Mamá cumple 100 años y papá también
«¿Qué podrían sacar la derecha ansiosa y la izquierda babosa de Antonio Maura o Pablo Iglesias? Nada, ni siquiera como iconos de antaño»

Fotograma de 'Mamá cumple cien años'.
Apenas habían pasado tres inviernos desde la muerte de Franco cuando Carlos Saura se puso a rodar Mamá cumple cien años, uno de sus filmes más rotundos desde La caza. Rafaela Aparicio en estado de gracia, Fernán Gómez superior, rodeados de actores regios; incluso Geraldine Chaplin rompía su tradicional insulsez. El guion de Rafael Azcona en forma de sarcasmo siniestro, estilo Logroño. El director se quitaba las espinas de Ana y los lobos y La prima Angélica, masacradas por la censura y la colaboración de piquetes falangistas echando artefactos en los cines. La rodó en una finca de Torrelodones, antigua propiedad del primogénito de los Maura, La Pendolera. Allí al lado había muerto de repente —coma diabético— el político más importante del primer tramo de nuestro siglo XX. Con el «don» obligado, porque hasta sus hijos —diez— se dirigían a él con tan insólito respeto familiar: Don Antonio Maura.
¿Y qué tienen que ver Maura y Mamá cumple cien años con lo nuestro? Con esa erosión cotidiana que nos obliga a pasar la lengua por la mediocridad del erial e incluso tratar de sacarle algún sabor que no provoque el vómito. En la gran batalla de juguetes ideológicos nuestro favorito es la Memoria Histórica. Pues bien, hace ahora un siglo, cien años justos, fallecía Antonio Maura, en Torrelodones. Sucedió un domingo, el 13 de diciembre. Había ido con la intención de pintar paisajes, acuarelas, pero de camino a Torrelodones hubo de detenerse para ver pasar el cadáver de su enemigo, Pablo Iglesias, al que acompañaba una multitud. «Van a enterrar a un ser querido, a uno de los suyos», dicen que dijo un Maura admirado por el respeto que Madrid ofrecía al creador y líder indiscutible del PSOE. Pocas horas después moría en la mansión del Conde de las Almenas, vecina a La Pendolera de Torrelodones, donde se rodaría Mamá cumple cien años.
Con una diferencia de tres días desaparecían los dos líderes que dejaban algo más que una huella que impregna nuestra época. O quizá no y hoy sólo sean polvo y no precisamente enamorado. La derecha española tuvo en Antonio Maura un referente que se engrandeció a su muerte. Durante muchos años, se trató de ocultar el boicot de la derecha conservadora y reaccionaria hacia su política, que pretendía ser conservadora y reaccionaria, si bien bajo instituciones democráticas, lo que no dejaba de ser una paradoja imposible.
Fue el hombre que asumió la represión de Barcelona en la Semana Trágica de 1909, el que no indultó a Ferrer Guardia, el que inició sin muchas ganas la guerra en Marruecos, entre muchas otras cosas, pero también el obseso de una «revolución por arriba» que sus propios colegas del Partido Conservador juzgaban un suicidio. Murió rico, aunque solo, por más que siguiendo lo que ya era una tradición hispana, fue enterrado entre pompas bajo una cruz de ¡diez metros! Un católico tradicional y riguroso, de misa diaria en su casa —con capilla propia; algo común en los líderes de la Restauración, ya fueran conservadores (Dato) o liberales (Canalejas)—. Escrupuloso con los rituales. Consagró España al Sagrado Corazón de Jesús, aunque consideraba que la Iglesia y el Estado no debían mezclarse.
Para perplejidad de los memorialistas en sazón, su actitud ante la Dictadura de Primo de Rivera fue de inequívoca abstención, a diferencia de Pablo Iglesias y el PSOE, que se subieron al carro con todo lo que llevaba dentro; a Largo Caballero le nombraron Consejero de Estado. Mamá ha cumplido cien años y papá también; diciembre de 1925 los ha unido en la memoria. Algo tendrá que haber en ese matrimonio mal avenido para que sus descendientes, ávidos buscadores de hitos para enaltecer a la parroquia, no hayan hecho esfuerzo alguno por recordarlos. De Maura, que yo sepa, sólo tengo la referencia de la reedición de su biografía, obra de la catedrática María Jesús González, un aplastante mausoleo académico. Sobre Pablo Iglesias (el genuino) ni eso.
Es inimaginable a Núñez Feijóo interesándose por Maura y tampoco la suficiencia de José María Aznar se compadece con una figura que le ganaba en soberbio y hasta en jactancioso. Si Isabel Díaz Ayuso preguntara por quién fue Antonio Maura, buena parte de sus votantes saldrían corriendo. Fíjense si fue trascendental el carácter-Maura, que la proclamación de la República el 14 de abril del 31 en la Puerta del Sol no pueden explicarse sin la arrogancia de su hijo Miguel. Ya sé que no es políticamente correcto aunque fuera evidente: Jorge Semprún, en muchas de sus actitudes políticas y personales, llevaba la impronta Maura, herencia de su madre; quien le haya tratado debía tenerlo en cuenta.
También hay que asumir los 100 años de papá. Murió Pablo Iglesias el 9 de diciembre de 1925 y llega el centenario y alguien ha de ser tan cándido como para pensar que entre los 477 asesores (hay quien lo sube a 499) del presidente Sánchez, que es a su vez jefe de todo el conglomerado: Partido, Gobierno, Sindicato, Radio Televisión Española, Instituto Cervantes… ¿va a resultar que nadie se dio cuenta?
Papá Iglesias ya no pinta nada aquí. Digámoslo con el lenguaje pautado del Peugeot 407. El Abuelo fue un pringao, hospiciano de la mendicidad en Ferrol y Madrid, que nunca sobrepasó las 40 pesetas del salario militante. Una incombustible voluntad y una conciencia de clase de las que ya no existen porque están fuera del mercado. Hizo el PSOE y la UGT casi siempre solo, pero logró lo que don Antonio Maura, con todos los medios a su alcance, no consiguió ni siquiera de cuerpo presente: un puñado de adictos arrojados y tenaces.
No era un hábil político, no estaba tampoco en su papel, con una clase trabajadora en trance de superar el analfabetismo. Todo voluntad y a pulmón, hasta aprender francés para entender a su maestro Guesde, un marxista sin Marx. Superó la ignominia de una derecha cavernícola con argumentos de tanta enjundia como si viajaba en 1ª y luego en la estación bajaba en 3ª, o sobre quién le pagaba su salario. Casado sin casar, padre sin hijos propios. Impensable un cohecho, un soborno o un escándalo de faldas. Pertenecía a ese rigorismo más luterano que católico que se gastaba Unamuno.
¿Qué podrían sacar la derecha ansiosa y la izquierda babosa de Antonio Maura o Pablo Iglesias? Nada, ni siquiera como iconos de antaño. Estamos en otra onda que gravita sobre el poder. Ya se irán enterando los ciudadanos, y si no, que aprendan. Que la vida es muy dura incluso con internet.