La democracia se pudre por el corazón
«La corrupción deslegitima las instituciones porque atiza la sospecha de que solo salen a la luz los casos más gruesos y agiganta la extensión de la masa sumergida»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Una obviedad, frecuentemente olvidada, es que no hay mejor defensa de la democracia que la custodia celosa de las instituciones. Estas existen para controlar el poder, no para postrarse ante él. ¿El árbitro que toma partido sigue siendo árbitro? Si urge proteger, y no conquistar, el CGPJ, el Banco de España, RTVE o cualesquiera organismos es porque urgen contrapesos.
Las instituciones no pueden ser meros botines de guerra. Defenderlas es como alzar diques. Esto lo supieron Madison y Hamilton, cuando se preguntaban en el Federalista si la república recién estrenada podría contener, con simples checks and balances, la vieja y pertinaz concupiscencia del mando; unos cuantos siglos atrás ya lo enseñaba el sagaz Polibio, para quien Roma sobrevivía porque a nadie le era dado sujetarla en su totalidad. Una democracia solo se tiene en pie si cuenta con un sistema robusto de equilibrios que, a la fuerza ahorcan, impone mesura a sus gobernantes.
Yerran quienes toman el caso Ábalos por un episodio de disipación individual, una suerte de conducta nocherniega y cañí más o menos cómica. Comprendo que la retórica del «caso aislado» ahorra incomodidades a quienes prefirieron ponerse de perfil, pero huelga recordar que uno de los efectos más deletéreos de la corrupción (presunta en este caso) es la injusticia que ocasiona y no, como sugieren algunas tertulias, la envidia que ocasiona. ¿Con qué rostro se invocará la igualdad cuando persisten sospechas tan hondas, a la espera de ser esclarecidas, de un aprovechamiento indebido en plena emergencia sanitaria?
La presunta trama corrupta nada tiene que ver con venalidades de contrato menor o con las pillerías de dos descuideros, aunque la prensa pinte a Ábalos y a Koldo como a Rinconete y Cortadillo camino de la venta. Los indicios que se investigan (cohecho, malversación, organización criminal, tráfico de influencias y otras lindezas similares) nos apremian a comprobar si nuestro sistema político está para muchos trotes o si, vista su poca eficacia para proteger lo común, habrá que enchufarlo al respirador. ¿Acaso la corrupción es un mal estructural de nuestra democracia? Recuérdese lo que hace tres siglos advirtiera Montesquieu: la república se corrompe desde dentro, como la fruta que se pudre por el corazón.
Un posible mamoneo de suministros sanitarios, en medio de las circunstancias límite de una pandemia, no parece una de esas traiciones que se olviden con facilidad. Ignoro la erosión institucional que puede ocasionar el ingreso en prisión preventiva de un exministro, aún diputado, pero supongo que, al tambalear uno de los poderes del Estado, el legislativo, podría dejar bamboleándose la legitimidad del conjunto. ¿No es para preocuparse? ¿O también son bulos de la fachosfera?
La corrupción deslegitima las instituciones porque atiza la sospecha de que solo salen a la luz los casos más gruesos, como puntas de iceberg, y agiganta la extensión de la masa sumergida. La democracia deja de ser creíble para una ciudadanía que imagina a sus cargos públicos no tanto beneficiando al bien común como beneficiándoselo.
A este propósito bien vale recordar una historia que narraba Maeterlinck en La vida de las termes. Un hacendado vuelve a su casa y se sienta en una silla que, sin previo aviso, se desmorona; busca salvación en la mesa y esta se le deshace entre los dedos; se arrima a una columna, pero se convierte en una nube de polvo. Nada había anunciado el desastre. Las termitas llevaban tiempo obrando en secreto, en ese silencio industrioso cuyo leve crujir solo percibe el oído verdaderamente alerta. Así trabaja la corrupción.
No bastan, pues, gestos simbólicos. Sin controles verdaderos, la corrupción se vuelve más persistente que el reflujo después de un atracón de zarajos. Entonces, ¿por qué cuesta tanto reformar los mecanismos de control del Estado o alcanzar una rendición de cuentas más severa? Son cosas que, por alguna extraña razón, no terminan de acometerse, aunque el mal colee desde los tiempos del felipismo.
Una de dos: o se persevera en la ocupación partidista de las instituciones, o se emprende, de una vez por todas, el camino arduo y tortuoso de la ejemplaridad. Al cabo, la democracia no perece a manos de sus enemigos, sino debido a la incuria o la flojedad de sus guardianes. Ignoro cómo saldrá la concentración convocada por el PP, pero me cuesta creer que la estrategia sensata consista en lograr en la calle lo que no se alcanza en el Parlamento. Feijóo ya advirtió de que hoy habría bajas temperaturas y, en efecto, extramuros de las instituciones suele hacer frío. La fruta, entretanto, se va quedando pocha.