The Objective
Jorge Freire

La madre fundadora

«Austen enseña que no toda falta procede de la carencia ni todo error se explica por la ignorancia, marcando distancias con el intelectualismo moral»

Opinión
La madre fundadora

Una representación pictórica de Jane Austen. | Wikimedia

Si los estadounidenses se complacen en invocar a sus founding fathers, ¿no podríamos los europeos reconocer en Jane Austen a una madre instituyente? Cierto es que en el viejo continente no parecemos tan dados al clamoreo fundacional, sobre todo cuando se trata de adscribirnos a estructuras supranacionales, y que la autoridad de Austen no procede del estampido de los cañones, sino de un oído finísimo para la prosodia social, de una ironía instilada gota a gota, sin envenenar del todo, y de una pluma muy bien templada. Jane Austen es nuestra madre fundadora porque el individualismo economicista que hoy nos rige, esa creencia no discutida de que la persona se agota en su condición de individuo contable y permutable, no nació en ningún laboratorio corporativo ni en despacho alguno de tecnócratas. Se gestó, mucho antes, en los saloncillos provincianos donde Austen urdía sus novelas, allí donde el dinero dejó de ser mera cifra para convertirse en principio moral activo y en eje silencioso de las relaciones humanas, infiltrándose en los vínculos hasta reordenarlos, erosionarlos y, andando el tiempo, disolverlos.

En ese teatrillo doméstico de paseos y meriendas se ensayaban las pedagogías sentimentales del capital, no como doctrina explícita, sino como aprendizaje tácito. De ahí una de las virtudes mayores de Sentido y sensibilidad: al describir ese microcosmos de rentas y expectativas, supo anticipar hasta dónde llegaría la crueldad callada del dinero. Si en Orgullo y prejuicio la inteligencia de Elizabeth Bennet comparece como atributo seductor es porque solo un caletre bien afinado sabe descifrar, además de la letra menuda del contrato matrimonial, el conjunto de servidumbres tácitas que gobiernan la vida entera. Y de ahí asimismo que en la tan inadvertida Persuasión, su novela existencialista avant la lettre, toda madurez se componga de renuncias discretas y silenciosas: allí el tiempo actúa como agente de destilación, hasta el punto de que la soledad de Anne Elliot acaba por decantarse en una forma exaltada de ser, una autonomía parca y sobria.

La sombría Mansfield Park, que anuncia ya la gran novela realista del XIX, plantea una pregunta incómoda: ¿es posible llevar una vida moralmente virtuosa sin que esta resulte aburridamente desabrida? Al cabo, la virtud puede ser tan sosa como el rostro macilento de Fanny Price. ¿Y no es precisamente esa sequedad, esa resistencia sin carisma, la que le permite no venderse en un mundo donde casi todo tiene precio? Aquí Austen ensaya una idea poco grata entonces y también ahora: que la decencia rara vez es atractiva y que la rectitud no suele venir acompañada de ornamentos.

Claro que Austen también enseña que no toda falta procede de la carencia ni todo error se explica por la ignorancia, marcando distancias con las variantes modernas, todas romas, del intelectualismo moral. Verbigracia, la protagonista de Emma, que yerra no por ignorancia, sino por exceso de confianza en su propio entendimiento, y que confunde la inteligencia con el derecho a meter la zarpa donde no nos corresponde. Meticona e impulsiva, manipuladora y esnob, Emma Woodhouse está muy lejos de esas mary sues sin mácula que la ficción reciente dispensa con tanta largueza y es, a mi juicio, un personaje mucho más audaz que todas ellas.

«Su flequillo ondulado campea ufano entre influencers de TikTok y que, en resumidas cuentas, Jane Austen vuelve a molar»

Ahora que se cumplen 250 años de su natalicio, se dice que su flequillo ondulado campea ufano entre influencers de TikTok y que, en resumidas cuentas, Jane Austen vuelve a molar. Pero, bien mirado, ¿no es ese entusiasmo una forma de malentendido amable? Austen no puede volver porque nunca se fue. Su mundo, hecho de obsesiones por las rentas y de conversaciones anodinas que no son, sino fiscalizaciones encubiertas, sigue siendo el nuestro. Jane Austen inventó el siglo XXI desde el XVIII, desde la quietud engañosa de un salón inglés donde nadie alzaba la voz pero todo estaba en litigio. Larga vida a la madre fundadora.

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