The Objective
Fernando Savater

El barco y sus ratas

«Las ratas se apresuran a abandonar el barco que ya empieza indudablemente a hundirse. Pero que no pretendan ahora darnos clases de natación a los demás»

Opinión
El barco y sus ratas

Imagen de Alejandra Svriz

Aunque el barco del sanchismo, con su férreo capitán al timón, parece decidido a completar su travesía al precio de sacrificar como lastre a la mitad de la tripulación, a pocos se les escapa, ya que hace agua por todas partes. Los escándalos machistas que abundan cada vez más son casi lo de menos, ahora ya se trata de corrupción clásica, la económica, o sea dinero público sustraído o malversado por intereses privados, con el caso de Plus Ultra a la cabeza. Los siempre indeseables apoyos parlamentarios, poco de fiar desde el primer día, ahora rezongan cada vez más y amenazan con marcharse llevándose la escalera y dejando al pintor Sánchez colgado incómodamente de la brocha. No resultan demasiado creíbles, porque todo el mundo sabe que su intransigencia sobrevenida es tan poco digna de crédito como todo lo demás en ellos: si en un ciego arrebato de dignidad, se marchan… ¿a dónde van a ir?, ¿dónde van a encontrar mejor acomodo que el que ahora tienen cabalgando a su amenazado que los necesita para llegar a fin de mes… parlamentario?

En las aventuras de Simbad, uno de los pasajes más deleitables de las inagotables Mil y una noches (por cierto, uno de los títulos más hermosos de la literatura universal, junto a Los trabajos y los días y quizá Un tranvía llamado deseo), el viajero protagonista conoce en una de las innominadas islas a las que arriba un viejecillo marchito y quejumbroso cuyas piernas son tan débiles que no le permiten llegar hasta el agua que necesita para subsistir. Generoso como cualquier decente hijo de Alá —eran otros tiempos—, Simbad deja que el aparente inválido se le suba encima para llevarle a la fuente. Pero en cuanto se encuentra sobre su lomo, el achacoso se transforma en un tirano con piernas duras como el acero que convierte al bueno de Simbad en un esclavo al que lleva de aquí para allá para cumplir sus caprichos, fustigándole de modo inmisericorde. No recuerdo bien como acaba la cosa, creo que el desagradecido acaba emborrachándose y cayendo de su abusado medio de transporte (créanme, los viejos somos propensos a estas juergas con mal fin) pero para descubrirlo no tienen más que repasar el libro infinito. El caso es que nuestro presidente de Gobierno me recuerda ahora al gran Simbad el Marino, pero en más presuntuoso y sin gracia ninguna. Los jubilados extorsionadores que lleva encima son los separatistas de toda laya y los comunistas de deshecho de tienta, a los que acomodó en su chepa creyendo que serían de quita y pon, pero han resultado más adhesivos de lo esperado. Le abandonarán, seguro, pero cuando menos se lo espere y peor le venga. Quien con separatistas, comunistas y otros falseadores de la democracia se acuesta, se levanta cubierto de mierda hasta donde yo te diga…

Como en aquel viejo chiste del herido que pedía socorro, el sanchismo no está vivo, sino mal enterrado. El resultado de las elecciones de Extremadura y las perspectivas de las que vienen en Aragón o Andalucía tienen un indudable tufo funerario. Lo que pasa es que a nadie se le puede forzar a que firme su propio certificado de defunción y Pedro Sánchez parece decidido a retrasar el trámite lo más posible. Pero es significativo que algunos de los miembros de la opinión sincronizada que hasta ahora han cerrado filas en torno a Sánchez empiecen a alejarse del entusiasmo sin matices. Incluso en El País parece que el patrón ha dado instrucciones (órdenes, para entendernos) de empezar a propinar una de cal y otra de arena a fin de preparar a sus fieles para cuando todo sea ya purito escombro. Por aquí y por allá apuntan las críticas también en los medios audiovisuales, siempre dirigidas a escándalos menores de corrupción sobrevenida, nunca referidas a lo mollar del asunto: duro con las coimas y las putas, pero silencio sobre el dogal a la judicatura y fiscalía, la amnistía, las subvenciones fraudulentas al separatismo y la perpetuación de una educación con el castellano jibarizado. Cuando se abra del todo la veda, temo por los que hemos sido siempre malos: pasará como con el franquismo (todo el mundo fue antifranquista) o con la violencia etarra (nadie defendió nunca a ETA más que los crispadores, que vivíamos del conflicto). Ya verán como a fin de cuentas los únicos cómplices del sanchismo fuimos los antisanchistas, que con nuestras exageraciones fascistoides impedimos a los íntegros hacer las objeciones al régimen que tenían en la punta de la lengua. Como les dijo aquel señor enlutado a su coro de beatas preocupadas por los cambios en la Iglesia en el chiste de Mingote: «Ustedes tranquilas que al cielo, lo que se dice al cielo, iremos los de siempre».

Pero fíjense en un detalle importante: tanto los críticos de la opinión sincronizada como los propios disidentes del partido, que van a empezar a mover el tablero a partir de ahora, se centran exclusivamente en sustituir al ya putrefacto Pedro Sánchez por otro candidato más presentable. Pero al PSOE que no me lo toquen. Es víctima también, no tiene la culpa de nada. Y eso sí que no. El único cambio decente y digno de ese nombre que podemos esperar no es solo librarnos de Sánchez, sino zafarnos de todo el partido que encabeza. El partido socialista (y no digamos el partido socialista catalán) cómplice necesario de Sánchez en todas sus tropelías y beneficiario de ellas en la mayoría de los casos, debe irse al guano por una larga temporada, como sus conmilitones en la Italia de Bettino Craxi o en Francia. Sí, claro que las ratas se apresuran a abandonar el barco que ya empieza indudablemente a hundirse. Pero que no pretendan ahora darnos clases de natación a los demás.

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