Maura o la política
«Un siglo después de su muerte, podemos aventurar que el fracaso de Maura terminó por propiciar el triunfo del totalitarismo»

Antonio Maura.
A los pocos días de la muerte súbita de Antonio Maura, ocurrida el 13 de diciembre de 1925, hace ahora cien años, José Ortega y Gasset publicó una serie de artículos titulada Maura o la política en la que comentaba con detalle las principales líneas maestras de su legado. Ortega reconocía que su generación había sido injusta con el político y que solo la muerte («como en sí mismo, al fin, la eternidad le cambia», decía citando a Mallarmé) le empezaba a situar en su verdadera dimensión: «Este hombre, nunca enfermo, muere fulminado como los favorecidos, sin tránsito; de la vida apasionada se ha evadido a la claridad del mito. Más que morir, simplemente ha dejado de vivir». A pesar de que a su juicio no había sido «un hombre de ideas», ni siquiera de «elevada cultura», para el filósofo, Maura era «el único político que ha habido en España durante los últimos cuarenta años».
El epitafio es tan contundente que no deja de sorprendernos, sobre todo a los que fuimos educados en una visión más bien maniquea y simplista de la historia española del siglo XX, en la que la Segunda República era algo así como el principio de una heroica modernidad abortada por la Guerra Civil y el franquismo. Bajo esa perspectiva, el reinado de Alfonso XIII había quedado como un difuso error que no había hecho sino fomentar el enconamiento de la causa republicana. Todos los políticos monárquicos, con Maura a la cabeza, nos parecían apolillados figurantes de un pomposo decorado de gobiernos inestables, caciquismo, terrorismo anarquista, directorios militares, injerencias eclesiásticas y felonía regia. Porque una de las consecuencias del triunfo de Franco y de la derrota de la República, agravada con la doctrina de la memoria histórica, ha sido una creciente incapacidad para discernir con distancia y frialdad lo que de verdad ha ocurrido en nuestra historia moderna, más allá de los apasionamientos familiares e ideológicos o de la actual propaganda gubernamental, tan boba como deprimente.
La oportuna reedición ampliada de la espléndida biografía de María Jesús González, Maura. El estadista en su laberinto (Taurus), permite volver a la figura del presidente mallorquín y hacerse una idea cabal de su titánico esfuerzo por construir un Estado moderno dentro de las limitaciones y las oportunidades que ofrecía en su tiempo un país como España, sacudido por el trauma de la pérdida de las últimas colonias y sumido en la crisis de identidad que glosaron los del 98. Antes, de todos modos, habría que apuntar algo que la biógrafa no comenta porque no forma parte de su campo de estudio, pero que se me permitirá abordar, un poco pro domo mea. Maura fue el epítome de una incipiente burguesía mallorquina, audaz, ilustrada y cívica, que quedó demasiado pronto eclipsada por el dinero fácil del turismo y, aún antes, por el ejemplo plutocrático de Juan March, un personaje que amasó su fortuna gracias a un sentido antipolítico de los negocios y de la vida. No en vano acabaría siendo, junto al catalán Francesc Cambó, uno de los principales financiadores del golpe de Franco. El liberal March y el conservador Cambó terminaron por coincidir en una misma propuesta autoritaria, tras el fracaso de todo lo que intentó Maura.
Pero antes de que se impusiera la lógica totalitaria de masa y productividad, que tan rentable le fue al franquismo con la eclosión turística, en Mallorca hubo un conato de revolución burguesa que no entendía la expansión empresarial y comercial sin su incardinación en una sólida arquitectura civil que proporcionara seguridad jurídica, orden público, sufragio, educación y obreros cualificados. Se trataba de gente conservadora y religiosa, pero muchos compartían el ingenuo sueño decimonónico de que el XX iba a ser el siglo de la ilustración y la paz definitivas. A la generación de Maura, pertenecieron también el liberal Alejandro Rosselló, notario, diputado en cortes y ministro de Gracia y Justicia con Romanones, Josep Tous y Ferrer, editor y empresario, o mi propio tatarabuelo Andreu Jaume Nadal, naviero y pedagogo, que había hecho fortuna en Uruguay y había decidido invertirla en Palma, donde creó la compañía de Tranvías, urbanizó el ensanche, fundó el Banco Agrario y del Progreso Urbano y diversos colegios con su mujer, la también pedagoga Isabel Rosselló, hermana del citado Alejandro. Se trata, curiosamente, de una burguesía poco recordada, que no ha generado novela ni mitología en el acervo común, a diferencia de la indolente aristocracia isleña, en buena parte un invento adonizado de Vilallonga. Todos ellos estuvieron inmersos en las corrientes ideológicas del momento, principalmente el maurismo y el verguisme —liberales más o menos amparados por March—, pero compartían una parecida creencia en las posibilidades de España como nación europea.
