Un espresso contra el bostezo
«La cuestión siempre es dominar el relato, pero la realidad es que ya no le quedan grandes trucos. Ni siquiera parece conservar demasiados suplentes en el banquillo»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Se suele recurrir al tópico, que por más reiterado que sea no deja de tener sentido. El tópico es aquel mal que acaba afectando, con el paso del tiempo, a todos los presidentes del Gobierno de España. A todos los moradores de la casa presidencial. El síndrome de la Moncloa. El del presidente que pierde contacto con la realidad, que pierde el pulso de lo que ocurre en las calles, de lo que sienten, grosso modo, las familias españolas.
Coinciden la mayoría de los analistas —también aquellos que el PSOE considera (o consideraba) afines— en describir a Pedro Sánchez como un presidente que ha perdido pie. Basta observar su exhibición de orgullo, con el habitual estilo perdonavidas, al comienzo de esta semana. Podrá seguir asegurando que España va como una moto, pero hace tiempo que no le quedan monedas para pagar el peaje.
El escuálido presidente, que no logra ocultar su evidente desgaste físico, quiso mostrar fortaleza en un dramático final de año para el Gobierno. En una legislatura desasosegante. En la crónica de una agonía. Un presidente que adelantó el tradicional repaso anual, ese ejercicio de autoelogio con aroma a turrón. No quiso hacerlo el lunes 22, consciente de que las elecciones en Extremadura, tierra otrora socialista, se dan por perdidas, y así evitaba dar respuestas.
Pero llegaron los registros en varias empresas públicas, la detención de Leire Díez y del expresidente de la SEPI, y el asunto Plus Ultra volvió a saltar al primer plano. Nada de eso importó: el presidente sigue sin responder a las dudas, ni sobre las corruptelas que vamos conociendo, ni sobre la tardía —y negligente— actuación de Moncloa y Ferraz ante los presuntos casos de acoso sexual que estallaron, con Salazar, hace meses.
Se dice que el presidente ha sucumbido al síndrome de la Moncloa. Y no creo que sea correcto afirmar que desconoce la realidad. Claro que la conoce. Claro que es lo suficientemente inteligente como para saber que la moto económica española de la que presume no se refleja en los hogares. Claro que sabe que el daño del «Me too» del PSOE abre un boquete enorme en su electorado. Por supuesto que es consciente de que está acorralado, de que su posición es límite y de que su credibilidad se mueve en niveles de subsuelo.
Quizá sea ahora, cuando una parte de la prensa afín empieza a mostrarse crítica con el Gobierno, cuando Sánchez —al que ya solo le queda su fiel TVE— pueda ir afinando su comprensión de la realidad. Porque el problema del presidente no es el desconocimiento, sino los elogios constantes que se le han brindado. Los que le han hecho creer que, pase lo que pase, siempre actuaba bien.
La última mascarada: el bono de transportes. Antes lo intentó arremetiendo contra el presidente de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello. Como si los curas no pudieran tener opinión sobre la vida pública y expresarla. La cuestión siempre es dominar el relato, pero la realidad es que ya no le quedan grandes trucos. Ni siquiera parece que conserve demasiados suplentes en el banquillo.
Y los elogios mediáticos se agotan, salvo —reitero— la corporación pública y algún panfletillo cercano. Será curioso observar cómo muchos sanchistas, de un día para otro, se convertirán en denodados antisanchistas. Y serán capaces de decir: «No le conocía en su faceta personal». El presidente, cual actor de telenovela, bostezó fingidamente. Porque la prensa —otro clásico de los líderes del Ejecutivo— no valora lo bueno que hace su Gobierno. Siempre le quedará L’Espresso, para ser el hombre del año, y un espresso servido en taza. Y así combatir el bostezo.