The Objective
Ignacio Vidal-Folch

Verstrynge o la autoindulgencia de la edad

«Para no avergonzarse de sí mismo, uno se inclina a pensar que aquel joven que fue, con sus firmes ideas y sus ciegas pasiones, era una persona diferente»

Opinión
Verstrynge o la autoindulgencia de la edad

Jorge Vestrynge durante la grabación de 'El purgatorio'. | Kevin Borja

Para empezar el año he estado echando una mirada a la prensa española y lo que más interesante me ha parecido es la entrevista que hace 15 días le hizo THE OBJECTIVE a Jorge Verstrynge. Interesante como reveladora de ciertas tendencias autoindulgentes y de contradicciones irremediables que suelen aquejar a muchas personas de cierta edad, como el entrevistado (nacido en Tánger en 1948). Vaya por delante que me parece una persona inteligente y esencialmente agradable, civilizada (¡esto ya es mucho, hoy día!).

Aunque terriblemente equivocada. Qué se le va a hacer. Eso es moneda corriente. Pocos son los que, alcanzada una cierta edad, pueden jactarse de no haberse equivocado nunca, ni haber tenido que decir: «Retiro lo escrito».

La percha –por usar un término periodístico: la percha, o sea, lo que conecta el artículo a la actualidad—, la percha de la entrevista que el lector de este diario puede leer todavía on line, es la publicación de unas memorias de Verstrynge (en adelante, V.) tituladas Memorias de un transeúnte. No las he leído, pero seguramente serán interesantes, ya que el autor es un personaje cosmopolita, que ha vivido en Francia, en Marruecos, en España, y además ha militado sucesivamente en todas las trincheras del espectro político.

V. empezó como facha total, luego fue delfín de Manuel Fraga, o sea de la derecha postfranquista y democrática, a finales de los años ochenta ingresó en el PSOE, partido socialdemócrata del que se dio de baja al cabo de unos años por desacuerdos sobre su postura en las guerras yugoslavas y en la primera de Irak. Y ha acabado en el comunismo.

En esta deriva hay que reconocerle a Verstrynge el mérito de la imprevisibilidad y de la originalidad, pues más habitual es pasar de unas juveniles adherencias a las izquierdas, en la época en que uno no tiene absolutamente nada y por consiguiente desprecia el orden establecido; pero en cuanto consigue afianzarse en una posición medianamente acomodada, o sea en cuanto posee algo, quiere a toda costa conservarlo, y por ende se adhiere al credo conservador. ¡Exactamente lo contrario de lo que él ha hecho! ¡Bravo!

«Si la vida es relativamente larga, tiende a contradecirse consigo misma»

Aunque tampoco es que sea tan, tan original: ancianos hay que después de llevar una vida de orden estricto y sumisión bovina, y una vez ya asegurada una jubilación sin riesgos, entonces se permiten el lujo de las opiniones revolucionarias y antisistema. Y entonces venga a salir a la calle a gritar «¡No hay derecho!». Coqueterías de la edad provecta.

Entiendo que una entrevista, especialmente si es larga como las que practica Padilla, es un género que implica improvisación en las respuestas, es difícil acabarla manteniendo cierta coherencia con lo que se dice al principio. Por cierto que así pasa también con la vida: si ésta es relativamente larga, tiende a contradecirse consigo misma. Le da tiempo para desmentirse.

Entonces, para no avergonzarse de sí mismo, uno se inclina a pensar que aquel joven que fue, con sus firmes ideas y sus ciegas pasiones, era una persona diferente a la que ahora incluso le cuesta entender. No es que uno haya ido cambiando con las enseñanzas de la edad, es que uno es otro. Soltamos la lealtad a nuestra propia juventud como en un globo aerostático se suelta lastre para no irse a tierra.

Ahora bien, es llamativo el aplomo con el que V, que ha sido de derechas, de centro, de izquierdas, comunista y mediopensionista, recomienda a la gente de su edad que guarde silencio, porque sus opiniones estorban: «Felipe [González] y Aznar estarían mejor callados. ¡Déjalo ya, hombre!»

«¿Por qué ha de ser menos interesante lo que diga un septuagenario o un octogenario con experiencia que lo que diga un adolescente?»

Bueno, Felipe nació seis años antes, y Aznar cinco años después que V. No es que esos dos expresidentes se pasen los días proporcionando titulares tremebundos, pero siguen disfrutando del democrático derecho de expresión, que hasta ahora a nadie se le ha negado por el hecho de haber llegado a la edad bíblica, y siguen haciendo uso de él. ¿Por qué tendrían que «dejarlo»? ¿Por qué ha de ser menos interesante o provechoso lo que diga un septuagenario o un octogenario con experiencia que lo que diga un adolescente que apenas sabe cómo funciona el mundo, pero en no pocos casos está convencido de que tiene la fórmula para que funcione como debe ser?

¿No será, estimado señor V., que deberían callarse porque a usted no le gusta lo que opinan?

Responde V.: deberían callarse, porque ellos, Felipe y Aznar, son los que o están entre los que nos han traído aquí. (Aquí, entiendo: a esta situación de precariedad y desesperanza, a la crisis sistémica, al endeudamiento nacional, a esta apariencia de bienestar y vísperas de la catástrofe. Sí, yo también creo que la situación es insostenible).

Vale, pero precisamente si ellos nos han llevado hasta aquí, ¿no es más fácil que tengan ideas de cómo sacarnos de este callejón sin salida, que no que las tenga alguien que cada diez o 15 años ha cambiado de opinión como una veleta que gira al compás del viento que sopla?

«¿Por qué debería ser más plausible lo que piensa hoy Verstrynge que lo que sostenía hace 20, 30 o 40 años?»

Hay aquí una cuestión metafísica. ¿Por qué debería ser más plausible lo que piensa y sostiene hoy V., hoy, cuando, por usar sus propios términos, tendría que «dejarlo»… que lo que pensaba y sostenía hace 20, 30 o 40 años, que era exactamente lo contrario?

¿Cuándo se equivoca V. y cuándo ha estado en lo cierto, cuándo ha tenido razón? ¿La tuvo entonces? ¿O luego? ¿O más tarde? ¿O ahora? ¿O quizá la tendrá el año que viene, cuando haya cambiado otra vez de opinión y a lo mejor sea… no sé, un neonazi?

Pienso a menudo en las famosas fotos de Cioran, Eliade y Ionesco en la plaza Furstemberg de París, sobre las que escribo de vez en cuando, pues me tienen hipnotizado y siendo ellos tan diferentes los admiro a los tres. Cioran y Eliade, siendo jóvenes intelectuales brillantes e influyentes en su Rumanía natal, se equivocaron de medio a medio, se comprometieron con el nacionalismo xenófobo. La Historia les dio un revolcón. Fueron conscientes de su error y, en adelante, nunca más volvieron a manifestar ninguna opinión política.

Llamo a esto ser responsable con tu propia juventud. Dicho queda sin que por ello sienta yo –no se entienda aquí nada de ironía- menos simpatía y respeto por el señor V. y por sus errores. Tanta simpatía y respeto que no se me ocurriría pedirle «que lo deje ya».

Ya que, como es notorio, hasta los relojes averiados aciertan la hora dos veces al día.   

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