La biografía de María Jesús González se lee como una novela política sobre esa época previa a la catástrofe social y moral que hipotecó las vidas de todos los españoles en el siglo XX. Y justamente por eso resulta tan interesante para nosotros, que volvemos a vivir un periodo de inestabilidad constitucional, descrédito democrático y peligro civil. La autora demuestra un admirable dominio de la historia de las ideas, tanto a nivel nacional como europeo, que le permite analizar con rigor la evolución ejecutiva de Maura en sus sucesivos gobiernos, sobre todo en el más fértil, el llamado «gobierno largo», que tuvo lugar entre 1907 y 1909. Maura se apostó entero en tratar de sacar al país de la enquistada corrupción económica y electoral de la Restauración, llevando a cabo su célebre «revolución desde arriba», un intento de sofocar las revueltas violentas y los pronunciamientos militares, integrando tanto a los ultramontanos como a las clases obreras en un mismo cuerpo civil. Su obsesión fue la creación de una ciudadanía que se sintiera partícipe del Gobierno y del Estado, en la estela de los liberales británicos. Para ello, trató de reformar el sistema electoral, acabar con los caciques («el descuaje del caciquismo»), fomentar unas clases medias e instigar una incipiente organización territorial con el municipio como órgano descentralizador. De la misma manera, trató de aprovechar las reivindicaciones del catalanismo para modernizar a la nación entera, asumiendo para el conjunto las exigencias particulares de Solidaridad Catalana.
A pesar de ser un católico beato, Maura fue, por otra parte, un firme partidario de la separación entre Iglesia y Estado, oponiéndose al control clerical de la sociedad. Y sus convicciones monárquicas no le impidieron enfrentarse sin titubeos a las borbonadas de Alfonso XIII, que a menudo se dejaba llevar por los intereses espurios de su corte de generales y aristócratas. Como bien apunta González, Maura, influido por el krausismo de su juventud, llegó a ser un kantiano en toda regla, defensor de la ley jurídica y moral como eje de la convivencia y de la armonía política. Y es que, como observó Ortega, el kantismo fue una «gigantesca proyección del alma burguesa». No se puede entender, por cierto, el propio impulso teórico y político del filósofo sin ese precedente kantiano e idealista que trataría de superar, integrándolo en una propuesta más ambiciosa, en lo existencial como en lo democrático.
Maura fue, en definitiva, un estadista que trascendió los límites de su partido y de su ideología gracias a esa ambición creadora, magnánima e intrépida que distingue a los pocos servidores públicos verdaderos. Hubo en él algo de Bismarck y de Gladstone, restos del mejor Cánovas, un poco de Clemenceau también, visos del Churchill que cruzaría la Cámara de los Comunes para sentarse en la bancada opuesta. Sin dejar de ser conservador, Maura hizo políticas propias del socialismo, introdujo reformas liberales y apostó por la continuidad de las instituciones, con especial énfasis en el Parlamento, cuya función consideraba sagrada, consecuencia de su pasión por el lenguaje. Cuando llegó a Madrid con quince años para estudiar, sus compañeros se burlaron de su acento y de su pobre castellano, lo que le animó a practicar frente al espejo hasta convertirse en un gran orador. Maura llegó incluso a ser director de la RAE desde 1913 hasta su muerte. Su catalán materno, en lugar de ser un «hecho diferencial», el latazo de siempre, fue para él un elemento vertebrador. El mismo año de su fallecimiento, se publicó, bajo su dirección, una nueva edición del Diccionario, que pasó a llamarse de la «lengua castellana» a «lengua española», por considerarla común a todos los ciudadanos.
«El franquismo no solo fue consecuencia de la victoria de una guerra, sino que en su envés se trasluce aquello que pudimos ser y no fuimos y que de alguna manera hemos acabado siendo, el sueño de una democracia que siempre será imperfecta mientras siga en marcha»
Maura siempre creyó que su proyecto solo podría consolidarse con dos o tres legislaturas, pero por desgracia su mandato terminó abruptamente en 1909 por culpa de sus errores en la guerra de Melilla, origen de la Semana Trágica y el escándalo de la ejecución de Ferrer y Guardia. Los gobiernos de concentración que presidió más tarde, frágiles y efímeros, ya no pudo considerarlos suyos. Vivió lo suficiente para lamentar la dictadura de Primo de Rivera, que juzgó con clarividencia el principio del fin de la Monarquía y el inicio de un periodo de caos que acabaría con un régimen autoritario. Un siglo después de su muerte, podemos aventurar que el fracaso de Maura terminó por propiciar el triunfo del totalitarismo. La desarticulación de la «revolución desde arriba» desató aquello que se pretendía evitar, tanto la violencia de la lucha de clases como su correspondiente reacción militar. El franquismo no solo fue consecuencia de la victoria de una guerra, sino que en su envés se trasluce aquello que pudimos ser y no fuimos y que de alguna manera hemos acabado siendo, el sueño de una democracia que siempre será imperfecta mientras siga en marcha porque, en palabras del propio Maura, «todo lo que se logre con la ciudadanía y con la obediencia, todo eso se resta al ministerio de la fuerza».