The Objective
Andreu Jaume

La última lección de Chaves Nogales

«Chaves pertenecía en realidad a un país anterior al mito de las dos Españas, una España abierta que no se deja corromper por la peste de las ideologías»

Opinión
La última lección de Chaves Nogales

El periodista y escritor Manuel Chaves Nogales.

En esta gran época, para decirlo al modo sardónico de Karl Kraus, el periodismo ha vuelto a infectarse del delirio demagógico que suele estallar cada vez que las democracias entran en crisis. El lenguaje se pone entonces sin disimulos ni precauciones al servicio de la desgracia, reduciendo las posibilidades de la argumentación a posturas cada vez más enconadas y simples. En un ambiente tan ruidoso y grosero, alivia volver a autores que en su día supieron escribir y opinar con manos frías incluso en tiempos de guerra, cual fue el caso de Manuel Chaves Nogales, de quien la editorial El Paseo acaba de publicar el tercer y último volumen de los Diarios de la Segunda Guerra Mundial, las crónicas que el periodista sevillano redactó durante los años de su exilio en Francia e Inglaterra, magníficamente editadas por la filóloga Yolanda Morató, que ha llevado a cabo una minuciosa y admirable labor de restitución, devolviendo al español unos textos que se concibieron en nuestra lengua y que luego se tradujeron al francés y finalmente se volcaban, a través de distintas agencias, en los idiomas de los periódicos latinoamericanos en que se publicaban.

Hace ya varias décadas que Chaves Nogales resurgió de las cenizas del siglo XX para hablarnos de nuestro viejo presente con una lucidez y una ecuanimidad de las que habíamos estado ayunos durante demasiado tiempo. Como dijo de sí mismo, el periodista era «un ciudadano de una república democrática y parlamentaria», «antifascista y antirrevolucionario por temperamento», «perfectamente fusilable» por unos y por otros. Vista ya en perspectiva, su obra constituye un valiosísimo testimonio de la historia española y europea, en especial de las décadas en que se derrumbaron las democracias liberales y se extendió el totalitarismo en todo el continente.

Su estilo es —se ha dicho ya a menudo— probablemente el más depurado, preciso y desprejuiciado que ha dado la prensa española, tan dada a los excesos retóricos. Pero es que la transparencia de su prosa contiene a su vez una especial complejidad moral y política, puesto que al mismo tiempo que narra consigue aflorar distintas capas de realidad, dejando al lector ante la necesidad de formular su propio juicio. Su gran talento consiste sobre todo en captar el pálpito de la vida a ras de suelo, las voces anónimas que forman la trama de una sociedad, el movimiento acústico de su presente. En ese sentido, su ojo y su oído suelen funcionar como un único órgano en su frase, siempre dúctil, trasunto de su opinión libre, en guardia frente a los extremos, del lado solo de lo irrepetible humano. Otra impagable característica de su periodismo es el sentido del humor, que nunca se deja vencer por el cinismo y aparece cuando menos se lo espera. Hablando en enero de 1933 de la fiebre comunista que se extiende por Andalucía, observa de pronto: «Todo el fervor rusista de los andaluces desapareció en cuanto se enteraron de lo que era la dictadura del proletariado». Chaves siempre se movió con ironía en el tradicional galimatías que ha sido la historia ideológica de este país. Y en ese aspecto también se seguiría sintiendo muy cómodo entre nosotros. 

En la presentación que de esos tres volúmenes hicimos, el pasado día 11 en Barcelona, en la librería Byron —bendita sea— con Yolanda Morató, David González Romero, editor de El Paseo —uno de los mejores sellos independientes que quedan en este país—, acertó a definir la postura política de Chaves Nogales. Preguntado por el tópico de la tercera España, González Romero dijo que Chaves pertenecía en realidad a un país anterior al mito de las dos Españas, una España abierta que no se deja corromper por la peste de las ideologías. Es un diagnóstico muy pertinente porque la inteligencia de Chaves, su cultura política lo mismo que su distanciamiento de toda efusión militante, le han convertido con el tiempo en uno de los pocos autores capaces de articular lo que fue la voluntad política de una mayoría. Como solía lamentarse Julián Marías, la Guerra Civil terminó siendo un enfrentamiento entre dos bandos —falangistas y comunistas— que tenían muy poca o nula representación parlamentaria. El fracaso de la República consistió —como antes el de la Monarquía— justamente en no saber defender ese espacio gris constitutivo de lo civil que, una vez desaparecido, permite a los absolutos hacer realidad su infierno. 

