The Objective
Pablo de Lora

Cuando no somos Fuenteovejuna

«Es muy difícil aceptar moralmente que quien puede hacer un sacrificio trivial, aunque no tenga el deber jurídico de hacerlo, no lo haga»

Opinión
Cuando no somos Fuenteovejuna

Reunión en Villamanin (León), por el posible fraude en el primer premio de la lotería de Navidad. | J. Casares (EFE)

Nunca juego a la lotería. Tampoco «llevo» nada en la de Navidad. Si acaso, y mediando mucha insistencia, alguna participación escasa en cuantía. Pero no hago profesión de fe de no jugar ni denuesto a los que lo hacen. De hecho, toda la liturgia de la lotería de Navidad, su imaginario y la semántica que la acompaña –los números «feos», los premios que «madrugan» o «se hacen de rogar», los despachos «donde es más probable que caiga», lo que toca, que siempre, independientemente de la cantidad, sirve para «tapar algunos agujerillos», etc.– me parece entrañable, pues preludia la época navideña que solo aborrezco por quienes indefectiblemente pregonan su aborrecimiento de la Navidad, o nos desean unos «serenos festejos», o felicitan «a la comunidad cristiana», o se alarman del blackface en la cabalgata de una pedanía lejana en la isla de La Palma o, alternativamente, de que los actuales niños de San Ildefonso sean la evidencia de que ya se ha producido «el gran reemplazo»; o memeces de parecido jaez.

Nunca había sabido de nadie cercano a quien le hubiera tocado el Gordo. Hasta este último sorteo. A un primo mío le han caído unos cuantos euros con los que, por supuesto, tapará algunos agujerillos, aunque quizá no los propios sino mayormente los ajenos. Había comprado algunas participaciones y, mira tú por dónde, se actualizó la escasísima probabilidad (el 0,001%, según Gemini: últimamente lo que no existe, como las denuncias falsas en violencia de género, o no ocurre, como que te toque el Gordo, se expresa en esa cifra). Pero no, no es de Villamanín, ni las adquirió allí.

En dicha localidad, el pueblo leonés del que ya todo el mundo ha oído hablar, han tenido peor suerte que mi primo. Y lo digo así, «suerte», deliberadamente, pues el affaire encierra un buen número de vistosas metáforas para quien piense un poco sobre el determinante papel que tiene el azar sobre nuestras vidas y haciendas y el modo en el que debemos conjurarnos frente a esa Tique que da y quita sin ton ni son.

Le supongo conocedor del caso: una partida de jóvenes compra un número de la lotería de Navidad y reparte su coste a través de participaciones, con lo cual, de resultar el número agraciado, el participante recibirá la parte proporcional del premio en función de la cantidad jugada. Como resulta muy frecuente en la cultura española, una pequeña parte del precio de esas participaciones se destina a un fin noble, cosa que el comprador de la participación sabe.

Por lo que parece, los gestores olvidaron abonar efectivamente el importe de una parte de los décimos que respaldan esas participaciones, con el resultado de que el Gordo no les alcanza a ellos; esto es, con el solo montante del premio, estos «administradores de la fortuna» no cuentan con recursos como para abonar lo que les prometieron a los compradores de esas participaciones. Y es que, en definitiva, salvo que los doctos iusprivatistas en la sala me corrijan, estamos ante un negocio jurídico, una promesa de pago condicionada a que se dé una determinada circunstancia, perfectamente válido y, por lo tanto, perfectamente reclamable ante los tribunales.

Para evitarlo, los gestores han propuesto socializar las consecuencias del error: ellos renunciarán a todo el monto de lo que les ha correspondido –también los miembros de la asociación de jóvenes jugaban el número– y todos los demás agraciados a un porcentaje de su premio. Todos, al cabo, recibirán prácticamente en su integridad la cantidad a la que tenían derecho de no haber mediado el error.

Y aquí es donde empieza la tragedia, pues no todos, y por razones diversas, sean del grupo de los que sí tenían respaldo o de los que compraron humo, aceptan la quita: los hay que apelan a la posible «alegalidad» de un acuerdo semejante y a las complejidades fiscales que encierra y que se han pasado por alto; los hay que huelen a chamusquina y desconfían del «descuido», apostando por la existencia de un fraude, y los hay que, al fin, invocan su legítimo derecho a cobrar lo prometido, la estricta e irrestricta aplicación del pacta sunt servanda.

Estos últimos son los que más interesan, pues alimentan ese pesimismo antropológico hobbesiano de acuerdo con el cual «el hombre es un lobo para el hombre». Y no digamos ya si hablamos de León… (me perdonan el chascarrillo, que probablemente me costará la acusación de cometer un delito de «leonfobia»). Y encima en plenas fiestas navideñas, cuando se supone que debemos estar imbuidos del espíritu de concordia, paz, fraternidad, esperanza… Pueblo pequeño, infierno grande y unas cuantas figuras retóricas más que se han vestido para la ocasión en los muchos comentarios vertidos sobre el caso.

