The Objective
Álvaro del Castaño

¡Que vivan las 'caenas'!

«Nuestro país continúa el tránsito entre la salvaje descomposición moral del Gobierno y de la amalgama de partidos que lo sustentan, y la apatía de sus votantes»

Opinión
¡Que vivan las ‘caenas’!

Un retrato de Fernando VII.

«Decíamos ayer…»

Unamuno, 1936, expresión que utilizó cuando volvió a dar clase tras un periodo «apartado»

Vivimos en la cómoda intemperie del «que vivan las caenas» (en relación a las «cadenas» —grito del pueblo español al recibir con regocijo la vuelta del absolutismo de Fernando VII tras la guerra de la Independencia—). Para explicarme, me atrevo a llamar la atención del lector sobre la idea que Dostoyevski desarrolla en Los hermanos Karamazov: que los seres humanos no quieren libertad, sino pan, seguridad y autoridad. La libertad es un peso insoportable porque obliga a elegir y asumir consecuencias. Esta idea funciona como una radiografía moral de la sociedad española donde la gente no quiere libertad, sino evitar la responsabilidad.

Querido lector, tras casi un año sin publicar un artículo, me da la sombría sensación de que no ha pasado el tiempo desde entonces. Nuestro país continúa el tránsito entre la salvaje descomposición moral del Gobierno y de la amalgama de partidos que lo sustentan, y la absoluta apatía de sus votantes. 

Pero de esos polvos vienen estos lodos. Porque esos electores no exigen ningún tipo de responsabilidad ni decoro a sus elegidos y no reaccionan ante el tsunami de basura corrupta. Me sorprende, porque un país que tradicionalmente vota por emoción, más que por análisis político o intelectual, debería ser capaz de reaccionar ante la humillación personal que supone que a uno le mientan, le roben, le desprecien y le tomen por incompetente intelectual. Solo me queda pensar que quizá estemos en ese punto de inflexión justo anterior a que se desborde la situación, en el que una última gota de corrupción, de caradura moral o de incompetencia desencadena la rebelión final. 

Con esto en mente uno se da cuenta de que todo encaja a la perfección. Encaja España y por supuesto el régimen político actual. Porque la gente quiere que la liberen del peso de pensar. Quiere libertad sin responsabilidad, autonomía sin consecuencias, ciudadanía sin esfuerzo. Y nuestro presidente, hábil como pocos, ha convertido esa pulsión en arquitectura política. Él no gobierna, sobrevive; no administra, malgasta; no gestiona, otorga comodidad; relata, no resuelve; redistribuye culpas, que en España es un servicio público de gran demanda. Y todo mientras la clase media se va derrumbando poco a poco bajo el peso de inflación, la falta de inversión publica productiva, la escasez de vivienda, de mantenimiento de los servicios públicos y de inversión en infraestructuras. Recordemos que este gobierno está nadando en una abundancia recaudatoria récord, ayudada por la mayor recolección impositiva de la historia (por subidas de impuestos y el robo de la no deflación del IRPF), y por la libre disposición de la mayor distribución de fondos europeos de la historia. Sube el PIB gracias a la inmigración, pero esta mayor riqueza aparente se reparte entre un número mayor de personas, de ahí el empobrecimiento relativo de la población. Dinero no falta, falta gestión eficiente y aumento de la productividad.

«Estamos instalados en un régimen político de ciudadanía delegada, donde esta no exige, no controla, no piensa»

Estamos instalados en un régimen político de ciudadanía delegada, donde esta no exige, no controla, no piensa; pero reclama protección emocional constante: la del relato que les haga sentir bien. Es un ecosistema perfecto para quienes prefieren obedecer antes que cuestionarse. Porque la libertad requiere esfuerzo, determinación y activismo, para protegerla de sus asaltantes. La lucha no es racional sino psicológica. No es «izquierda versus derecha». Es, como decía Fiódor, cobardía versus coraje. La cobardía de renunciar a pensar por uno mismo y el coraje —casi extravagante hoy— de asumir responsabilidad personal.

«Pensar es difícil: por eso la mayoría de la gente prefiere juzgar», decía Carl Jung. Una parte del país ha encontrado en la delegación de la responsabilidad una forma de comodidad, de alivio existencial, y en la crítica descarnada y en la polarización su alimento espiritual. Y cuando uno delega hasta sus convicciones, la política se convierte en un spa ideológico donde todo está acolchado: las culpas, las contradicciones y, por supuesto, las cadenas. La democracia madura es esa que existe cuando sus ciudadanos aceptan que la libertad implica riesgos. Pensar por uno mismo rompiendo las «caenas» —aunque incomode— es un acto de rebeldía moral. 

El día que entendamos que la verdadera batalla se libra en la conciencia, quizá descubramos que la libertad —con todas sus incomodidades— hace más por nosotros que cualquier gobierno.

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