecciones ya!
Sánchez no está capacitado políticamente, sin entrar en consideraciones más propias de la justicia, para seguir en la Moncloa, secuestrando la voz de la sociedad. Ha fagocitado al PSOE. No permitamos que arruine lo que una generación anterior consiguió y otros hemos heredado. Es la hora de dejar a la sociedad española, adulta y acostumbrada desde hace 50 años a ejercer su responsabilidad, que emita su voto, que oigamos su voz. Y esta exigencia no debe ser partidaria, ni de siglas o partes, debe ser de la ciudadanía, de la mayoría de la ciudadanía que no desea ser un sujeto callado, paciente y sufridor.