Las pensiones y las bajas pasiones
«Los pensionistas consumen un 16% más que los trabajadores. No sé si esto es una vida ‘cañón’, pero está claro que la de los jóvenes no llega ni a ‘pistola de juguete’»

Ilustración de Alejandra Svriz.
He visto innumerables cancelaciones o intentos de cancelaciones (tormentas digitales que buscan acabar con la reputación de un individuo), pero siempre me resultan igual de fascinantes. Hay una mezcla de resentimiento, gregarismo y una proyección de los traumas personales. Gente relativamente moderada, que saludaría en el ascensor educadamente al vecino, se une al coro acusador en cuanto ven que pueden recibir una recompensa digital (unos likes bien llenos de dopamina).
Cuando el diario El Mundo publicó en Nochebuena una entrevista con la periodista Analía Plaza sobre su libro La vida cañón. La historia de España a través de los boomers, lo hizo con un titular que decía que los nuevos jubilados «se están pegando la vida cañón». La tormenta fue tremenda. Desconozco por qué esta entrevista provocó tanta polémica y no tantas otras en las que la periodista defendía lo mismo; la viralidad es siempre un misterio. El hecho de que, además, la gente solo leyera el titular, porque el artículo estaba detrás de un muro de pago, contribuyó a la cancelación: para cancelar a alguien es importante no tener mucha información sobre su supuesto crimen.
Empezaron los radicales y, ante la unanimidad que provocó (el odio fue bastante transversal), se unieron también los moderados. Dio igual que varios usuarios en redes matizaran sus palabras, proporcionaran datos o incluyeran el resto de la entrevista. La decisión estaba tomada: Analía Plaza era el caballo de Troya del fascismo (Mussolini organizó la Marcha de Roma contra los boomers, parece ser), una representante del neoliberalismo que quiere meter a los ancianitos en campos de concentración.
Pero es importante que los datos queden sobre el papel. Aquí van varios. El gasto en pensiones en 2024 fue de 206.000 millones de euros. Es un 13% del PIB y un 28% del gasto público. El Estado gasta diez veces más en pensiones que en ciencia y tecnología y 33 veces más que vivienda. Las nuevas pensiones de jubilación (de aquellos nuevos pensionistas de los que hablaba Analía Plaza) son mayores que el sueldo medio de los menores de 35 años. En 2002, los menores de 35 poseían el 7,5% de la riqueza nacional. Veinte años después, solo el 2%. En ese mismo periodo, los mayores de 75 años han pasado de poseer el 8% de la riqueza nacional al 20%.
Hay un dato que me deprime cada vez que lo veo. Desde 2006, los mayores de 65 han aumentado su consumo real en un 5%, mientras que los menores de 30 lo han reducido en un 36%. Me deprime porque demuestra la falta de dinamismo de nuestro país: las clases pasivas son las que mueven el consumo en España. Los pensionistas son, desde el fin de la pandemia, el grupo social con más consumo de España, con un 16% más que los trabajadores. No sé si esto es una vida «cañón», pero está claro que la vida de los jóvenes españoles no llega ni a «pistola de juguete».
«En España el activo que define tu riqueza es la vivienda: el porcentaje de propietarios mayores de 65 años es cercano al 100%»
Es cierto que hay muchas pensiones bajas, y obviamente hay innumerables historias de pensionistas en riesgo de pobreza. Pero también es cierto que la vulnerabilidad se reduce radicalmente si uno tiene vivienda en propiedad desde hace décadas. Como escribe Jorge Galindo en su libro 3 millones de viviendas, «en 1987, la compra de una vivienda promedio en España implicaba el equivalente a 3 salarios promedio anuales; en 2023, se había casi triplicado y rondaba los 7, pero en Madrid y Cataluña superaba los 10». En España el activo que define tu riqueza es la vivienda: el porcentaje de propietarios mayores de 65 años es cercano al 100%.
El economista Jesús Fernández Villaverde explicaba a raíz de la polémica que «el problema fundamental del sistema de pensiones español es que no hay equilibrio actuarial entre cotizaciones pasadas y pensiones actuales. Si capitalizamos las cotizaciones que los pensionistas pagaron al tipo de interés igual al crecimiento medio del PIB durante sus vidas laborales (el correcto en un sistema de reparto sostenible) y lo comparamos con el valor actuarial de la renta vitalicia que hoy reciben, vemos que esta es entre un 45 % y un 70 % más alta».
Todo esto importa poco en un debate que está lleno de anécdotas personales, bajas pasiones y resentimientos. El pensionista no quiere asumir que su trabajo duro se produjo en un ciclo de expansión sin precedentes de la economía española. A nadie le gusta pensar que lo suyo no se lo ha ganado. Y el que se acerca a la jubilación lo que más le importa es llegar a tiempo antes de que el sistema colapse: se subirá al último helicóptero de Saigón y que se las apañen quienes se quedaron en tierra.