Los tres volúmenes de crónicas de la Segunda Guerra Mundial que ahora tenemos el privilegio de leer, gracias al trabajo pionero de Yolanda Morató, que ha conseguido restaurar el lenguaje de Chaves mediante herramientas digitales con las que ha sistematizado y ampliado su conocimiento filológico del estilo del autor, arrojan mucha luz con respecto a los «años perdidos» del periodista, cuya biografía ha sido a menudo distorsionada por la mitomanía y la leyenda. Chaves abandonó España en 1936 y se trasladó a Francia, donde empezaría su colaboración con agencias de noticias y periódicos latinoamericanos, la actividad que se recoge en estos tres volúmenes, que reúnen unas seiscientas piezas inéditas. Cuando la Gestapo estaba pisándole los talones por sus artículos contra Hitler, Chaves Nogales emigró a Londres, donde proseguiría su trabajo hasta que la salud se lo permitió.

La restitución lingüística de Morató con estos textos también puede leerse como una reposición moral, como si el periodista sevillano, gracias a esa operación, nos estuviera cableando desde la urgencia de su tiempo estas crónicas de la agonía de Europa a nuestro propio presente amenazado. Es verdad, como se ha dicho, que estas piezas están condicionadas por la propaganda aliada, que quería contener la influencia nazi en Latinoamérica. Pero como bien ha dicho Carlos Mármol, descendiente de Chaves en tantos aspectos, «no hay periodismo sin condicionantes». Lo verdaderamente notable es comprobar que, por encima de la misión publicitaria, acaba singularizándose a menudo la voz testimonial e irreductible de un periodista que compartía las ideas que defendían sus clientes. El relato, sobre todo, de la eficacia con que la sociedad civil aborda y resuelve el día a día durante el Blitz en Londres, es muy vívido y cercano, lleno de esa autenticidad que difícilmente puede impostarse: «Mientras Londres contempla los cráteres abiertos en sus calles, las fachadas de sus edificios acribillados por la metralla, las grandes grietas abiertas en sus monumentos, las vidrieras rotas de sus centenarios templos… Londres sabe que se convierte en una ciudad digna de respeto y la admiración de los hombres. Vivir ahora en Londres es sentir en toda su plenitud la dignidad de ser hombre». 

«Chaves ofrece una visión complementaria a su libro La agonía de París, escrito ya en Londres, demostrando a su vez el décalage que puede haber entre el registro cotidiano de los acontecimientos»

Antes, en el primer volumen, el que reúne las piezas de París, Chaves ofrece una visión complementaria a su libro La agonía de París, escrito ya en Londres, demostrando a su vez el décalage que puede haber entre el registro cotidiano de los acontecimientos y su posterior análisis, ya con mayor información acerca de las causas de la ocupación. Como ha dicho también Carlos Mármol, «el periodismo no es genéticamente libre, sino posible». Y son justamente los límites de esa posibilidad los que se dibujan en estos libros. El tercer volumen incluye las últimas crónicas escritas entre 1942 y 1944, donde Chaves da cuenta de la batalla de Stalingrado, el frente norteafricano o la Italia asediada por los aliados. Esta serie hace soñar con lo que podría haber sido el relato de Chaves Nogales del desembarco de Normandía —murió un mes antes— o la liberación de París. Y también permite hacerse una idea de sus proyectos finales, como las semblanzas de exiliados iberoamericanos en Londres en las que estuvo trabajando durante sus dos últimos años de vida.

El título de Diarios de la Segunda Guerra Mundial resulta, sobre todo después de la lectura, muy acertado, puesto que uno tiene la sensación de estar leyendo los diarios del momento, con la tinta aún fresca, esa captura efímera de lo que acontece bajo el relámpago del peligro y que todavía no es historia, pero que ahora, gracias a estos libros creados por su editora, amplían e incluso enmiendan el relato establecido por la historiografía tanto con respecto a la guerra como a lo que se refiere a la biografía del autor. Al final del tercer volumen, por cierto, se incluyen algunas entrevistas y semblanzas de Chaves. Hay una, fechada en septiembre de 1943, anónima, que empieza con lo que podría ser el mejor epitafio para aquel ciudadano ejemplar: «Un periodista. Se aconseja no buscar al héroe, ni al brillante literato, ni al sabio, ni al histrión. Un periodista».

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