The Objective
José Luis Pardo

Teoría de los Reyes Magos

«Mayor de edad es quien tiene sentido de la realidad y sentido de la ficción (el suficiente, al menos, para jugar con sus hijos a la ficción de los Reyes Magos)»

Opinión
Teoría de los Reyes Magos

El Rey Baltasar durante la Cabalgata de los Reyes Magos. | Europa Press

Para Andreu Jaume:

A primera vista podría parecer asombroso que los mayores «engañemos» a los niños jugando con ellos a la existencia de los Reyes Magos, y que lo hagamos sin otra finalidad aparente que la de arruinarles más tarde esa ilusión revelándoles su inexistencia. Solo con ellos podemos experimentar la inocencia característica de la minoría de edad, que no consiste en otra cosa que en la difuminación de las fronteras entre lo real y lo imaginario.

Antes de que estas fronteras estén fijadas, la ficción no solamente puede tomarse por verdadera, sino que —dado que suele ser más bella y perfecta que la realidad— llega a ser vivida como una verdad más auténtica que toda verdad, tan infalible como la inexorable llegada de los Reyes Magos cada 6 de enero. Esa inocencia es la razón por la cual hay que tomar precauciones antes de «conceder la palabra a los niños», antes de pedirles u otorgarles responsabilidades (por ejemplo, en un proceso electoral o judicial) o mantener los fármacos y las tarjetas de crédito fuera de su alcance. En consecuencia, el ingreso en la mayoría de edad consiste en adquirir el conocimiento de la diferencia entre la realidad y la ficción o, en otras palabras, la verdad de una ficción no consiste en otra cosa más que en su mostrarse finalmente como juego y nada más que juego.

Ahora bien, para revelarse como mero juego necesita tiempo; requiere, como las frutas, maduración. Es un descubrimiento muy delicado, que el descubridor identificará en un principio con una auténtica faena, y por ello es importante elegir el momento en que un menor está suficientemente maduro como para revelarle la condición de ficción de los Reyes Magos (y de todas las demás ficciones), y es peligroso intentar «explicárselo» antes o después del tiempo propicio.

Si se hace demasiado tarde, se corre el riesgo de que el niño se resista a crecer y se frustre lo que Aristóteles llamaba «el progreso hacia sí mismo». Comenzaría entonces lo que Kant llamaba una «minoría de edad» que ya no es inocente, sino culpable, y que tiene muy poco que ver con la infancia y mucho con la degradación de las relaciones sociales: la de quienes distinguen perfectamente la realidad de la ficción, pero rechazan la distinción y juegan a eludirla.

El ejemplo perfecto de «minoría de edad culpable» es el déspota. Quienes necesitan imponer una ficción para mantener su poder, como es el caso de los tiranos grandes y pequeños, no solo actúan como si fuese verdadera, sino que hacen todo lo que está en su mano para ocultar todas las evidencias que se acumulan en su contra, si es preciso mediante la violencia.

«El déspota perpetúa artificialmente su infancia mediante la coacción»

El déspota juega a un juego que no tiene nada de inocente y en el que todo le está permitido, perpetúa artificialmente su infancia por el único procedimiento que en este mundo es capaz de hacer pasar una ficción por realidad después de cierta edad, a saber, la coacción mediante la que deroga la diferencia entre lo real y lo imaginario y obliga a sus súbditos a abrazar su fábula como la única confesión verdadera, pues necesita mantener a sus víctimas en la condición de «menores» para que puedan seguirle el juego.

Por el contrario, si el secreto de los Reyes Magos se revela demasiado pronto, puede producirse otra forma no menos maligna de «corrupción de la juventud». Quien hace esta revelación apresurada confunde la ficción con una falacia más falsa que toda falsedad. Supone que los pequeños están reflexivamente convencidos de que los Reyes Magos viajan todos los años desde Oriente guiados por una estrella y se las arreglan para leer todas las cartas –‍incluidas las que no han llegado a ser escritas– y para conocer la conducta moral de cada uno de sus remitentes, para dejar o no regalos a todos los niños del mundo (al menos del mundo católico), y todo ello sin llegar a ser vistos por nadie. Así que intenta sacarles de su error del mismo modo que un científico refuta una teoría falsa de un colega: mostrando contraejemplos empíricos («¿no ves que es tu padre, o el vecino, o el alcalde, o un figurante el que está disfrazado de rey Baltasar?», etc.).

