Feijóo y la juez de la dana
«El líder del PP resulta más interesante para la juez instructora que todo el Consejo de Ministros junto, lo cual dice poco del Consejo y bastante de la instrucción»

Ilustración de Alejandra Svriz.
En una catástrofe natural con víctimas mortales, daños millonarios y una gestión pública que todavía hoy acumula más sombras que certezas, uno podría pensar —ingenuamente, casi con candidez infantil— que el foco informativo, político y judicial estaría puesto en quien gobierna. O en quien se supone que gobernaba. O al menos en quienes tenían competencias directas, presupuestos, ministerios, secretarías de Estado y una maraña administrativa tan espesa como irresponsable. Pero no. En la instrucción de la dana de Valencia, el personaje central de las últimas dos semanas no ha sido Pedro Sánchez. Tampoco Teresa Ribera, entonces ministra de la cosa —o de lo que quede de ella—. Ni un alto cargo del Ministerio, ni un director general, ni siquiera el bedel del edificio de Medio Ambiente, sea cual sea su nombre esta legislatura. El protagonista absoluto ha sido Alberto Núñez Feijóo.
Sí, Feijóo. El líder de la oposición. El hombre que no gobernaba, no gestionaba emergencias, no activaba protocolos ni firmaba resoluciones. Pero que, según parece, resulta más interesante para la juez instructora que todo el Consejo de Ministros junto, lo cual dice poco del Consejo y bastante de la instrucción. Un caso de meteorología judicial inversa: cuanto más lejos del poder ejecutivo, mayor atención procesal.
La causa de la dana se abrió, en teoría, para depurar responsabilidades sobre su gestión desde las administraciones públicas. La valenciana y la estatal. Hace casi un año. Un año de espera para las víctimas, para sus familias, para quienes perdieron casas, negocios o la tranquilidad. Un año que debería haber servido para aclarar quién falló, cuándo falló y por qué nadie respondió a tiempo. Sin embargo, a día de hoy, lo que parece claro es que a la instrucción le importa más el Ventorro que el BOE. Más la sobremesa que el protocolo de emergencias. Más el anecdotario que la cadena de mando.
Porque la deriva es ya abiertamente preocupante. La juez parece más interesada en desentrañar qué hizo o dejó de hacer Carlos Mazón en un restaurante que en todos los demás actores con responsabilidades. Si había un baño en el reservado. Si existía un aposento discreto. Si el presidente de la Generalitat —entonces— pudo o no saciar hipotéticos instintos pasionales. Como si estuviéramos ante un spin-off judicial de Sálvame, pero con toga, sello oficial y diligencias previas.
«Nadie pregunta con quién habló Pedro Sánchez el día de la dana. Cuántas veces llamó para interesarse por los valencianos»
Uno no sabe si el sumario acabará incluyendo la carta de vinos o el orden de los entrantes. Si se citará a declarar al camarero o al cocinero. O si se abrirá una pieza separada para determinar si el jersey se lo puso allí, en el semáforo o en el coche oficial. Todo muy edificante. Todo muy útil para quienes enterraron a un familiar.
Mientras tanto, el Gobierno central observa en silencio. Un silencio cómodo. Estratégico. Porque cuando la justicia mira hacia la oposición, el poder respira. Y cuando la instrucción se entretiene en lo accesorio, lo esencial queda en fuera de plano. Nadie pregunta con quién habló Pedro Sánchez aquel día sobre la dana. Cuántas veces llamó para interesarse por los valencianos. Qué hizo en la noche del 29 al 30 de octubre. Por qué no se activaron los mecanismos de emergencia por parte del Gobierno hasta pasadas las 72 horas. Por qué las competencias se diluyeron como el barro tras la riada. Pero Feijóo declara. Eso sí. No vaya a ser que se nos escape algo importante.
No es solo una cuestión política. Es una cuestión de respeto. Respeto a las víctimas y a sus familias. Respeto al sentido mismo de una instrucción judicial que debería buscar verdad y responsabilidades, no titulares ni morbo. Convertir una tragedia en un corral donde lo único relevante es la escenografía personal de un dirigente autonómico y de su jefe en el partido es una forma de banalización especialmente cruel, aunque venga envuelta en solemnidad judicial.
La justicia no está para entretener ni para marcar agenda mediática. Está para esclarecer hechos. Y cuando la instrucción se convierte en un ejercicio de distracción selectiva, algo falla. Y mucho. La dana de Valencia merece rigor, no cotilleo. Merece respuestas, no chascarrillos procesales. Y merece que, al final del camino, se haga justicia con quienes lo perdieron todo. No que se archive la verdad entre servilletas, baños reservados y jerséis mal colocados.
Porque si de esta causa solo sale un retrato costumbrista, no habremos aprendido nada. Y las víctimas, otra vez, quedarán sepultadas bajo el barro. No el de la riada. El otro. El del reality judicial.