Pradales en fin de año
«Se mostró quejoso, claro, y reprochó a Madrid su retraso en las competencias comprometidas y pendientes de transferir»

El lehendakari Imanol Pradales ofrece su Mensaje de Fin de Año. | Irekia (EP)
La costumbre del mensaje navideño del mandamás la impuso Franco y la han seguido los dos jefes del Estado que le han sucedido a título de Rey: Juan Carlos I y Felipe VI. Es una característica de nuestra España de hoy que desde sus orígenes se ha replicado esta costumbre en cada uno de los reinos de taifas que hemos dado en llamar comunidades autónomas. Cada lehendakari o presidente de las 17 autonomías se ve a sí mismo como un pequeño rey, como aquella criatura de Otto Soglow que leíamos en el TBO de aquellos años.
En el caso del nacionalismo vasco, esto es especialmente sensible, quizá porque el sueño húmedo de todos ellos, que repiten sin desmayo (los vascos nunca hemos tenido rey) es rigurosamente desmentido por la historia desde la Edad Media según la tradición juradera. El rey juraba guardar los fueros principalmente bajo el árbol de Guernica, frente a la Casa de Juntas y junto a la ermita de Santa María la Antigua. En compensación, los junteros lo acataban como señor de Vizcaya. Hay que tener en cuenta que, incluso etimológicamente, la figura del lehendakari es un concepto monárquico: lehen, en vascuence significa primero, lo mismo que monarca viene del griego y quiere decir gobernante único.
O sea, que si el Rey dirigió su discurso de Navidad a sus súbditos la pasada Nochebuena, el lehendakari Pradales pronunció el suyo ayer, aunque a una hora más bien rara: a las 15.35. Luego siempre pasa lo que pasa. Ya habíamos advertido que el mensaje del Rey se despachaba con algún apremio, y después de noticias que a los responsables de ETB les debían de parecer de más enjundia, (este año fue que estamos pasando las Navidades más frías de los últimos 15 años).
El Rey habló de las cuestiones que, en la opinión de uno, importaban y preocupaban a la ciudadanía, con referencias a la Transición, a la vigencia de la Constitución, al populismo, a la corrupción, a la división por la acción de los extremismos. Pradales se centró más en la cuestión fundamental para los nacionalistas, el autogobierno.
Unos días más tarde, suele comprobarse que, a pesar de que la televisión pública vasca no emitió el mensaje del Rey y sí el del lehendakari, el primero tuvo más audiencia entre los vascos que el segundo.
Es inevitable, un Rey es un Rey, y en esto pasa como en la comparación de esa especie de Santa Claus autóctono, el Olentzero, que lleva notable ventaja en el calendario frente a los Reyes Magos, que traen sus regalos a niños ya en la puerta de salida de las Navidades. A mediados de los años 90, le añadieron una novia o una compañera, Mari Domingi, por el aquel de fomentar la igualdad de género. Claro que en ningún caso puede compararse, en punto a magia, la de un carbonero borrachín, que es el Olentzero, con unos Reyes Magos y que vienen de Oriente.
La cosa se queda inevitablemente corta. Fui testigo directo en la cabalgata de Reyes de 1993 y ya se podía notar una diferencia conceptual notable. No íbamos en carroza, sino en carretas tiradas por vacas, que viene a ser otra cosa.
El lehendakari Imanol, Pradales por parte de padre y Gil por parte de madre, hizo un discurso sentido, en el que se dirigió a las personas migrantes, «que habéis llegado a Euskadi en busca de un futuro mejor». Y los cuantificó: «A principios de siglo erais 30.000 y ahora sois 300.000». Es una cuenta un poco rara. El País Vasco ha sido un polo de atracción para la mano de obra de toda España desde que la minería y la Revolución industrial crearon muchos puestos de trabajo. Hubo una gran oleada migratoria a comienzos del siglo XX, seguida de otra aún mayor entre los años 50 y 70 de dicha centuria, en los que la población se duplicó de un millón a dos, según la muy autorizada opinión de Juan Pablo Fusi. El propio lehendakari es producto de esas inmigraciones, como vienen a relatar sus apellidos.
Se mostró quejoso, claro, y reprochó a Madrid su retraso en las competencias comprometidas y pendientes de transferir, 20 competencias que completarían el Estatuto, pero sobre las que el Gobierno español se llama andanas. «Vamos tarde y la paciencia se agota», advirtió. También se quejó de que en su opinión el euskera se encuentra cuestionado por varias sentencias judiciales. O sea, lo de siempre.