Pero se da de bruces contra la evidencia de que todas estas pruebas son insuficientes para minar la confianza del niño en la llegada de los Magos, porque su creencia en ellos no es especulativa, sino pragmática; no se trata de una hipótesis o una «teoría» como las que confeccionan los adultos: se apoya únicamente en la reiterada experiencia de que, año tras año, la casa se llena de regalos el 6 de enero, del mismo modo que la confianza del viandante en la llegada del autobús no se basa en un conocimiento teórico del estado de la circulación o de los dispositivos de funcionamiento de la tracción mecánica o del motor de explosión, sino en una expectativa repetidamente recompensada.

Nace así una estirpe de adolescentes que se toman a sí mismos por adultos, pues así como es característico de los niños el confundir la ficción con la verdad, es característico de los adolescentes a quienes se revela el carácter ficticio de los Reyes Magos el considerar tal ficción como una falsedad. Si el déspota es un adulto que se finge niño, el adolescente es un niño que se finge adulto. Y también en política hay una forma de tiranía propia del «adolescente culpable» (el que sigue siéndolo deliberadamente después de la adolescencia), la que prohíbe a los padres jugar a ser reyes (y mucho más si son magos) o a los ciudadanos jugar a ser firmantes de uno solo y el mismo contrato social, la que proscribe toda ficción que no esté previamente censurada como peligrosa superstición y adaptada a la verdad oficialmente impuesta, y la que entrega a los menores las llaves de la caja fuerte y del armario de las medicinas.

«No se puede ser padre ‘de verdad’ sin ser ‘un poco’ o ‘en cierto modo’ (es decir, imaginariamente) Rey Mago»

Como en aquella película de los hermanos Marx que acaba de cumplir 90 años, la declaración «No existe Santa Claus» (there ain’t no Santa Claus) se confunde con «no hay cláusula de sensatez» (there ain’t no sanity clause), porque es tan insensato convertir la realidad humana en ficción como extirpar la ficción de la realidad humana. Una sociedad de adultos que se fingen niños no es más deseable que (ni, en el fondo, claramente distinguible de) una sociedad de niños que se fingen adultos.

Dicho más claramente: el descubrimiento de que la ficción no es verdadera solo conduce a la mayoría de edad cuando se acompaña del conocimiento de que tampoco es falsa. Que no sea verdadera no significa que no haya en ella nada de verdad. Descubrir que «los Reyes Magos son los padres» es también descubrir que los padres son Reyes Magos. No lo son, desde luego, literalmente, porque —salvo casos excepcionales— no pueden reproducir todas sus maravillosas propiedades, pero sí lo son en sentido figurado, o sea como ficción. Y esa ficción, ese suplemento imaginario, es un requisito imprescindible para ser padres «de verdad», o sea, para ser unos padres verosímiles, como lo son únicamente los que pueden jugar a esa fábula con sus hijos. No se puede ser padre «de verdad» sin ser «un poco» o «en cierto modo» (es decir, imaginariamente) Rey Mago.

Así pues, la mayoría de edad puede identificarse con la lucidez acerca del carácter ficticio de la ficción, o sea su revelación como aquello que no puede ser verdadero ni falso. El sentido común que se atribuye a la condición de adulto no es sentido de la realidad sino en la medida en que es también sentido de la ficción: mayor de edad es quien distingue entre ficción y realidad, quien reconoce el valor de la ficción precisamente en cuanto ficción, razón por la cual es tan importante haber escuchado de niño historias fantásticas para luego llegar a ser adulto, haber «creído» pragmáticamente en los Reyes Magos para luego poder disfrutar y aprender de las artes y las letras todo eso que define lo humano en sus dimensiones sociales, morales, filosóficas y estéticas.

Los adultos son quienes saben, no que la ficción es falsa (porque no lo es), sino que no es ni verdadera ni falsa, porque mayor de edad es quien distingue el arte de la naturaleza, quien tiene sentido de la realidad y sentido de la ficción (el suficiente, al menos, para jugar con sus hijos a la ficción de los Reyes Magos durante algún tiempo).

Contra ambas formas de minoría de edad pervertida, seguía diciendo Kant, solo hay un remedio: la ilustración, que no es sino el abandono por parte del hombre adulto de una minoría de edad de la que él mismo es culpable. No es ilustrado quien suprime de la realidad las sombras de lo imaginario, sino quien ha dejado de tenerles miedo a las sombras. La «sorpresa» que nos da cada año el roscón de Reyes, aunque revista diversas y a veces estrafalarias formas, nos revela que somos humanos, o sea (como decían los antiguos con expresión a la vez más precisa y más bella) mortales. Por eso la realidad no nos basta, o quizá nos sobra. Y por eso nuestra realidad no lo es sin la ficción.

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