La UCO presenta su propia moción de censura
«Para qué perder el tiempo con debates sobre debates si el día a día de la política española es ya una moción de censura continua y permanente»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Se agota la leyenda del invencible. Ni siquiera Pedro Sánchez, el mayor talento para el embuste que ha dado la política española contemporánea, ha podido engañar a todo el mundo todo el tiempo. El otrora imbatible campeón del Manual de resistencia, el pícaro-mago al que le salían casi todos los trucos, es ya solo un náufrago que bracea desesperadamente entre los cadáveres de sus antiguos hombres de confianza, intentando prolongar todo cuanto pueda la agonía de su gobierno.
Su propia cara, demacrada y macilenta, como la del Cristo de la Buena Muerte que sacan en procesión en la Semana Santa zamorana, es el espejo de ese hundimiento, de esos estertores finales a los que está llegando su administración. Ni siquiera la cofradía del ‘intxaurrondismo’, con sus tertulias de garzones y su servil sobreesfuerzo para tapar, desviar o contraprogramar, tiene ya capacidad para maquillar la imagen de un presidente tan desprestigiado.
Nada se puede esperar ya de esta legislatura. El sonido dominante en este tramo final del mandato es ya el de las sirenas de los furgones policiales camino de Soto del Real. Los guionistas de la Moncloa también han perdido el control sobre el relato y la única narrativa que triunfa es la de los informes de la Guardia Civil que caso a caso van cartografiando todas las fuentes de corrupción de la era sanchista.
Todo queda al albur de los tribunales y de lo que canten los Abalos y los Koldos y, quién sabe si las Leyres y los Salazar, porque como se ha demostrado en la reciente historia de la corrupción en España, los Luises dejan de ser fuertes en cuanto intuyen que pueden acabar con sus huesos en prisión.
Oficialmente, aún quedan al menos 19 meses para volver a las urnas, pero la política nacional ha entrado en una larga vigilia en la que las grandes decisiones de país están y seguirán paralizadas. Ni se aprobarán leyes importantes, ni habrá Presupuestos Generales. Y lo poco que salga adelante tendrá como único fin la busca del voto clientelar de las clases pasivas o pagar alguna deuda atrasada que reclamen los socios independentistas para salvar alguna votación de urgencia.
Para llenar este largo tiempo de espera, políticos, politólogos y periodistas se entretienen discutiendo interesadamente sobre la conveniencia de que el Partido Popular presente una moción de censura contra Pedro Sánchez, aunque carezca de votos para salir triunfante.
Los hay que lo hacen incluso de buena fe, asegurando que la repercusión pública de ese debate ayudaría a mejorar la imagen de Alberto Núñez Feijóo, aportándole una proyección institucional de gobernante preparado, de la alternativa que está a punto de llegar. Para ello se invoca la moción de censura que Felipe González presentó en mayo de 1980 contra Adolfo Suárez que, aunque fracasó numéricamente, le catapultó para ganar las siguientes elecciones generales de octubre de 1982, con una mayoría absoluta de 202 escaños.
Se ignoran que las circunstancias del país y de la política son ahora muy distintas. En 1980, la UCD era ya un edificio punto de reventar por las rivalidades internas de sus facciones, mientras que Felipe González, a pesar de su carisma y de sus grandes dotes políticas, aún provocaba muchos recelos en amplias capas sociales. De hecho, solo unos meses antes, en septiembre de 1979, había ganado el Congreso extraordinario en el que el PSOE sepultó definitivamente el marxismo como ideología oficial del partido. Por eso consideró que tenía que dar un paso más y trasladar a la ciudadanía una imagen moderada, pragmática y presidenciable, objetivos que consiguió plenamente con la moción de censura.
Pero lo que le sirvió a Felipe González para llegar a la presidencia del Gobierno, le costó la carrera política a Antonio Hernández Mancha, cuando presentó una moción de censura improvisada y mal preparada contra el líder socialista en 1987. Tampoco Núñez Feijóo tiene ahora nada que ganar. Las permanentes presiones de Vox —su rival electoral más encarnizado en estos momentos— para que la presente ya es un primer motivo para descartarla, pero además hay otros. Una moción de censura fallida sería convertida por el sanchismo en una especie de moción de confianza espuria, resaltado que pese a todo el Gobierno mantiene la mayoría de los votos de la investidura.
Además, este tipo de debates deben su impacto al posicionamiento de los medios de comunicación, que en el caso de los públicos y progubernamentales se volcarían para defender al censurado y desacreditar a Núñez Feijóo, incluso hasta el límite del Código Penal.
Tampoco tiene sentido seguir alimentado la quimera de la moción de censura con el apoyo de Junts y de Carles Puigdemont. El fugado pone un precio tan alto que los populares ni pueden ni deben pagarlo si quieren seguir siendo el partido mayoritario de la derecha española. Feijóo no puede normalizar la Ley de Amnistía, ni dar su conformidad ni a uno solo de los otros acuerdos suscritos con el PSOE en el llamado Acuerdo de Bruselas.
Por eso, que la moción de censura, más que una herramienta práctica para esta coyuntura, se ha convertido en un simple fetiche político. Si su objetivo es desgastar al Gobierno, la oposición dispone de los plenos de control, de las comisiones de investigación del Senado y de otras herramientas parlamentarias.
Entonces, para qué perder el tiempo con debates sobre debates si el día a día de la política española es ya una moción de censura continua y permanente. Todo lo que pueda argumentar Feijóo desde la tribuna del Congreso ya está en los informes de la UCO, en las sentencias del Tribunal Supremo o en los autos de los Juzgados de Instrucción o de la Audiencia Nacional. Con todo, lo más efectivo en el desmoronamiento del sanchismo es el fuego amigo, ese sálvese quien pueda, esa situación nueva en la que Pedro Sánchez cada vez puede fiarse de menos gente, como se ha visto en el caso Salazar, porque los aduladores de antaño, en cualquier momento, se pueden convertir en los testigos de cargo de ahora.