Frente a estos leoneses lobos de Wall Street se ha deslizado la idea de que son depredadores codiciosos, que, total, nada del dinero que reclaman les «ha sido arrebatado», y que, por tanto, cualquier cantidad resultante de la quita les tendría que bastar. Pero no sé yo si en realidad estamos todos tan dispuestos a hacer este tipo de consideraciones sobre lo que nos pertenece por puro azar y que, incluso así, no se nos puede quitar.

Sé que la escala no es la misma, pero la naturaleza del asunto sí. Piensen en una variante de un célebre experimento mental que hace ya unos cuantos años pergeñó el filósofo británico John Harris. Lo denominó justamente «la lotería de la supervivencia». Hay muchos individuos que, sin culpa o responsabilidad, tienen la mala fortuna de padecer enfermedades que inutilizan algún órgano vital. Incluso puede que congénitamente se enfrenten a una muerte segura, de no recibir un trasplante. Y, sin embargo, otros hemos tenido la fortuna de nacer con órganos sanos, funcionales. Imaginemos –aunque en el experimento de Harris la cosa es más extrema– que para salvar más vidas de quienes padecen fracaso renal agudo, o han de someterse a hemodiálisis todas las semanas, todos los años, se hiciera una lotería en la que, a un número de individuos sanos, «les toca», no ya el Gordo, sino poner a disposición de la comunidad uno de sus riñones para ser trasplantado a quien lo necesita. Una quita de riñones funcionantes, vaya (les recuerdo que con un solo riñón se puede tener una vida plena).

¿Serían lobos de Wall Street quienes dijeran que «quieren quedarse con lo suyo»? Yo conozco a unos cuantos, miles o millones seguramente, que escaparían como en el cuento de Shirley Jackson de una sociedad donde se implantara la lotería de la supervivencia. Imaginemos, para complicar todavía algo más el asunto, que los jóvenes de la asociación de Villamanín apelaran a que lo que les ha pasado es un caso «de mala suerte», que el olvido de no pagar los décimos de respaldo «le puede ocurrir a cualquiera», y que lo sienten mucho por los que se quedan frustrados, pero que ni ellos ni nadie renuncian a sus premios, aunque, eso sí, les devuelven el dinero que les haya costado las participaciones; que, total, estas no son más que expectativas y que su situación «no empeora». No sé si tendrían monte leonés para correr.

Y es que ¿acaso no diríamos en este supuesto, en el que las víctimas del error o la mala suerte no reciben nada, que sí habrían sufrido un perjuicio asentado sobre una legítima —no insana— envidia frente a aquellos que, como ellos, también compraron, pero sí tenían respaldo y ahora tendrán su pellizco del Gordo? Pues bien, nos podría decir Harris, esa es exactamente la misma y legítima envidia del enfermo terminal por fallo orgánico que mira a los que tuvieron la suerte de tener un riñón o un hígado sano sin haber hecho «nada por merecerlo». De ahí que la lotería de la supervivencia, una distopía a primera vista, bien pudiera ser un justificado mecanismo de redistribución de beneficios o recursos.

Rebobinemos y concluyamos: es muy difícil aceptar moralmente que quien puede hacer un sacrificio trivial, aunque no tenga el deber jurídico de hacerlo, no lo haga; podemos incluso cargar las tintas contra tamaños egoístas mientras desplegamos nuestro plumaje moral, pero Villamanín nos pone a todos contra las cuerdas, pues hay muchos infortunios, desgracias, errores disculpables que causan cotidianamente un enorme sufrimiento a nuestros congéneres y no nos damos por aludidos. ¿Cuántas veces, amigo lector, ha donado usted sangre en 2025?

Muchas veces, no sentirnos concernidos se debe a la akrasia —debilidad de la voluntad de los griegos—; las más, al egoísmo, y casi siempre a no sentirnos parte de la comunidad de esfuerzos compartidos: ¿por qué la quita no alcanza a mi primo, es decir, a todos los que han sido premiados con el 79432, sean o no de Villamanín? ¿Y por qué no a los que han ganado el segundo, el tercero o, ya puestos, a todos, incluyéndome a mí, que no jugué? De esa forma, el esfuerzo para que estos jóvenes de Villamanín no arrostren penosas consecuencias sí sería diluido homeostáticamente (ni siquiera tendrían que hacer ellos el mayor sacrificio de renunciar al Gordo).

Un poco lo que ocurre con tantas desgracias e infortunios globales, por cierto.

Feliz año 2026, amigo (que, espero, siga siendo) lector.

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